No-estrenos: crítica de “Climax”, de Gaspar Noé

No-estrenos: crítica de “Climax”, de Gaspar Noé

por - cine, Críticas, Estrenos, Festivales
05 Feb, 2019 11:06 | comentarios

La nueva pseudo provocación del realizador franco-argentino transcurre en una larga y frenética noche en la que una fiesta de un grupo de bailarines deriva en un caos violento, pretendidamente perturbador y completamente vacío de sentido.

¿Cuál es el sentido del cine de Gaspar Noé? ¿Qué ideas sostienen sus películas más allá de una banal premisa de provocar que, después de media docena de films, debería ya haberse agotado en sí misma? ¿Adónde quiere llegar? ¿Para qué? Estas son las preguntas que me hago cada vez que veo una película suya y en CLIMAX reaparecieron aún con más fastidio. ¿Por qué? Porque durante su primer media hora, más o menos, estaba demostrando ser una experiencia radicalmente distinta a las anteriores. Sí, mantenía esos toques característicos como los de empezar la película por lo que aparenta ser el final o tirarte un sinfín de referencias en un solo y largo plano. Pero parecía ser una película festiva, la prueba de que su talento para crear largas y complejas coreografías visuales podía complementarse no sólo con una literal coreografía musical sino con un espíritu lúdico, celebratorio. Pero el festejo no iría a durar mucho. Ni para los protagonistas ni para los espectadores.

CLIMAX es una película tan simple como banal. Se centra en un grupo de bailarines contratados para un gira por Francia y los Estados Unidos en los años ’90 que se juntan en lo que parece ser una escuela vacía, a la noche, a terminar sus ensayos y festejar ese cierre. La primera escena, larga, consiste en el casting (de la compañía y de la película a la vez) y la segunda, acaso la mejor de la carrera de Noé, es un virtuoso y extenso plano que los muestra bailando, en conjunto y por separado, en solos y en grupos, hasta concluir de manera extraordinaria esa faena. Uno sabe –es una película de Gaspar Noé, después de todo– que esa felicidad no durará mucho pero espera que el director encuentre maneras inteligentes de “arruinar” ese paraíso multicultural y pansexual. Habrá otra larga secuencia de diálogos entre los distintos personajes, no tan interesante pero que promete otros recorridos posibles. Y un segundo baile, filmado desde arriba. Pero ahí se acaban las risas. Lo que Noé hace a partir de ese momento es disparar sobre todos como un niño de doce años pícaro que tiene entre manos algún tipo de producto contagioso y que quiere ver para dónde cada uno corre y qué es capaz de hacer en su desesperación. Sí, como los chicos que hacen picardías con los hamsters o similares animalitos.

La idea que subyace tras esta película y toda la obra de Noé es tan simple como adolescente: todo ser humano, liberado de sus ataduras sociales, su conciencia y civilidad sacará lo peor de sí mismo y hará gala de una brutalidad a prueba de todo. Solo es cuestión de lanzar la primera piedra y ver qué pasa. Ese es el “ejercicio” que, como cineasta/demiurgo, Noé propone en cada una de sus películas En IRREVERSIBLE era una violación. Acá (los que no quieran toparse con SPOILERS deberían dejar de leer aquí y retomar, si quieren, en el último párrafo) es una cantidad de ácido que, mezclada con la sangría que todos beben en la fiesta, los hace comportarse de maneras impensadas.

Hay que suponer que es un LSD particularmente vicioso o mezclado de tal manera que lo único que parece generar son comportamientos horripilantes que Noé y su director de fotografía, Benoit Debie, filman con su habitual destreza espacial y sus aparentes planos interminables y virtuosos. Como en otras de sus películas, de a poco Noé va dejando en claro que en su cine no existe el abajo ni el arriba y que la gravedad es un concepto inútil. Y es así que somos testigos de una fiesta que rápidamente degenera en caos y descontrol. Hay un niño que no debería estar ahí y una madre que toma una espantosa decisión a la hora de decidir sacarlo del lugar. Hay una mujer que tiene la mala suerte de estar embarazada en una película de Gaspar Noé, algo que debería estar prohibido por las autoridades del cine si es que estas existiesen. Hay hermanos que se cuidan entre sí más de lo debido. Gente que perdió completamente el control sobre sus cuerpos y sus actos y le da a lo que tiene enfrente (interpreten ese “le da” como quieran, pueden ser distintas cosas). Y, especialmente, una extraña decisión de agarrársela con el que pudo o no haber hecho la maldad –o el experimento– de poner ese ácido en la bebida. Por algún motivo que solo es atribuible a la metáfora, todos los bailarines –en vez de intentar disfrutar, sobrellevar o soportar esa explosión química– deciden salir a buscar culpables y hacer justicia por mano propia.

Todo degenera en un rojizo ballet tenebroso en el que la música tecno jamás deja de sonar y todos corren, vomitan, golpean, lastiman o se autoflagelan porque eso es lo que todos haríamos en una situación similar, aparentemente. Si a eso le agregamos que detrás del DJ hay una enorme bandera de Francia y que la mayoría de los personajes son negros o gays, CLIMAX se abre a que el crítico se haga el sesudo y trate de interpretar el sentido de la pieza. Y no lo hay, sinceramente. Es un ejercicio de estilo, ensayadamente cruel, vicioso porque sí, estúpido como las ideas que maneja y brillante solamente en su destreza visual.

Si hay algo innegable en la carrera de Noé –y acaso una de las cosas que más fastidio causa– es que el tipo tiene una enorme habilidad para crear climas, para mover la cámara, para generar tensión e inquietud en el espectador. Pero el problema es que siempre lo conduce para el mismo lado por lo que toda esa maestría se vuelve en contra de sí misma. Es una gran oportunidad perdida. Y si uno mira toda la carrera del realizador argentino radicado en Francia uno siente que es una gran oportunidad perdida. No hay muchos cineastas en el mundo con su ojo y su talento para capturar climas mediante el movimiento de cámara y el uso del sonido. Y lo que da pena es que lo use para estas tonterías supuestamente provocadoras.

Da la impresión, últimamente, que ponerse en contra del cine de Noé es de pacatos, señores y señoras mayores que se escandalizan por orgías, drogas, golpes y niños atrapados en closets. Se suele defender su cine como quien defiende una suerte de tradición que iría, digamos, de Poe a Pasolini, de Sade a Houllebecq, y estar en contra de eso nos ubica en un supuestamente soporífero lugar de defensores del humanismo más rancio, previsible y festivalero. En realidad, no hay nada más rancio, previsible y sí, festivalero, que películas como CLIMAX o la última de Lars von Trier por citar a otra extrañamente celebrada tontería de un provocador profesional. En estos tiempos de impacto inmediato online, no hay paciencia para verdades complejas de películas que proponer husmear en la ambigüedad del género humano. Al contrario, el golpe fuerte al rostro es el que funciona, el que nos impacta, atonta y no nos deja pensar. Y eso es el cine de Gaspar Noé. Y eso es CLIMAX. Un shock eléctrico cuyo único fin es sacudirnos. Y más allá de eso no hay nada. Nada de nada. Bueno, sí. Un enorme desperdicio de talento.