Streaming: crítica de “American Factory”, de Steve Bognar y Julia Reichert (Netflix)

Streaming: crítica de “American Factory”, de Steve Bognar y Julia Reichert (Netflix)

Este documental premiado en el Festival de Sundance se centra en el choque cultural y laboral que se produce cuando una empresa china abre una fábrica en Ohio, Estados Unidos. Una inteligente mirada sobre diferentes filosofías de vida (y de trabajo) y sobre los efectos de la globalización.

Como a veces me pasa, esta crítica amerita una aclaración personal de entrada. Uno de mis trabajos es para China. Desde 2015 vengo trabajando para distintos festivales de cine en ese país y desde 2017 soy programador en Pingyao, un festival que tendrá ahora en octubre su tercera edición y que se hace en esa pequeña e histórica ciudad ubicada en el interior profundo de ese país, en la provincia de Shanxi, de donde es oriundo el crador del festival, el cineasta Jia Zhangke. ¿A qué viene esto? A que este documental acerca de una empresa china que se radica en los Estados Unidos y el choque cultural que eso provoca me resultó increíblemente cercano en muchos aspectos. A tal punto que disfruté (y sufrí) la película de una manera que tal vez tenga más que ver con mi experiencia que con la propia calidad del film. Como aún no lo tengo claro, prefiero aclararlo ya que acaso a ustedes no les suceda lo mismo. Quiero creer que sí.

AMERICAN FACTORY es una película sobre varios temas. En lo más obvio, trata sobre una empresa china, Fuyao Glass, que pone una fábrica de vidrios para automoviles en Dayton, Ohio, tomando como empleados a muchos trabajadores que fueron dejados en la calle algunos años antes cuando General Motors cerró su planta allí. La llegada de empresarios y trabajadores chinos ilusiona y entusiasma a la población local (muchos de ellos desocupados) y la mezcla parece promisoria: un grupo empresario con bolsillos generosos dispuesto a invertir y trabajadores en paro con necesidad de volver a lo suyo. A eso hay que sumarle que Fuyao trae también una buena cantidad de trabajadores chinos de sus fábricas de allá para que ayuden y expliquen a sus pares locales las mecánicas y metodologías de trabajo de Fuyao Glass.

De entrada se advierte que no va a ser fácil. Hay recelos, diferencias de estilos de trabajo y una importante rebaja salarial respecto a lo que cobraban trabajando en GM. Pero de entrada el espíritu es optimista y esas diferencias se dejan de lado. Luego, claro, empiezan los problemas. Los empresarios chinos se quejan de que los norteamericanos son “lentos y tienen dedos gordos” y no trabajan lo suficiente. Los estadounidenses creen que no hay seguridad laboral respecto a accidentes y algunos de ellos quieren “sindicalizarse”, algo que es opcional. Las diferencias se dan también entre los trabajadores ,y si bien entre algunos de los locales y sus transplantados colegas chinos hay camaradería (no en todos los casos), es evidente que sus diferencias culturales se reflejan en el día a día. Y el trabajo es una de las manifestaciones más evidentes.

Digamos entonces que AMERICAN FACTORY utiliza el caso “Fuyao Glass” para hablar del choque entre dos filosofías de vida muy distintas. La occidental, en su versión estadounidense, y la asiática, en su versión china continental (hago esta aclaración porque no sería lo mismo entre franceses y coreanos, digamos). Los chinos ponen el trabajo en el centro de su vida pasando doce horas por día y seis días de la semana en la fábrica casi sin volver a sus casas, creen (o hacen que creen) en la empresa y en sus jefes, no parecen descansar nunca ni “pierden el tiempo conversando” y han armado su vida en función de la dedicación a la compañía. Los norteamericanos, no tanto. Quieren tener su trabajo seguro pero quieren también tener tiempo para sus vidas. Para ellos la empresa es más la proveedora de un sueldo que “una familia” y no quieren morir en un accidente de trabajo sin cobertura alguna, algo que a los chinos no parece preocuparles tanto si es por el bien de la compañía.

Pero pese a lo que suena este resumen temático, AMERICAN FACTORY no es una película que enfrenta a los héroes nortemericanos contra los malvados explotadores chinos que empiezan a ponerse más duros cuando los números de la fábrica no cierran. A su modo, los directores tratan de ser respetuosos con las distintas maneras de pensar. Y si bien uno puede quedarse con la conclusión de que los chinos son un tanto “explotadores” y los norteamericanos se dividen entre “víctimas” y “colaboradores”, la película no es tan reduccionista ni se apoya en lo sentimientos más xenófobos del espectador.

Un viaje a la central de Fuyao en China al que van varios jefes norteamericanos para observar y aprender como se trabaja allí (una secuencia que podría ser, con algunas pequeñas diferencias, un documental de mi viaje anual al festival chino en el que trabajo, incluyendo shows y celebraciones) deja en claro que se trata, básicamente, de filosofías de vida y trabajo muy distintas que la película no necesariamente juzga. Solo entiende que, si bien es muy difícil insertar una cultura en otra, son las diferencias las que nos vuelven más humanos. Más humanos, seguro, que los brazos mecánicos que terminarán reemplazandonos a todos.