Streaming: crítica de «Tiger King», de Eric Goode y Rebecca Chaiklin (Netflix)

Streaming: crítica de «Tiger King», de Eric Goode y Rebecca Chaiklin (Netflix)

La miniserie de siete episodios, centrada en un peculiar grupo de personas que «coleccionan» felinos grandes, es un delirante catálogo de personajes, situaciones, crímenes y otras extravagancias de lo más profundo de los Estados Unidos.

La palabra «zoológico» suele usarse de manera muy amplia. Se puede tomar de modo clásico, si se quiere literal, para referirse estrictamente a un lugar en el que se exponen animales para que la gente los observe o hasta, en algunos casos, interactue con ellos. Pero es también una metáfora para referirse a algún grupo humano curioso, extraño y potencialmente salvaje. Los primeros han desaparecido o cambiado mucho en los últimos años a partir de la concientización social acerca de los derechos de los animales usualmente enjaulados en condiciones muchas veces deplorables. El segundo tipo de zoológico, por el contrario, parece haber ido creciendo y creciendo cada vez más.

TIGER KING es una historia sobre esos dos zoológicos en uno: el animal y el humano. En algún punto, más allá de que sea su centro de gravedad, los animales aquí son espectadores azorados, víctimas, actores secundarios de un drama que se desarrolla por otro lado. Sí, la pelea es por ellos –o empezó siendo por ellos y por sus derechos–, pero pronto las garras pasaron a pertenecer a los humanos que se los disputaban mientras ellos miraban (y miran) sin entender demasiado qué es lo que está sucediendo.

La serie de Netflix se centra en el tráfico y abuso de animales, fundamentalmente «felinos grandes» (tigres, leones), en los Estados Unidos mediante su explotación tanto en zoológicos como a cargo de personas físicas que tienen animales de ese tipo en sus casas, que son muchísimos. Pero lo importante es el detrás de escena, los personajes asombrosos, curiosos, extraños y peligrosos que operan en esos negocios. Es una historia de crímenes, engaños, reality shows, campañas políticas, álbumes de música country, estafas y delirios varios llevados a cabo por un grupo increíble de personas que controlan parte de esta explotación de animales.


El principal es Joe Exotic (claramente no es su apellido, tiene varios otros), un personaje que parece sacado de una ficción delirante de las profundidades de los Estados Unidos. Joe es un amante de los tigres, gay, con un look muy peculiar y con la necesidad permanente de llamar la atención, algo que ha hecho durante años mediante posteos de videos en la red, canales de TV y un reality show que nunca se emitió pero que es usado como material aquí por los directores. Ha hecho muchas otras cosas más, pero mejor que las descubran viendo la serie. Joe puede parecer siniestro, simpático, decadente, falso, patético, gracioso. Y quizás sea todo eso. No se sabe jamás quién es porque siempre está actuando para cualquier cámara que lo esté filmando, aún en las más trágicas y dramáticas circunstancias.

En una serie de eventos que podrían alcanzar, por separado, para diez películas de los hermanos Coen (hay cosas de EDUCANDO A ARIZONA, de FARGO y de muchas otras), la «fauna» humana de TIGER KING saca, por lo general, lo peor de sí misma en una serie de peleas, competencias y batallas que se extienden a lo largo de décadas y que el codirector Goode tuvo la suerte –o la intuición– de filmar durante el propio proceso. Uno de los secretos de la serie es que no se aboca a reconstruir algo que sucedió sino que, en buena parte, estuvo ahí cuando sucedía. Y si bien su recuento es un tanto caótico (es tanto lo que sucede que el trabajo de edición debe haber sido complicadísimo), la serie es apasionante y se puede ver casi de corrido.

Resumamos el eje central de la trama que la serie deja claro de entrada, ya que lo mejor es dejar que las sorpresas que va desgranando a lo largo de los episodios sean descubiertas por los espectadores. Joe, en lo que parece ser tiempo presente, está en la cárcel acusado de haber intentado asesinar a Carole Baskin, una mujer que, supuestamente, se dedica al cuidado y la protección de los mismos animales de los que Joe estaría abusando. Y que quiere sacar a Joe de su «negocio» cueste lo que cueste, algo que al hombre lleva a insólitos niveles de furia y deseos de venganza. Pero quizás las cosas no sean tan claras. De a poco veremos que son más complicadas de lo que parecen.

Está Doc Antle, un tercer dueño de un zoológico (similar pero más «elegante» que el de Joe) que también tiene un rol importante –además de una personalidad distinta pero tan bizarra como la de Exotic–, lo mismo que un socio que Joe sumará a su zoológico cuando su situación financiera se complique. Todos ellos son, por decirlo suavemente, exóticos, extravagantes, pasados de rosca. Desde desfalcos económicos a orgías en Las Vegas, de juicios cruzados a videos musicales absurdos, de amenazas de asesinatos a traiciones varias.

Pero hay otras líneas en TIGER KING que son interesantes de observar. La serie tiene una larga cantidad de testigos que dan cándidas entrevistas acerca de su historia en los diferentes lugares, además de opinar sobre las responsabilidades distintas de cada una de las personas, incluyendo a ellos mismos. Y muchos de esos personajes parecieran merecer películas propias. Y hay otro elemento que no se explora mucho, quizás por algo que vamos a detallar después: los consumidores (o participantes) de este tipo de explotación animal, los que –queriéndolo o no– posibilitan que este tipo de cosas existan por sus ganas de sacarse una selfie acariciando algún tigre bebé o de tener un bicho de estos en sus parques, al mejor estilo Michael Jackson o, como se ve acá, Shaquille O’Neal.

Lo que diferencia, si se quiere, a TIGER KING de las historias clásicamente burlonas de esa América profunda, white trash, votante de Trump (Oklahoma y Florida son los estados en los que transcurre gran parte de la serie), es que si bien no se niega el patetismo de gran parte de los personajes de la historia, la mirada de los directores trata de no exacerbar el chiste. Digámoslo de otro modo: es imposible que, al ver los videoclips de música country de Joe Exotic, uno no sienta ganas de reírse de él, pero también la serie permite entender que es una persona difícil de encasillar. Lo mismo pasa con Carol, que si bien es observada por momentos con cierta ironía (tiene un caso en el pasado que alimenta esa mirada «dudosa»), tampoco es la literal villana. Ni el curioso Doc Antle. Quizás Jeff Lowe, el financista un poco trucho que aparece promediando la serie para «ayudar» a Joe, sea lo más parecido que TIGER KING tiene a un villano.

Pero la serie no pone su centro en encontrar culpables sino en describir un circo, un zoológico humano, un universo extraño en el que, de a poco, vamos viendo cómo los lazos de solidaridad y hasta románticos se despedazan cuando las autoridades empiezan a meter sus narices en lo que está pasando. Es un sálvese quién pueda brutal que shockea pero no necesariamente sorprende. En la jungla humana que existe por fuera de las jaulas de los animales, cuando las criaturas están desatadas, cualquier cosa puede suceder. A los animales, como a los humanos, parece decir la serie, se los puede acariciar y contener, pero cuando las necesidades se vuelven extremas (alimenticias, en ambos casos, aunque expresadas de distintas formas) algunos son capaces de sacar sus literales –y metafóricas– garras y despedazar a cualquier otra criatura que tengan enfrente.