Festival de Jerusalem: cine israelí (Parte 1)

Festival de Jerusalem: cine israelí (Parte 1)

por - Críticas, Festivales
19 Jul, 2016 11:56 | Sin comentarios

A lo largo de los últimos años, el cine israelí se ha hecho un nombre en los festivales internacionales por varios frentes. En lo que respecta a su propia producción de ficción, gracias a una generación de cineastas que han apostado a una combinación entre cine de autor con perspectivas comerciales que en algunos casos […]

logo-jerusalemA lo largo de los últimos años, el cine israelí se ha hecho un nombre en los festivales internacionales por varios frentes. En lo que respecta a su propia producción de ficción, gracias a una generación de cineastas que han apostado a una combinación entre cine de autor con perspectivas comerciales que en algunos casos funcionan muy bien y en otros, no tanto. Y en lo relacionado al documental, tanto los cineastas israelíes como sus vecinos palestinos han creado una potente y compleja imagen del lugar, una que permite profundizar en los conflictos de la zona mucho más que un simple flash informativo de un noticiero.

Estuve cinco días en el Festival de Jerusalem invitado por la Jerusalem Foundation –la organización «madre» tanto del festival como del Jerusalem Press Club, encargados en lo concreto de los críticos y periodistas invitados–, quienes organizaron un amplio programa para ver el cine local que se presentaba en el festival, además de entrevistas a los directores de las películas y responsables de las escuelas de cine. En general prefiero no hacer demasiados análisis públicos de cómo funcionan otros festivales –asumo que mi rol como programador de uno me coloca en conflicto de intereses a la hora de hablar de lo que hacen bien o mal los otros– por lo que solo agregaré aquí que se trata de un evento prolijo, bien organizado y con algunos invitados importantes (Quentin Tarantino, Laurie Anderson, Whit Stillman y otros) que tiene lugar en la bellísima y envidiable Cinemateca de la ciudad. Un dato relevante que muestra los buenos reflejos de este renovado festival (cambió de dirección hace apenas unos años) es que LA MUERTE DE LUIS XIV, de Albert Serra, fue elegida la mejor película de la competencia internacional.

Ahora bien, yendo en concreto a las películas israelíes que vi en el festival, aquí comienzo un repaso por algunas de ellas, que continuaré en una segunda entrega.


 

FROM THE DIARY OF A WEDDING PHOTOGRAPHER, de Nadav Lapid.

FromDiaryWeddingPhotographerFui de los que tardé en unirme al grupo de fans del cine de Lapid. Su estilo brusco, confrontativo, casi pasado de rosca requiere de cierta tolerancia a lo que uno podría considerar «declaraciones grandilocuentes», tanto visuales como dramáticas. POLICEMAN me irritó más de lo que me fascinó, pero ya para KINDERGARTEN TEACHER el balance era opuesto. Sigue siendo un realizador de puestas radicales y chocantes, pero he empezado a entender mejor adónde quiere llegar por más que siempre me parece estar al límite de caer a algún cruento precipicio. DIARY…, que se presentó en la Semana de la Crítica de Cannes fuera de competencia, es un mediometraje que consiste en una introducción y dos largas secuencias. Es la «historia» de un fotógrafo de bodas y dos de sus trabajos más complicados: uno ligado a una hermosa mujer que empieza a «tirarle onda» durante la mismísima producción de fotos en la playa y otro, relaciondo con una novia que tiene impulsos suicidas en una situación similar.

La resolución de ambos «casos» es sorprendente y casi shockeante, pero lo que destaca al filme de Lapid por sobre la media de la producción israelí es que se trata de un cineasta inventivo que no teme arriesgar visualmente y probar constantemente, sin miedo al ridículo. La intro, aparentemente autobiográfica, podría casi explicar esa curiosa relación con la cámara: al protagonista se la regalan y, como no entiende su funcionamiento, la prende cuando cree que la apaga y viceversa, lo cual da lugar a una serie de videos borrosos y extravagantes que bien podrían ser vistos como experimentales. Ese «approach» al cine es lo más interesante que hace Lapid: es visualmente inventivo, rompe las «reglas gramaticales» del lenguaje cinematográfico todo el tiempo y logra momentos de belleza a los que me atrevería a llamar «godardianos» en su manera de filmar rostros (en la primera historia) y «straubianos» (en la segunda).

Con su acercamiento experimental pero narrativo a la vez, bello pero a la vez brusco y finalmente brutal, los 40 minutos de DIARY OF A WEDDING PHOTOGRAPHER tal vez sean los mejores que termine dando el cine israelí en 2016.

 


 

ONE WEEK AND A DAY, de Asaph Polonsky

one week and a dayUna colega española me contaba que le había encantado JULIETA, de Pedro Almodóvar, que para ella fue como un páramo dentro de la cartelera de estrenos allí. Pero está convencida que, de haberla visto en medio del más alto nivel promedio de Cannes, su reacción podría haber sido un tanto menos entusiasta. Traigo a cuento esta anécdota para hablar de esta película, la gran ganadora de la competencia israelí en este festival y una que venía de presentarse en la Semana de la Crítica de Cannes. En el contexto de la competencia local –no demasiado notable– quedan pocas dudas porqué fue la ganadora, aunque puesta en uno internacional, la película muestra sus debilidades. Yo la vi en Cannes, lo que probablemente le haya restado puntos a mi apreciación en relación a la más positiva de buena parte de mis colegas que la vieron en Jerusalem. Es como la anécdota de JULIETA, pero a la inversa…

La opera prima de Polonsky arranca muy bien, de hecho, acercándose a una pareja que acaba de terminar la semana de duelo (shiva) tras la muerte de su hijo. Con un dolor que se manifiesta en forma de enfado, tensión e irritación, los protagonistas (más él que ella, de hecho) intentan volver a la vida cotidiana: ella, tratando casi de seguir como si nada hubiera pasado; él, no tanto. Pero a ninguno le será fácil ya que el dolor que llevan los hará meterse en situaciones complicadas que Polonsky decide jugar por el lado de la comedia. El padre coneguirá «marihuana medicinal» en el hospital donde su hijo estuvo internado y se enredará con el hijo de un vecino para aprender a usarla, con las previsibles consecuencias. Mientras tanto, la mujer querrá sí o sí retomar sus clases más allá de que en la escuela le hayan puesto un maestro suplente para dejarla recuperarse tranquila por más días.

one week and a day 2El problema del filme, de la media hora en adelante (al menos hasta que, sobre el final, vuelve a cobrar cierto dramatismo) es que termina volviéndose una comedia un tanto tonta sobre un padre confundido, un joven fumón que toca «air guitar», una niña enferma que los mete en enredos en la clínica y así. Y por el lado de la madre las cosas no pintan mucho mejor. En la última parte del filme, como dice la frase hecha, «le cae la ficha» al padre y ONE WEEK AND A DAY recupera algo que no debería haber perdido nunca: el contexto dramático que la envuelve y la sensación, que parece olvidarse a lo largo de más de una hora de metraje, de que hay un dolor profundo enmascarado en todas esas desventuras un tanto banales.

La negación, en buena medida, parece ser un tema fuerte en el cine israelí contemporáneo (ver, sino, la igualmente divisiva BEYOND THE MOUNTAINS AND HILLS, de Eran Kolirin, también presentada en Cannes), pero en este caso no tiene que ver con nada específicamente político sino con la universalidad de la muerte de un hijo. ONE WEEK… se ubica en el espectro más comercial del nuevo cine israelí y, siendo todo un crowdpleaser, muy probablemente sea la elegida para representar al país en los Oscars. Pero no es una película que esté a la altura de lo mejor que se hace allí actualmente, algo que sí uno podía apreciar en GETT y en el resto del cine de la tristemente desaparecida Ronit Elkabetz, quién ojalá se convierta en faro de los nuevos realizadores locales.

 


 

PHOTO FARAG, de Kobi Farag

PhotoFarajHace unas semanas, conversando con el colega y amigo Roger Koza, analizábamos la superabundancia de documentales familiares en los últimos años, filmes que narran historias íntimas de encuentros y desencuentros entre padres e hijos, parientes y así. El tema me toca por varios motivos de cerca y es por eso que estas películas me resultan siempre un desafío de ver. PHOTO FARAG confirma los peores miedos que Koza mencionaba y con los que coincido respecto a este tipo de películas «terapéuticas», fruto de las posibilidades digitales del medio.

El realizador y también actor recupera aquí la historia de un famoso local de fotografía en Tel Aviv que manejaba su familia y que fue muy célebre en los ’70 y ’80. Pero algo sucedió y los hermanos que lo controlaban se pelearon entre sí y no volvieron a hablarse jamás desde entonces. Uno de ellos –a quien se conoce como Farag, si bien es el apellido familiar– era el mandamás del negocio: el famoso y talentoso fotógrafo, la cara visible de la compañía, mientras que los hermanos y hermanas, a su sombra, sostenían la estructura del negocio. En algún momento esa armonía familiar/laboral se quebró y Kobi trata de investigar, romper el secreto, contar la historia, volver a ver a su tío (el famoso Faraj) y, de ser posible, reconciliar a la familia.

farag Pero la película nunca supera el formato de retrato privado, como algo para ser mostrado entre todos los Farag en una reunión y lograr que la emoción y el llanto calmen los ánimos de las peleas de antaño. La voz en off, las entrevistas y las confusas idas y vueltas de la narración no ayudan. Lo mejor del filme es lo que no está suficientemente aprovechado, ni en esta ni en la mayoría de las películas de este creciente «subgénero»: el contexto. Si bien hay videos, fotos e imágenes del pasado (es una familia que ha documentado muy bien toda su historia, por obvios motivos) no están usados para pintar un retrato algo más amplio del cambiante mundo que vivió la familia en su tortuosa historia. En mi opinión, los documentales familiares funcionan mejor cuando sacan a la luz el universo que rodea a los protagonistas, los hechos sociopolíticos que los conducen a actuar como actuaron. Cuando solo existen como un formato auidiovisual de terapia familiar –y si encima no tienen ningún recurso audiovisual que los tornen interesantes per se— se quedan en la anécdota, usualmente dolorosa pero finalmente privada.