Festivales/Mar del Plata: Competencia Internacional (10 críticas)

Festivales/Mar del Plata: Competencia Internacional (10 críticas)

por - cine, Críticas, Festivales
15 Nov, 2017 10:30 | Sin comentarios

Aquí están las críticas de la sección que suele ser considerada como la más importante de todo festival en la que se verán películas de amplio recorrido internacional y nombres relativamente consagrados con otros filmes más pequeños y algunos descubrimientos.

PRIMAS, de Laura Bari

Este fuerte y emotivo documental dirigido por la realizadora argentina radicada en Montreal se centra en Rocío y Aldana, dos adolescentes, primas ellas, que sufrieron distintos pero terribles caso de abuso y violencia sexual en su pasado reciente. La película es un retrato de las vidas actuales de ellas tanto estando juntas como por separado. En sus conversaciones, sus paseos, su viaje a Montreal (donde vive la directora, que las filma en un estilo cercano al diario personal, encontrando muchos momentos íntimos pero a la vez buscando algún tipo de registro poético) van exorcizando, de distintas maneras, lo que les sucedió. Y vamos viendo, a la vez, cómo van superando esos terribles episodios.

La película de Bari encuentra sus momentos más fuertes en las conversaciones entre las chicas (la larga secuencia en la que se cuentan y nos cuentan qué les pasó es tan angustiante como emotiva) y en el registro de sus vidas cotidianas, especialmente en el caso de Rocío, a quien se muestra más en contexto familiar. En otros momentos –ligados a sus experiencias haciendo expresión corporal, circo o en escenas «simbólicas» filmadas en la playa– la película pierde un poco de potencia y se vuelve más subrayada. Pero esos pequeños fallos no le quita jamás su verdad ni su carga dramática ni la mezcla de horror, bronca, impotencia y, finalmente, esperanza que sus historias generarán en los espectadores. PRIMAS es una película honesta y poderosa, que mira de frente al horror y al dolor y, en ese gesto, le devuelve la voz y el cuerpo a sus dueñas.


 

COLUMBUS, de Kogonada

Bajo el seudónimo de Kogonada se «esconde» uno de los más reconocidos ensayistas en video del mundo de la crítica y la academia. Sus trabajos analizando películas o estilos cinematográficos tanto para revistas como para ediciones especiales tipo Criterion Collection son, sin duda, de los mejores de la especialidad (aquí, en su página de Vimeo, se pueden ver muchos de ellos) y COLUMBUS marca su salto a la dirección tradicional: actores, guión, su ruta. El realizador estadounidense de origen coreano construye un universo que tiene mucho que ver con el tono y estilo de sus estudios en video, una suerte de película geométrica y de calculados encuadres que retrotraen claramente al cine de maestros como Michelangelo Antonioni y Yasujiro Ozu.

De hecho, el eje principal del filme tiene que ver con la arquitectura, ya que la historia se desarrolla en la ciudad de Columbus, Madison, que tiene la particularidad de tener muchos ejemplos de la mejor arquitectura modernista que hay en los Estados Unidos. Sus personajes principales son Jin (John Cho), un hombre coreano que trabaja como traductor de novelas en inglés a su idioma y Casey (Haley Lu Richardson), una joven estudiante que duda si irse a la universidad o quedarse cuidando a su madre (Michelle Forbes), frágil de salud. Casey es una fanática de la arquitectura del lugar pero a Cho –que está allí cuidando a su padre que ha colapsado en plena calle– el tema no le interesa nada si bien su progenitor es un famoso arquitecto. O, quizás, debido a eso.

La película se centrará en la relación entre los dos: sus conversaciones acerca de sus vidas, su visita a famosos edificios, las relaciones que ambos mantienen con sus padres y sus perspectivas laborales. El es mucho mayor que ella y el ida y vuelta entre ambos es menos de interés sexual y más intelectual. Otros personajes (un amigo de ella, Rory Culkin; la pareja del padre de él, Parker Posey) tendrán sus escenas y momentos, pero el centro casi «linklateriano» de la trama estará en la conexión entre Jin y Casey. Pero lo que distingue especialmente a la película es su puesta en escena: escenas filmadas con planos largos y desde lejos (raramente la cámara se acerca a sus rostros) que, sumados a la futurista arquitectura del lugar, generan encuadres prolijos y «asiáticos» en su uso de los espacios vacíos; el mínimo uso de la música y cierta gelidez poco «norteamericana» (al menos hasta el final) en cuanto a la conexión emocional con los personajes.

Si bien el filme se extiende un poco más de lo deseado reiterando algunos patrones, COLUMBUS se suma a una línea de cine de autor norteamericano poco seguida hoy, más cercana al cine de Jarmusch y a otros admiradores del cine asiático (como el primer Kore-eda, Kawase o hasta Hou Hsiao-sien) o de autor europeo formalmente más radical. Si bien la relación y las conversaciones remiten al cine de Linklater, las ideas visuales de Kogonada van por otro lado. En su filme, la relación y las emociones se construyen casi más a partir de los espacios y de los silencios que a través de las palabras.

 

LES GARDIENNES, de Xavier Beauvois

A mitad de camino entre una producción de qualité francesa y de un registro más autoral –especialmente a partir del manejo de los tiempos, los planos observacionales y el pudoroso y discreto manejo de las emociones– funciona esta nueva película del director de DE DIOSES Y HOMBRES que se centra en el «frente interno» de la Primera Guerra Mundial. Esto es: las vidas de las mujeres que se quedan trabajando mientras los hombres están en el frente de batalla.

En este caso todo transcurre en un pequeño pueblo campesino y haciendo eje en una familia a los largo de seis años. Las protagonistas son la matriarca Hortense (la veterana Nathalie Baye), su hija Solange (Laura Smet) y la recién llegada Francine (Iris Bry), que viene a ayudar con la cosecha y, en una de las visitas de Georges (Cyril Descours), uno de los hijos que están combatiendo, ambos se enamoran. Pero él vuelve al combate, lo mismo que el marido de Solange y Constant, otro de los hermanos. A lo largo de los años y mientras las mujeres trabajan y la tecnología cambia, amores, celos, solidaridad, peleas y rivalidades (entre ellas y de ellas con los hombres del hogar) irán surgiendo. Y, claro, problemas en el frente de batalla.

Con pasajes un tanto tediosos y de carácter episódico, la película se vuelve algo extensa (135 minutos) y reiterativa, pero su belleza formal es innegable, lo mismo que el trabajo actoral y la música del gran Michel Legrand. LAS GUARDIANAS no estará seguramente entre lo mejor de la obra de Beauvois pero tiene momentos dramáticos entre los personajes (que no conviene adelantar) y detalles narrativos (la observación del mundo del trabajo en el campo) que la hacen igualmente una película valiosa.

 

A FABRICA DE NADA, de Pedro Pinho

Una de las revelaciones del Festival de Cannes, la ópera prima del cineasta portugués combina ficción con documental (y musical) para hacer una suerte de fábula social acerca de las difíciles condiciones laborales en Portugal y en la Europa contemporánea. En un estilo con varios puntos de contacto al utilizado por Miguel Gomes en AQUEL QUERIDO MES DE AGOSTO y LAS MIL Y UNA NOCHES, Pinho cuenta su cuento en capas ficcionales, incluyendo a un director (nuestro conocido Daniele Incalcaterra) que quiere filmar una película sobre la compleja situación que estamos viendo.

Basada originalmente en una pieza teatral para niños sobre una fábrica que se vuelve exitosa fabricando “nada”, Pinho lleva esta metáfora a algo más realista: el cierre de una fábrica de ascensores y la posterior decisión de sus trabajadores de seguirla manteniendo por su propia cuenta. La primera parte del filme se centra en los conflictos laborales que concluyen en el cierre mientras que, ya en un tono más lúdico y menos realista, la segunda parte imagina lo que sucede cuando la fábrica es recuperada, a su manera, por los trabajadores.

Pinho suma también historias personales de varios de los protagonistas y le agrega la presencia de Incalcaterra, quien le da por un lado una dimensión más documentalista al filme y, a la vez, otra absolutamente ficcional, como si pasáramos a ver el detrás de escena de su propia construcción. Allí entran discusiones y debates políticos pero también momentos imaginativos de carácter musical que alteran el tono del filme en su última parte. Se trata de una película política que utiliza de manera original los recursos cinematográficos para mirar la realidad de una forma crítica pero a la vez lúdica y esperanzadora.

 

EL SILENCIO DEL VIENTO, de Alvaro Aponte Centeno

Últimamente hay muchas noticias sobre Puerto Rico (bastante duras todas ellas), pero poco y nada se sabe de su cine. Es por eso, entre otras cosas, que sorprende la solidez de esta ópera prima centrada en un hombre que se dedica a traer en botes hacia esa isla que es parte de los Estados Unidos a refugiados de América Central, en especial haitianos y dominicanos. En el filme, de tono seco y silencioso, dedicado casi todo el tiempo a mostrar el trabajo específico del hombre en esta suerte de empresa familiar que tiene, se suceden algunas desgracias y situaciones dramáticas que irán llevando su situación hacia terrenos cada vez más complicados hasta llegar a una última media hora casi de película de suspenso.

Sin subrayados ni situaciones forzadas, EL SILENCIO… avanza con la lógica cada vez más complicada del trabajo de un hombre que va viendo cómo su vida se va desarmando en medio de todo, ya que el peligro y la muerte acechan en todo momento. Más allá de cierto preciosismo estético de alguos planos y escenas (que revelan acaso el pasado de publicista del director), la película construye finamente su drama y lo carga de intensidad hasta llegar a un final realmente potente y angustiante.

 

GOOD LUCK, de Ben Russell

Dividido en dos partes, este documental del realizador norteamericano se centra en dos minas muy distintas entre sí en cuanto a la forma de trabajo y la locación. Y ambas son retratadas poniendo el ojo en el trabajo concreto, primero, y luego en las experiencias de quienes lo hacen. La primera, una mina de cobre estatal en Bosnia, ubicada cientos de metros en las profundidas, oscura y casi tenebrosa, es trabajada por veteranos mineros que conocen al dedillo sus secretos y pasillos, mientras se dejan retratar por la cámara de Rusell y responden a preguntas sobre sus sueños y temores. La otra mina es de oro, en Surinam, a pleno sol y luz pero mucho más caótica y desorganizada que la anterior. Aquí el formato es similar aunque la puesta es un tanto menos rigurosa que la de la primera parte, también por la propia lógica del trabajo allí.

Ubicadas en las antípodas del mapa y casi opuestas en su forma de ser trabajadas (el símbolo circular que usa varias veces Russell en el filme parece hacer referencia a esta idea), las minas son el espacio que el realizador explora con su cámara de 16mm muchas veces montada en steadicams, lo cual es particularmente prodigioso en la parte filmada en la oscura mina serbia. A la observación del duro trabajo, Russell le agrega una suerte de autoretratos en blanco y negro en los que los trabajadores posan frente a la cámara transformando a la película en un registro social y personal a la vez, algo que se acentúa con las entrevistas y en apariencia casuales conversaciones.

Con sus casi 150 minutos de duración y su tono mayormente observacional, es claro que no se trata de la película más sencilla del mundo, pero además del impacto visual y sonoro que la vuelven una verdadera experiencia sensorial, Russell en todo momento está cerca de sus protagonistas y no los observa con la distancia de entomólogo de un fotógrafo de zonas de duro trabajo (a lo Sebastiao Salgado, digamos) sino acercándose y escuchando a los que atraviesan en vivo esas experiencias y no poniéndose en el lugar de los que la ven desde la comodidad de la sala. Eso, y la posibilidad de brindarles la cámara para que ellos decidan cómo retratarse y por cuánto tiempo, le da a GOOD LUCK un plus de humanidad que otros retratos audiovisuales del trabajo no tienen.

 

RAMIRO, de Manuel Mozos

Otra de las líneas estéticas del cine portugués se puede ver en la nueva película de ficción de Mozos, cuyo filme referencia en ciertas elecciones formales y de tono al de cineastas como Jarmusch, Kaurismaki y otros similares. El filme podría ser un PATERSON portugués, ya que se centra en un librero de Lisboa que también es escritor pero que hace mucho no publica. Con una vida rutinaria, su mayor interés pasa por su relación de virtual figura paterna con una muy joven vecina embarazada que vive con su abuela enferma (tuvo un ACV) ya que sus padres supuestamente murieron muchos años atrás en un accidente.

Involucrándose en la historia de ellas (que tiene algunas inesperadas y “kaurismakianas” vueltas de tuerca) y, a la vez, lidiando con su propia rutina, el Ramiro del título trata de hallar sentido a una vida que por momentos lo abruma ya que su librería no parece venderle libros a nadie, sus relaciones amorosas están constantemente trabadas y hasta cierta indisimulada envidia respecto al éxito de colegas escritores se cuela en su pesado y preocupado andar. Pero, pese a lo gris que suena su presente, la luminosa precisión formal de Mozos vuelve a todo mucho más amable y cálido de lo que podría ser en otras manos. De a poco, RAMIRO se revela como una asordinada y esperanzadora comedia sobre segundas oportunidades y sobre una “familia sustituta” que brinda al protagonista confort y solaz ante un presente gris.

 

THE FIRST LAP, de Kim Dae-hwan

Producida por el director de AUTUMN, AUTUMN, Jang Woo-jin, una película de similar tono que se presenta en otra sección del festival, este segundo filme de Kim Dae-hwan es una verdadera revelación. De un manera discreta y minimalista pero a la vez profunda y personal cuenta una historia muy simple que logra ser universal sin dejar nunca lo culturalmente específico de lado. Es la historia de un par de días en una pareja que está junta hace unos siete años pero que no parece decidida a cumplir con ciertos compromisos sociales que se esperan de ellos, como casarse y tener hijos. Están juntos, se nota que se quieren y son mutuamente muy afectuosos más allá de ciertas disputas, pero no están interesados en cumplir ese mandato familiar.

Pero un día Ji-young (a quien se la verá también en THE DAY AFTER, de Hong Sangsoo, casi el santo patrón de este tipo de cine en Corea) le cuenta a Su-hyeon que su menstruación está retrasada dos semanas y se ven enfrentados a la posibilidad de tener un hijo. En medio de esa situación –y mientras compran un test de embarazo– deciden ir a visitar a los padres de ella, en donde la chica recibe la fuerte presión de su madre para que formalicen su situación en varios sentidos, incluyendo el laboral, generando una fuerte angustia en su hija. Luego visitan a los padres de él, que viven en una zona muy lejana y allí atravesarán una situación muy diferente en cuanto a las formas (los padres de él tienen otra posición económica y otro tipo de comportamiento, especialmente el padre de Su-hyeon) pero que igualmente angustia a su hijo.

El filme está contado en planos largos, la mayoría de ellos en movimiento (una buena cantidad desde el asiento de atrás del auto, estando ellos en él o no) y los actores muestran una asombrosa naturalidad en cuanto a la manera de relacionarse entre sí y con sus padres. Hay tensiones y escenas fuertes, pero la película nunca busca impactar desde la intensidad sino que los conflictos que ellos viven con sus padres –y también entre ellos– se van metiendo bajo la piel, articulando algo imposible de decir pero muy claro en cuanto a sensaciones.

La película ofrece algunos laterales comentarios políticos (se filmó poco antes del impeachment a la presidenta Park un año atrás) y algunas observaciones inteligentes de sus confundidos pero encantadores protagonistas respecto a su situación y a lo que pretenden de ellos, especialmente en función a cómo se ven (mal) reflejados en el presente de sus padres. Las relaciones entre padres e hijos en relación al matrimonio y el status social no es un tema nuevo dentro del cine asiático –casi se podría decir que es uno de sus temas principales–, pero Kim encuentra aquí un ángulo original para tratarlo, casi a contramano de la tradición. Una defensa del devenir, del ir a contramano y de vivir y disfrutar del presente como respuesta a todo.

 

WAJIB, de Annemarie Jacir

En Nazaret, una ciudad dividida entre los árabes (cristianos y musulmanes) que viven en ella y los judíos que viven en los montes que la rodean (Nazaret Ilit), un padre y su hijo de origen palestino tienen que cumplir una tarea tradicional: repartir invitaciones para el casamiento de la hija del primero y hermana del segundo. El hijo vive en Italia. Se ha ido a estudiar Arquitectura pero también se fue porque no soportaba vivir allí con las restricciones políticas del lugar. El padre, en cambio, es un maestro, casi un pilar de la comunidad, que ha tratado siempre de adaptarse a la situación por más complicada que fuera. A lo largo de un día en el que visitan a familiares y amigos para entregar esas invitaciones, esas diferencias (y otras, ligadas a la complicada historia familiar) irán surgiendo y distanciándolos.

Esta coproducción internacional de Jacir funciona como un relato tradicional en el que dos personas viajando en auto van relacionándose y enfrentándose en el curso del recorrido. Una suerte de road movie que va de casa en casa por Nazaret –pero complicándose cuando el hijo no quiere subir a las alturas a invitar a un amigo judío del padre, a quién él considera un espía– y en donde cada encuentro con un local va revelando detalles de la historia personal y sociopolítica del lugar. Pero más allá de eso, y pese a su formato en exceso convencional, lo que termina quedando en primer plano son las diferencias generacionales entre padre e hijo respecto no solo a su mirada de ver el mundo (al hijo se lo podría considerar más progresista y al padre, conservador) sino a la posibilidad, o no, de entender el punto de vista del otro. Algo que no es muy usual por allí y por aquí tampoco…

 

WESTERN, de Valeska Grisebach

El bienvenido regreso después de una década sin filmar de la realizadora alemana de SEHNSUCHT se centra en lo que sucede cuando un grupo de trabajadores alemanes van a Bulgaria a montar una planta hidráulica y se generan evidentes tensiones con los locales. El protagonista es Meinhard, un hombre que, un poco por casualidad, termina “del otro lado” de la disputa, involucrándose con los locales y poniéndose en el medio de esa complicada frontera, virtual versión moderna y europea de lo que sucedía en los Estados Unidos en el siglo XIX.

A diferencia de sus colegas, el protagonista va perdiendo de a poco esa desconfianza con los habitantes del lugar, pero ese cruce de fronteras abre el terreno a nuevos problemas, no solo con algunos locales que lo miran con sospecha sino con sus propios compatriotas. Grisebach observa cómo se van dando estos giros dramáticos de manera sutil, en la forma en la que los alemanes miran y/o intentan relacionarse con las mujeres locales, cuando plantan agresivamente una bandera de su país o, curiosamente, cuando Meinhard, cual protagonista de un western, termina montado en un caballo blanco.

Relectura moderna y política de wésterns clásicos (o, de manera casi irónica, una vuelta de tuerca sobre películas como DANZA CON LOBOS), el filme de Grisebach se destaca por mostrar cómo esa tensión fronteriza sigue manteniéndose al día de hoy, aunque el Old West de antaño sea hoy el límite entre la Europa dominante hoy representada otra vez por Alemania (cuyo ejército ocupó Bulgaria en la Segunda Guerra, origen de gran parte de la desconfianza local) y los países menos desarrollados del Este de Europa, algo que también se dejaba entrever, en otro tono, en la reciente TONI ERDMANN. Una de las grandes películas del festival.