Streaming: crítica de «Wormwood», de Errol Morris

Streaming: crítica de «Wormwood», de Errol Morris

Esta extensa y ambiciosa serie del director de «The Thin Blue Line» combina documental y ficción para investigar el misterioso caso de la muerte de un agente de la CIA en 1953 cuyas repercusiones se amplían para mostrar los más oscuros secretos de la política exterior de los Estados Unidos.

Errol Morris es, sin duda, uno de los mejores documentalistas de la historia del cine. Y películas fundamentales como THE THIN BLUE LINE, THE FOG OF WAR, MR. DEATH y FAST, CHEAP AND OUT OF CONTROL lo prueban. Un entrevistador incisivo, un dedicado buscador de verdades ocultas, un hombre con una capacidad argumentativa que lo convierte en un gran detective cinematográfico, un inspector de criaturas curiosas, extrañas y hasta peligrosas sobre las que jamás ironiza, Morris se mete de lleno en sus investigaciones y compromete al espectador a seguirlo.

WORMWOOD es la primera serie televisiva sobre un mismo asunto que Morris hace y su inmersión en el tema supera la habitual duración de cualquiera de sus filmes: son más de cuatro horas divididas en seis episodios de un poco más de 40 minutos cada uno. No sólo eso es distinto. Más allá de que ya lo ha hecho en varias de sus películas, el recurso de la «dramatización» con actores aquí es tan extenso que uno podría casi considerarlo una mezcla 50/50 entre ambos formatos, documental y ficción. Y si bien, a lo largo de los episodios, Morris va construyendo (o, más bien, deconstruyendo) un caso que se va volviendo cada vez más complejo y apasionante, es cierto también que la excesiva duración y un tanto reiterativo uso de las «reconstrucciones» no ayudan. De hecho, tengo la impresión que hay una extraordinaria película de dos horas o dos horas y media dentro de esta serie de más de cuatro.

El caso es fascinante pero de entrada no parece dar para demasiado: un hombre llamado Frank Olson que trabajaba para la CIA «se tira o se cae» de una ventana de un hotel en 1953 y rápidamente parecen quedar claros los motivos, aunque no necesariamente la forma o los específicos culpables. El entrevistado central y verdadero eje del filme es su hijo, Eric, que tenía 9 años cuando su padre «se tiró o se cayó» del hotel en cuestión. Recién en 1975 sale a la luz la existencia de experimentos secretos que la CIA hacía dándole a sus propios especialistas dosis de LSD para usar en potenciales situaciones durante la Guerra Fría. Gracias a una investigación de un periodista de The New York Times –al que la familia Olson llama al enterarse de que Frank pudo haber estado ligado a estos experimentos– queda en evidencia que lo que sucedió fue que el hombre no logró soportarlo y que, en medio de algún ataque psicótico, se tiró por la ventana del hotel.


Esto, claro, al ser «revelado» en el segundo episodio de la serie da a entender que no es la respuesta definitiva a nada. Y a buscar eso van Morris y Olson, un hombre que hoy ronda los 75 años y que ha dedicado toda su vida a saber que pasó (o qué hicieron) con su padre. Habrá más y más descubrimientos y revelaciones tanto en los años ’90 como otros, recientes, que irán cambiando la aparente «carátula» del caso, pero nada será totalmente definitivo. De lo que somos testigos es de la obsesión de un hombre por descubrir los secretos de la muerte de su padre, obsesión que le ha ocupado toda una vida y que va adentrandose poco a poco en los secretos más oscuros de la política estadounidense, especialmente durante los años de la Guerra Fría.

Para escenificar las distintas versiones y posibilidades de lo que pudo haber pasado esa noche (y la semana previa y algunas semanas después), Morris crea varias ficciones posibles en las que vemos a Olson (interpretado por Peter Sarsgaard) experimentar con LSD, deprimirse, tener problemas de conciencia y culpa con lo que está haciendo en la CIA y, finalmente, varias versiones de lo que pudo haber sucedido esa fatídica noche en el hotel. Filmados como cine negro, esos episodios ficcionales se vuelven un tanto repetitivos ya que, una y otra vez, vuelven obsesivamente sobre lo mismo. Es cierto que el secreto está en los detalles y diferencias pero por momentos la sensación que se tiene es que recrear todas las posibles versiones del caso tal vez sea un tanto excesivo.

Fuera de la ficción la película crece ya que el hijo de Olson es un personaje tan fascinante como inteligente, uno de esos obsesivos paranoicos que pueden convencerte que tienen razón y que no tienen nada que ver con los alocados «buscadores de conspiraciones» clásicos que hay por todos lados en los Estados Unidos. Su intuición y persistencia lo llevan a ir ampliando las conexiones de esa muerte a niveles sorprendentes, pero tanto el entrevistado como el entrevistador presentan sólidos argumentos para que creamos que su hipótesis, aún sin poder ser confirmada, tiene muchas posibilidades de ser correcta.

Morris entrevista a otras personas (abogados, periodistas, especialistas, testigos) y ofrece mucho material de archivo fílmico ya que el caso Olson tuvo su repercusión mediática a lo largo de los años. Pero el centro sigue siendo su conversación con Eric. A diferencia de muchos de sus filmes en los que utiliza un sistema desarrollado por él mismo (el Interrotron) mediante el cual los entrevistados le hablan a él mientras nosotros los vemos mirando a cámara, Morris aquí rompe esa estructura, apareciendo él en cuadro, con hasta diez cámaras, en formatos de entrevista más clásicos que solo se rompen cuando –imitando la fascinación de Eric Olson por los collages– decide duplicar, triplicar o multiplicar sus imágenes hasta el infinito, jugando con ellas y con los sonidos hasta la desorientación.

Si bien Morris con THE THIN BLUE LINE prácticamente inventó esa línea de documentales de investigación policial hoy tan de moda en series como THE JINX o MAKING A MURDERER, queda claro que hoy ya está en una etapa formalmente un tanto más experimental de esa búsqueda. Sus documentales detectivescos hoy ya pasaron la fase en la que lo principal era «descubrir al culpable» (o revelar como inocente a alguien condenado por error) y, como en el policial negro de la literatura y la ficción cinematográfica, ahora intentan meterse en la mente confundida del investigador con recursos puramente audiovisuales.

Es que esa verdad es elusiva y misteriosa, por lo que lo que prima en el relato es la fractura. Tanto la del caso como la del entrevistado, un hombre que milagrosamente no enloqueció dedicándole su vida entera al tema. Se hacen unas referencias un tanto obvias a Hamlet –que Morris muestra en escenas específicas tomadas de la película de Laurence Olivier– y por momentos se vuelve una y otra vez sobre lo mismo de un modo que solo apreciarán los espectadores tan obsesivos como el director y el protagonista. El problema es que el caso Olson no tiene tantas aristas y posibilidades laterales como un caso policial normal donde puede no saberse ni qué ni quién ni cómo ni porqué. Acá las variaciones pueden ser importantes pero el eje es claro de entrada y tiene que ver con los secretos de la CIA y sus modos de actuar ante determinadas situaciones complicadas de «seguridad nacional» o «política internacional».

En un punto, Morris actúa un poco también como la CIA: aplicando la «misdirection», haciendo que uno mire para un lado cuando las cosas pasan por otro. Como los magos que entrenaban a los agentes para desviar la mirada del otro a la hora de manejar alguna situación complicada o cometer asesinatos sin ser descubiertos, Morris juega ese mismo juego con la audencia. Y su recurso es la ficción. Un espía o un agente secreto es también un guionista que crea una historia y/o un actor que la interpreta. Y las posibles versiones oficiales del caso quedan en ese terreno del «relato». Del lado del documental debería quedar la verdad. O, al menos, la búsqueda de ella.