Estrenos: crítica de «24 Frames», de Abbas Kiarostami

Estrenos: crítica de «24 Frames», de Abbas Kiarostami

Se estrena la obra póstuma del realizador iraní, un trabajo experimental que consistió en «darle vida» digitalmente a fotografías tomadas por el cineasta. Así, esas imágenes fijas se transforman en breves y poéticas viñetas que imaginan o tratan de recrear lo que pudo haber sucedido antes o después de esas fotos. En el Cosmos, todos los días a las 19.

Hay una aplicación telefónica que más o menos explica el concepto central de 24 FRAMES, la película en la que estaba trabajando Abbas Kiarostami como proyecto a largo plazo, en medio de sus otros filmes, cuando falleció, en 2016. Esa aplicación permite capturar unos segundos antes y unos segundos después de tomar una foto y armar un breve video que la contenga. Se le pueden colocar efectos que permiten curiosos movimientos, muchos de ellos poéticos (hay varias cuentas de artistas visuales, y fotógrafos que la utilizan, por ejemplo, en Instagram) y otros supuestamente entretenidos, como esas aplicaciones que deforman un rostro o una imagen.

Comparar esto con el cine del maestro Kiarostami parece un sacrilegio y acaso lo sea, pero en algún punto ambos procedimientos son similares, solo que el de Abbas es mucho más ambicioso y hecho a posteriori. Consumado fotógrafo, lo que hace el director de EL SABOR DE LAS CEREZAS es «darle vida» a algunas de sus fotos, de manera mayormente digital, mostrando lo que podrían haber sido los minutos previos y posteriores a esas fotografías. En 24 cuadros que duran unos 4 minutos cada uno lo que el filme muestra son distintos escenarios –principalmente paisajes nevados o mares, con animales de todo tipo, además de nieve o lluvia– «tocados» por la tecnología, creando una poética recreación de imágenes capturadas en el pasado.

24 FRAMES está en la misma línea de exploración audiovisual que Kiarostami trabajó en filmes como FIVE (DEDICATED TO OZU), TEN o SHIRIN, pero a diferencia de ellas aquí falleció antes de terminar el producto y fue su hijo y otros colaboradores los que lo terminaron, por lo que es probablemente diferente en algunos aspectos a sus intenciones originales. Me imagino que, en manos de Abbas, la película habría tenido menos musica y algunos de los «frames» tendrían otro tipo de recursos (el de París, por ejemplo), pero en general es bastante respetuosa de las ideas, las búsquedas y los temas del realizador iraní.


Lo que se ve en 24 FRAMES lo deja en claro el primero de esos «frames» (que, en inglés, quiere decir tanto cuadro cinematográfico como «marco», lo cual le da un sentido más amplio al término), que es el famoso cuadro de Peter Brueghel «Los cazadores en la nieve» en el cual algunas de sus «piezas» comienzan a moverse. Ese cuadro intervenido abre el filme pero de allí en adelante lo que veremos serán las propias fotos de Abbas, intervenidas. El mismo lo explicó diciendo que su idea era que el espectador, como en un museo, se pare frente a un cuadro unos minutos y lo contemple, en este caso con mínimos movimientos, algo que suele ser problemático en el cine ya que –por la tiranía de lo argumental– esa misma persona que puede contemplar un cuadro cinco minutos se suele irritar cuando un plano fijo dura más de uno.

No es demasiado lo que sucede en los cuadros y en algunos casos el trabajo digital no está del todo bien hecho. Hay algo curioso, tipo corto de Disney con animales, que se da en algunos casos, mientras que otros, generalmente los más despojados y con menos «acción» resultan más bellos y efectivos. Salvo algunas excepciones, son en blanco y negro y, como dije antes, por lo general describen escenas de la naturaleza en la que se reiteran los motivos antes mencionados, a los que hay que sumar el marco de una ventana que propone otra capa de lectura para el filme.

En paralelo, es acaso más interesante el trabajo realizado con el sonido. No me refiero a la música (que usualmente sobra, aunque un tango escuchado desde la radio de un auto tiene su gracia) sino a que, a la hora de dar vida a esas fotos, Kiarostami tuvo que recrear como sonaban o sonarían esos escenarios. La lluvia, el viento, los ruidos de los animales, las olas son elementos que completan esa «foto» de una manera imposible de reproducir en un cuadro y que convierte a la experiencia en algo claramente cinematográfico. No puede dejarse de lado que el sonido en el cine ha pasado a ser hoy un elemento con iguales o más capacidades disruptivas que la imagen.

No veo 24 FRAMES como un testamento de Kiarostami. Es, era, un proyecto de experimentación más dentro de su obra. Quizás, al terminarlo, sus herederos y colaboradores quisieron darle este tono y por eso el último de los cuadros tiene la carga poética que tiene y que lo diferencia de los demás. Una persona parece quedarse dormida mirando un clásico de Hollywood en una pequeña pantalla mientras que por la ventana la vida pasa, la naturaleza sigue su curso. Como en todas las películas del iraní, las reflexiones que genera esa imagen quedarán a cargo del espectador.

(Cosmos-UBA, todos los días a las 19)