Estrenos online: crítica de «DAU. Degeneration», de Ilya Khrzhanovskiy e Ilya Permyakov

Estrenos online: crítica de «DAU. Degeneration», de Ilya Khrzhanovskiy e Ilya Permyakov

La segunda película del megaproyecto «DAU» transcurre en los últimos años del instituto científico en el que sucede toda la historia y, específicamente, se centra en los intentos de las autoridades de combatir la decadencia del lugar de las maneras más violentas posibles. El impactante film, de seis horas, está disponible online en el sitio del proyecto.

Desde hace unos días, el mega-proyecto DAU cobró vida online. En el sitio dau.com, cualquiera puede registrarse y pagar tan solo tres dólares para ver las dos primeras películas de un ambicioso plan que llega a 14 films. Las dos que ya están disponibles fueron exhibidas en el Festival de Berlín: DAU. NATASHA, con una duración más o menos «normal» de 137 minutos, se presentó allí en competencia, mientras que la más ambiciosa DAU. DEGENERATION pasó en la sección Berlinale Special, seguramente en función de su duración de seis horas. Sobre la primera y sobre el proyecto en general escribí en esta nota desde Berlín. En aquel momento, por cuestiones de tiempo, no pude ver DEGENERATION. Ahora, digamos, hay menos problemas. Me refiero al tiempo, obviamente…

En algún punto, DEGENERATION es una película mucho más central al proyecto de lo que es NATASHA. Al no haber visto el resto de los films ni tener muy en claro la lógica del proyecto general es difícil establecer parámetros, pero este film es más ambicioso no solo en lo que respecta a su duración sino que intenta ser una mirada mucho más global a los sucesos que transcurrieron en el mítico instituto de investigación científica que existió en la Unión Soviética desde 1932 hasta 1968, incluyendo las experiencias, estudios y trabajos de los especialistas allí reunidos y también sus historias personales.

ACLARACION: la crítica va a tener algunos SPOILERS, no demasiados, pero creo que este tipo de proyectos deben ser analizados sin tomar en cuenta esas cuestiones si se los quiere tratar con cierta profundidad.


Quizás la dificultad de iniciar el proyecto con DEGENERATION es que se centra en la última etapa del instituto. En una miniserie, o en un un formato de películas más «convencional», sería la última parte, una suerte de grand finale de los eventos ya narrados. No aquí. Y lo bueno, acaso, de arrancar con la más específica DAU. NATASHA es que, de una manera quizás lateral, nos pone en el universo del proyecto y, especialmente, en algo que sucedió por lo menos una década y media antes. A juzgar por las sinopsis de los films que faltan, uno se da cuenta que el programa va y viene permanentemente en el tiempo, con películas más «generales» y otras más específicas que aíslan relaciones y personajes en particular.

La conexión más importante que se puede establecer, dramáticamente, entre NATASHA y DEGENERATION, es el personaje de Azhippo, al que conocimos como un agresivo miembro del Servicio Secreto en el primer film –haciendo cosas tremendamente desagradables– y que en la segunda película va creciendo en poder e influencia en el instituto hasta convertirse en su director general. Si bien su enorme figura ocupa un tiempo relativo en las seis horas del nuevo film, su presencia se siente todo el tiempo: es el hombre que ha venido a poner orden en un momento en el que el centro de estudios parece completamente descarrilado.

Si bien solo regresa él y otro personaje de ese film (cuesta reconocerla pero es la entonces muy joven Olga, ahora más grande y circunspecta), haber visto NATASHA sirve para otras dos cosas. Por un lado, para entender las relaciones de poder entre científicos, empleados, asistentes y personal de seguridad. Y, por otro, para estar «avisados» que DAU no es para personas excesivamente sensibles, ya que fácilmente pasa de un alto consumo alcohólico a muy realistas escenas de sexo o de violencia que muchas veces terminan con alguna intervención, no demasiado elegante, de las autoridades.

Hay algo claramente distinto aquí y quizás tiene que ver con la codirección (en la primera fue Jekaterina Oertel y aquí es Ilya Permyakov) pero también con la cantidad de historias y personajes que se combinan. Permyakov es uno de los editores del proyecto general y en DEGENERATION se nota un impulso, al menos a lo largo de su primeras cuatro horas, de ir yendo y viniendo, mediante un montaje casi paralelo, entre las diversas historias que tienen lugar allí, entre 1966 y 1968, una época de revueltas y cambios detrás de la Cortina de Hierro que tendrán efectos disruptivos también aquí. Las escenas son más cortas y los directores prefieren ir y venir entre unas y otras en lugar de dejar –como en NATASHA— que se extiendan hasta lo intolerable o angustiante. Aquí eso sucederá también pero más sobre el final.

DEGENERATION se divide en nueve episodios que promedian unos 40 minutos cada uno. Son divisiones bastante caprichosas –en cierto punto la voz en off de un rabino empieza a funcionar como analítico y reflexivo break entre las partes– ya que no necesariamente están ligadas a cambios dramáticos importantes. La película va estableciendo distintos escenarios de acción y varias relaciones entre una veintena o más de personajes que pueden funcionar juntos o separados. Está la historia «grande» del devenir del instituto y las interpersonales entre los distintos actores de ese universo.

Al principio, el principal eje tiene que ver con el pedante director del instituto, Alexey Trifonov, un hombre con fama de acosador sexual (no es un término que se usara entonces, pero esa es la idea) que contrata secretarias y, una tras otra, procede a abusar sexualmente de ellas. Se rumorea tanto sobre sus «problemas» (que no son solo esos, sino también de corrupción) que Azhippo toma cartas en el asunto y, al mejor modo soviético, lo invita a renunciar. «En otra época te habría dado un arma para que te pegues un tiro en la cabeza», le dice, queriéndole mostrar cuán amable es ahora al dejarlo ir.

Otro eje importante de la primeras horas de DEGENERATION está ligado a la aparición de un grupo de jóvenes estudiantes de ciencias que vienen a aprender de los maestros que trabajan allí. De otra generación, hacen fiestas con porros y temas de rock, algo que no gustará nada a Azhippo y a sus dos minions del Servicio Secreto, que se ocuparán de «ponerlos en regla» de una manera relativamente similar a la que vimos en NATASHA. Ese tipo de situaciones –alguien es llevado a «declarar» ante una autoridad y, rápidamente, la conversación se pone agresiva hasta terminar en la firma de forzadas «confesiones»– es fundamental a la lógica del proyecto entero.

Si de algo trata DAU, al menos en estos dos episodios, es sobre ese sistema de vigilancia en el que se vivía en la Unión Soviética. No es uno tan ligado a cuestiones ideológicas (algo que quedará más claro en las últimas horas del film) sino a una idea de «secretismo», de obediencia, de información clasificada y de una cultura de disciplinamiento permanente. En la época de Trifonov, las «riendas» parecían estar un poco sueltas. Pero al llegar al poder Azhippo, alguien sin ninguna relación ni aparente interés en el mundo científico per se, la obediencia a las reglas es el eje fundamental en su trabajo.

La película abre con una discusión religiosa en un salón de reuniones que deja en claro la idea de Khrzhanovskiy de plantear el comunismo como una religión más. El rabino lo dice claramente, explicando la lógica mesiánica de las revoluciones como una idea fundamentalmente religiosa. En esas reuniones aparece Lev Landau (el científico apodado «Dau», miembro fundador del centro), pero ya es un hombre muy mayor que sufre demencia hace años, circula en silla de ruedas y casi no se comunica con nadie.

Otras subtramas del relato son personales y, si se quiere, científicas. Tenemos los conflictos de la cafetería (lugar que fue central en NATASHA) en el que el exceso de vodka lleva a permanentes situaciones caóticas, y están las «relaciones prohibidas» (además del jefe y sus secretarias, hay otros affaires amorosos) que llevan a Azhippo a darse cuenta que el lugar, como dice el título, ya ha degenerado por completo de su misión inicial. Quizás algo de razón tenga, solo que sus métodos para resolverlo no son demasiado sensatos que digamos y terminan haciendo extrañar el caos previo.

La película hace varios «apartes» con distintos experimentos científicos y visitas de reconocidos especialistas del exterior, que son mostrados para que observemos el tipo de pruebas que se hacían entonces (con bebés, con drogas alucinógenas, etc, etc) en función de una búsqueda que parece ser central en esa época: la de crear una suerte de superhombre capaz de defender a la Unión Soviética sin ser víctima de sentimientos tan «humanos» como la empatía con el otro, la culpa o el miedo. No todos los científicos están interesados en eso, pero para Azhippo es el eje principal de su mandato. O parece serlo.

En medio de las borracheras, los «apretes» de la autoridad, los estudios y las muy interesantes discusiones que se producen (cada tanto el film dedica un buen tiempo para debates políticos, religiosos y científicos que son fascinantes), Khrzhanovskiy va marcando el territorio para un enfrentamiento que se prevé complicado. Y eso sucede en la segunda mitad del relato cuando llega al lugar un grupo al que hoy llamaríamos neonazi, jóvenes que se auto-perciben como los mejores de la raza, que no beben ni se drogan, y que comienzan a inmiscuirse, cada vez más agresivamente, en el decadente ambiente en el que conviven científicos, asistentes y estudiantes. Un grupo que, disimuladamente, es bancado por Azhippo para ir asustando y controlando a la «descarriada» comunidad que vive en el instituto.

En ese sentido, DEGENERATION puede dividirse en dos partes. En el quinto de sus nueve episodios aparecen estos «jóvenes iracundos» y, de a poco, el eje del film empieza a girar. Primero es de a poco, pero dos episodios después, este grupete racista y fascista (que preanuncia el desembarco generalizado del nacionalismo ruso actualmente dominante en ese país) ya controla casi totalmente no solo a los otros personajes sino al propio relato, que ya no va y viene tanto entre historias sino que se centra en ellos y en el terror que –al mejor estilo FUNNY GAMES— empiezan a infundir entre los atemorizados veteranos del lugar.

En un film que, tanto en lo ficcional como su propia construcción, juega mucho con la idea de experimentar con la gente (la película en sí fue un juego turbulento de experimentación social y en el instituto se viven conduciendo todo el tiempo este tipo de «tests» psicológicos), esta aparición funciona casi como un test de tolerancia tanto para los personajes como para los espectadores. El grupo destruye conscientemente la enloquecida y caótica pero finalmente tierna convivencia de los científicos (acaso decadentes y muy pasados de rosca, pero también queribles) y también dinamita un poco la película, que de allí en adelante se hace, conscientemente, más dura y por momentos hasta intolerable.

La lógica de DAU es esa: la de la sumisión a toda costa o la desaparición. No hay disenso posible: ni social ni político ni de comportamiento. Las reglas deben ser seguidas a rajatabla y es así como la «degeneración» de la que habla la película gira de los científicos hacia los recién llegados, quienes en su plan mafioso de instalar algo así como «la ley y el orden» en el lugar terminan por llevar todo al límite de lo insoportable. Las confrontaciones de la última parte de la película pueden llegar a ser excesivamente «agresivas» (de vuelta, tanto con los protagonistas como con los espectadores más sensibles), pero tienen un propósito claro y una coda final más que contundente.

Pese a sus problemas y planos debatibles (Khrzhanovskiy quiere que nos quede bien en claro que las escenas de sexo son reales) que también tenía la película anterior, DAU. DEGENERATION es un tipo de cine que se permite la ambición y el exceso, algo que se agradece en estos tiempos de cuidado extremo en lo que se dice y se muestra. Es cierto que al realizador lo tienta mucho el shock, pero en casi ningún caso es por el shock en sí mismo. Es claro su objetivo de plantear ese lugar como un microcosmos de la vida no solo en la Unión Soviética de entonces sino en la Rusia de ahora.

En un momento, uno de los más amables científicos del lugar intenta explicarle a un desinteresado Azhippo cómo será el futuro del país desde entonces (1968) hasta el 2020 a través de una teoría que él llama «la economía del conocimiento». Y si bien es cierto que es una escena fácil de escribir al estar reconstruida desde esta época –sabiendo ya lo que después sucedió en ese país–, funciona a la perfección en relación a lo que termina pasando en el instituto… y no solo allí. La ciencia y el conocimiento pueden ser motores ideales para hacer funcionar una sociedad. El problema es, después, ver si los líderes políticos están dispuestos a dejarse informar por ellos. Como se ve tanto en la película como en la actualidad (y no solo en la Unión Soviética), no suele ser el caso.