Series: crítica de «The Eddy: Episodios 1-2», de Damien Chazelle (Netflix)

Series: crítica de «The Eddy: Episodios 1-2», de Damien Chazelle (Netflix)

Creada y escrita por Jack Thorne, esta serie se centra en las complicadas vidas de un grupo de personajes relacionados con un club nocturno de jazz parisino. Los dos primeros episodios fueron dirigidos por el realizador de «Whiplash» y «La La Land» y tienen muchas cosas en común con sus películas previas.

Como siempre aclaro: no tiendo a hacer críticas de series (o miniseries, como en este caso) sin haber terminado sus temporadas. Pero acá hay un par de cuestiones que me han hecho cambiar de idea. Por un lado, los dos primeros episodios fueron dirigidos por Damien Chazelle, un reconocido cineasta con distintivos rasgos estilísticos que permiten recortar, acaso, su «sección» de la temporada como si fuera un film de un poco más de dos horas, si bien no es esa su estructura. Y, por otro lado, fundamentalmente, porque tras verlos no estoy muy seguro de querer continuar con el resto de la temporada. Así que sépanlo: esta crítica es parcial, no responde a la obra completa (acaso solo a un cuarto de ella) y están en todo el derecho de tomar mis consideraciones con pinzas. Bah, con más pinzas de las usuales. Y está muy bien si así lo hacen…

THE EDDY no es una serie usual de Netflix. Rápidamente lo notarán por dos cosas: el grano cinematográfico de la imagen es más que evidente (al menos estos dos episodios están filmados en 16mm.) y la cámara (de Eric Gautier) se mueve con una llamativa inestabilidad para un formato acostumbrado a una terminación digital y una «suavidad» profesional de movimientos que ya es propia de las series de hoy. Uno puede criticar o discutir muchas cosas del director de WHIPLASH y LA LA LAND pero nadie duda que el hombre es un cineasta y que aplicó a sus dos episodios una estética propia, sin apegarse a fórmulas probadas. Y el arranque, con un largo plano fijo a lo BUENOS MUCHACHOS en versión cámara en mano, es más que promisorio.

El problema, quizás, es que lo que puede ser raro y original para una serie de Netflix (los créditos y muchos diálogos son en francés, la cámara inquieta en plan docu-neorrealista, la apariencia de cierta improvisación en los diálogos) para Chazelle es moneda corriente. Es decir: THE EDDY es cualquier cosa menos una fórmula para Netflix, pero parece un poco una fórmula para Chazelle. La impresión que dan estos episodios es que fueron escritos por alguien para ser filmados por solo por él. Armado a medida, digamos.


Estamos ante una serie que combina la estética nerviosa y muchas de las tensiones dramáticas de WHIPLASH con el universo musical de LA LA LAND. Y el resultado, por momentos, parece el de una imitación del director, más cerca de un paródico sketch de SNL de lo que podría ser una serie de Chazelle que de otra cosa. Hay músicos torturados psicológica y familiarmente (en eso hay también contactos con EL PRIMER HOMBRE EN LA LUNA), adolescentes problemáticos e intensos, un refinado aunque a mi gusto agotador jazz de salón (con una persistente e irritante necesidad de usar cantantes), problemas románticos y económicos entre personas del mundo del arte y otras «marcas» que el realizador ya usó en sus anteriores películas.

Quizás la única novedad –además del escenario internacional de la acción, que por ahora transcurre en París– sea que aquí hay una subtrama policial, algo que hasta ahora el realizador no había usado en ninguno de sus films previos, al menos no en el sentido de asesinatos, deudas, detectives involucrados y ese tipo de cosas. Y, convengamos, también es lo menos interesante de THE EDDY. La serie funciona mejor cuando camina por terreno probado y seguro, lo cual termina siendo un problema: si lo nuevo no funciona y lo viejo ya se hizo antes de modo relativamente similar, ¿para qué el esfuerzo? ¿Qué tiene THE EDDY para sumar?

La serie construye sus episodios haciendo foco en distintos personajes, una práctica que parece extenderse cada vez más en los guiones de series, acaso para evitar el típico bache narrativo de sus largos «segundos actos». El principal es Elliot (André Holland, de la serie THE KNICK y de MOONLIGHT, curiosamente la película que se quedó con el Oscar que por unos eternos segundos pareció ir para su LA LA LAND), un reconocido músico norteamericano instalado en París y dueño de un club nocturno dedicado al jazz. El encargado del local es Farid (Tahar Rahim, de EL PROFETA), un simpático pero un tanto desprolijo músico, casado con Amira (Leïla Bekhti, de LA FUENTE DE LAS MUJERES), en apariencia bastante intensa y nerviosa.

El primer episodio plantea los ejes centrales del relato. Por un lado, el club no estaría pasando por un gran momento económico y Elliot quiere que la banda fija del local (compuesta por músicos profesionales y con Joanna Kulig, de COLD WAR, en el rol de Maja, la cantante y en apariencia ex pareja de Elliot) consiga un contrato discográfico. A falta de dinero, Farid se mete en peligrosos negocios con un grupo mafioso que le vende alcohol para el bar y al que le debe plata. Y allí, encima, llega Julie (Amandla Stenberg), la hija adolescente de Elliot, rebelde y complicada, con un arsenal de problemas que recién en el segundo episodio se irán explorando más a fondo.

Hay un acto de violencia shockeante al final del primer capítulo que llevará a que el segundo (centrado en Julie) esté teñido de la tensión y pesadumbre que dejó aquello. El miedo a la violencia se instala entre los personajes y las formas entre despreocupadas y desafiantes de Julie generarán en Elliot un miedo y una desesperación que se explican, además, por otro hecho trágico de su pasado, el que lo llevó seguramente a separarse de la madre de la chica, irse a París y negarse a tocar en vivo pese a los pedidos de todos los que se lo cruzan. A eso hay que sumarle que el importante personaje de su hija Julie resulta, al menos a juzgar por el segundo episodio centrado en sus desventuras parisinas, bastante irritante… por no decir insoportable.

Lo que llamará la atención, además del espíritu cinematográfico de la puesta en escena en general, es la manera en la que, al menos en estos dos episodios, THE EDDY parece apostar y apuntar hacia varios lados a la vez. Es un drama familiar pero también un policial y una historia ligada al mundo de la música y, quien sabe, quizás más cosas. Si bien no hay dudas que Chazelle logra captar de una manera bastante viva una Paris alejada de los lugares turísticos o «bonitos» (por momentos uno tiene la sensación de estar viendo una película francesa más que una producción anglosajona), a la hora de adentrarse en los conflictos de los personajes, tengo la sensación que está reversionando sus «grandes éxitos» recientes en versión afrancesada (de los barrios bajos, la Torre Eiffel se ve de lejos), sin aportar nada demasiado nuevo más que algunos gangsters y detectives.

Aquí es donde viene la otra zona «fuerte» de THE EDDY, la que determinará si el espectador le tiene más o menos paciencia a la serie. Me refiero a su aspecto musical. THE EDDY dedica gran parte de su tiempo a la música (ensayos, composiciones, shows en vivo con temas enteros, etc.) y si bien es admirable que así sea, el problema para mí es la música en sí. Compuesta en buena medida por el baladista y productor Glenn Ballard (de larga experiencia en el pop mainstream estadounidense), la música que se escucha en la serie es una suerte de jazz contemporáneo con vocalista que a mí particularmente me resulta bastante indigesto.

En los momentos de improvisación y ensayos –sin voz, preferentemente, salvo en el caso de algunas baladas al piano, como la que interpreta St. Vincent–, la música mejora bastante y se puede apreciar el talento de la banda. Pero, como sucedía en LA LA LAND (cuyas canciones eran, por lo general, mucho mejores), Chazelle y compañía no pueden evitar la necesidad de «narrar» a partir de las letras de los temas musicales, lo cual lleva a la música de la serie a sostener consigo misma una por momentos infumable pelea entre cierta modernidad sonora y unos arreglos vocales que atrasan treinta años o más.

Pero eso quedará a gusto del consumidor. En mi caso es clave porque estoy seguro que si la música que se interpreta en THE EDDY me interesara más, quizás le daría más oportunidades a la serie. Aún suponiendo que no me termine llevando a ningún lugar narrativo interesante –perdón si peco por prejuicioso, repito que no la vi entera–, tendría al menos un interés extra en disfrutarla por ese lado. Pero, a juzgar por la banda sonora ya disponible en Spotify –la que escucho mientras escribo esto–, estoy casi convencido que eso no sucederá.

Así que, salvo cambio de planes de último momento, no cuenten conmigo para el resto de los episodios de THE EDDY. Disfruten, si logran hacerlo, las nuevas melodías de Glen Ballard. Yo prefiero quedarme escuchando la banda de sonido de ASCENSOR PARA EL CADALSO grabada en París por Miles Davis quien, convengamos, era un músico de jazz norteamericano cuya música y vida (hasta en su breve etapa francesa) era bastante más interesante que la de los que aparecen por acá.