Series: reseña de «Lovecraft Country – Episodio 1», de Misha Green (HBO)

Series: reseña de «Lovecraft Country – Episodio 1», de Misha Green (HBO)

Esta serie, adaptada de una novela de 2016, resignifica muchos de los temas y criaturas del universo del escritor H.P. Lovecraft para tratar la violencia racial en los Estados Unidos. Los domingos, por HBO.

No hay duda que la obra literaria de H.P. Lovecraft se cuenta entre las más grandes del siglo XX y que sus aportes al fantástico y al terror han marcado un antes y un después en esos géneros. No se podría entender buena parte del cine de horror moderno (ni la literatura, empezando por Stephen King) si no es a través de la lupa de la obra de Lovecraft, en especial en lo que respecta al uso de lo sobrenatural, lo «cósmico», lo oculto e inexplicable. A su vez, especialmente en estos tiempos en los que cada vez más se pone en tela de juicio las obras de artistas en función de sus opiniones o comportamientos personales, también han crecido mucho las críticas a su obra en función de su evidente racismo. No es un descubrimiento ni una revelación: Lovecraft era racista, antisemita y muchas de sus opiniones sociopolíticas hoy se leen casi con más espanto que sus textos de ficción.

De algún modo, la intención de LOVECRAFT COUNTRY es la de resignificar, de poner de cabeza estos conceptos. Y el equipo creativo detrás de la serie, comandado por Misha Green, lo dejan en claro de entrada. Tomando como base la novela homónima de Matt Ruff que utiliza situaciones, historias y criaturas directamente sacadas del universo del escritor, la historia se centra en Tic (Jonathan Majors, de 5 SANGRES), un joven afroamericano fanático de las historias sobrenaturales, de terror y ciencia ficción que acaba de regresar de la guerra de Corea. Corren los años ’50 y muchos lugares en el país siguen con viejas políticas de segregación por lo que a Tic no le resulta sencillo viajar por los Estados Unidos.

Tic recibe una misteriosa carta de su padre (Michael K. Williams, de THE WIRE) en la que le dice que se ha ido a un lugar llamado Ardham (la ciudad en la que transcurren muchas historias de Lovecraft se llama Arkham), del que, le asegura, proviene su familia. Dicha ciudad no figura ni en los mapas, pero Tic alista a su tío George (Courtney B. Vance), un hombre que se dedica a escribir guías de viajes con lugares en los que los negros son aceptados (los que vieron GREEN BOOK sabrán a que tipo de guía me refiero) y a su amiga de la infancia Letitia (Jurnee Smollett), hoy fotógrafa, para que lo acompañen en un viaje a encontrarlo. Y es así como los tres se embarcan en una odisea a través de ese enigmático «Lovecraft Country» que da título a la serie.


Un poco a la manera de HUYE! y NOSOTROS –algo que no es casual tomando en cuenta que Jordan Peele es uno de los productores aquí–, lo que LOVECRAFT COUNTRY intenta es dar vuelta texto y subtexto en las narrativas fantásticas poniendo en evidencia los temas que usualmente se suelen inferir en estas obras de ficción. Es así que, desde la primera escena de la serie, en la que Tic se imagina a sí mismo, en plena guerra, combatiendo contra monstruos extraterrestres junto a Jackie Robinson (el primer beisbolista negro en jugar en la Major League), la serie no deja dudas respecto a su planteo formal y a sus ideas temáticas. Trabajará mezclando realismo con fantasía y utilizará la violencia racial con la idea de construir con ella suspenso y terror.

El primer episodio, dirigido por el realizador franco-argelino Yann Demange (’71), sirve como presentación de los personajes, que tienen que pasar de una relativamente cómoda vida en Chicago (donde si bien existe cierto racismo, la segregación no tiene carácter legal) a recorrer en auto las rutas más peligrosas del país, donde los blancos pueden literalmente hacer lo que quieren con ellos. De a poco, las experiencias de Tic, Letitia y George se van complicando: los miran mal, tienen que escaparse de un restaurante, fugarse de un grupo que le dispara y enfrentarse a un temible sheriff que juega con ellos a un macabro juego de poder. Y ahí, a falta de problemas, una vez que se acerquen al territorio «lovecraftiano», aparecerán peligrosos monstruos y criaturas.

El episodio presentación es inusualmente largo pero está sólidamente narrado, presentando claramente a los personajes –las relaciones y conflictos entre ellos, su vida familiar, sus intereses, etcétera– para ir de a poco creciendo en tensión narrativa, suspenso y violencia sobre el final, en el que de alguna manera arriban a lo que parece ser la primera etapa de su destino. Los signos de violencia racial aparecen también de la misma manera, acrecentándose de a poco: un bus en el que Tic tiene que sentarse atrás, un camionero que no le permite subirse a su móvil, los carteles que anuncian diversas prohibiciones o espacios físicos diferenciados, las miradas torcidas y, de ahí, a los hechos ya directamente violentos.


LOVECRAFT COUNTRY no disimula en ningún momento su intención política. Hay un muy elocuente texto del escritor James Baldwin que se escucha como «fondo musical» de una secuencia de montaje y hay canciones actuales en la banda de sonido que agregan más capas en ese sentido. De hecho, si uno escucha el podcast de HBO que hay sobre la serie allí se discuten autores, situaciones, temas y otras cuestiones ligadas a la terrible historia del racismo en los Estados Unidos. Eso, que la convierte sin dudas en una serie muy actual (el tema nunca dejó de ser central en la historia de ese país, pero en 2020 volvió con todo a los primeros planos), en algún punto también la vuelve literal, reduccionista, simplificando todos sus significados al punto de poner todo ese espectro de monstruosidades bajo el manto de la metáfora más evidente. No hay dudas que las ideas de la serie son correctas y apropiadas –Estados Unidos puede ser visto como un «Lovecraft Country» tanto en relación al racismo como a sus diversas monstruosidades–, pero por momentos los guionistas aplican esas ideas de una forma demasiado lineal, sin dar espacio para la ambigüedad y el misterio que son propios del género en esta vertiente.

De hecho, el propio Lovecraft en un famoso ensayo suyo llamado «El horror sobrenatural en la literatura» se manifestaba un tanto preocupado o hastiado por lo que él llamaba la «literatura didáctica» que tendía a desconfiar de lo macabro, lo extraño y lo fantástico para proponer un registro más literal y esperanzador. Decía allí que el tipo de literatura que él hacía apostaba por lo impredecible, lo desconocido y lo primal. Y por momentos da la impresión que buena parte del concepto regidor de LOVECRAFT COUNTRY es, aunque de entrada no lo parezca, exactamente opuesto a la forma de pensar del escritor.

Es cierto, también, que esa manera de encarar el material por parte de la serie estaba anunciada de entrada, especialmente en relación a las ya comentadas opiniones personales del escritor y tomando en cuenta que el equipo creativo de la serie es esencialmente negro. Lo que Misha Green y su equipo quieren hacer aquí es intentar separar el universo de Lovecraft de las peores tendencias ideológicas del escritor y, de algún modo, resignificar su obra, evitando así que termine siendo víctima de la reputación del artista. Es un procedimiento raro, curioso, probablemente noble (hecho desde el fanatismo por su obra a pesar de…) pero complicado en sus posibles derivaciones. Imagino, por ejemplo, a Quentin Tarantino haciendo remakes «políticamente actualizadas» de los westerns de John Ford y me duele la cabeza de solo pensarlo.

Ese es el potencial problema que existe en la forma de encarar LOVECRAFT COUNTRY, al menos si se toma en cuenta el único episodio disponible hasta el momento. Si bien toda adaptación expresa tanto o más el tiempo de su factura que el de la obra original –y la forma que adquiere representa esa relectura, como pasa en el libro de Ruff–, cuando lo que se intenta hacer altera fundamentalmente los conceptos centrales de la pieza adaptada hay algo allí que se pierde y no se recupera más. Y no me refiero al racismo ni a otros elementos controvertidos del pensamiento del escritor, sino a la propia naturaleza de su literatura que abraza lo inexplicable, lo desconocido, lo irreal. Si se pierde eso, ¿para qué adaptar ideas de Lovecraft y no hacer algo independiente, propio, original? Quizás las respuestas aparezcan en los próximos episodios. O quizás no… y tengamos que acostumbrarnos a la literalidad aún en el terreno de lo fantástico.