Festival de San Sebastián: crítica de «La última primavera», de Isabel Lamberti

Festival de San Sebastián: crítica de «La última primavera», de Isabel Lamberti

por - cine, Críticas, Festivales
21 Sep, 2020 07:16 | Sin comentarios

Esta película, que mezcla ficción con documental, cuenta la historia de una familia que vive en un barrio popular de las afueras de Madrid y que está por ser desalojada de su casa. En la sección Nuev@s Director@s.

En ese registro tan delicado como es el de la docuficción, la película de la realizadora alemana de ascendencia española puede equipararse a las de Isaki Lacuesta. Como el catalán, la realizadora mete sus cámaras en barriadas populares y logra capturar algo que es único e intangible, por más manipulado dramáticamente y «ficcionalizado» que esté. LA ULTIMA PRIMAVERA es una de esas películas que uno puede ver pensando que la directora la armó solo en base a experiencias reales. Y si bien eso puede ser cierto como punto de partida, la película intenta ir un poco más allá también.

Todo arranca en el cumpleaños del nieto de los Gabarre-Mendoza, donde vamos conociendo a los protagonistas. El eje pasa por las distintas generaciones de una familia que vive en Cañada Real, un barrio de bajos recursos en las afueras de Madrid, que tiene que ser parcialmente desalojado a la brevedad ya que algunas de esas tierras han sido vendidas. La policía circula por el lugar –se aparecen, de hecho, en medio del cumpleaños– y empiezan a apurar a los habitantes a dejar la zona en pocos días. Pero los Gabarre-Mendoza no están dispuestos a irse si no tienen alguna alternativa digna.

Por un lado está David (padre), que va a la ciudad a tratar de hacer complicados trámites que le permitan realojar a su familia en otro lugar, pero el sistema no le resulta muy accesible (está plagado de trabas burocráticas) y se le complica el asunto. No es el único problema que tiene. Con los vecinos no se ponen de acuerdo en tomar medidas conjuntas para pagar la luz o pelear por sus derechos –muchos directamente abandonan el barrio–, y las tensiones también crecen ahí. Su mujer, Augustina, en tanto, trata de mantener la calma y el orden familiar aunque es evidente que está bastante deprimida y preocupada por el futuro.


El otro centro de atención de LA ULTIMA PRIMAVERA pasará por la generación más joven: hijos y nuera lidiando con ese fin que se avecina, pero también con sus propios problemas cotidianos. Está el hijo adolescente –también llamado David– que estudia peluquería y se mueve por el barrio con sus amigos, metiéndose cada vez en asuntos más turbios, un poco a la sombra de la fama de su hermano mayor, Angelo, quien solía ser uno de los dealers del lugar pero que ahora abandonó la ronda: se ha casado y tiene un pequeño niño, Samuel. Su mujer, María, tiene una madre de mejor posición económica viviendo en la ciudad, pero parece tener una conflictiva relación con ella, ya que la señora no comprende por qué su hija vive allí. Y los más pequeños, en tanto, juegan entre la basura y los residuos como si estuvieran en un paraíso de objetos perdidos.

El registro de Lamberti –también equiparable al que maneja la dupla de cineastas Rainer Frimmel y Tizza Covi, los de LA PIVELLINA— se detiene en la cotidianidad de la experiencia en esa suerte de zona a mitad de camino entre lo rural y lo urbano. La luz se corta y hay que volver a colgarse de ella a mano, las changas dejan unos pocos euros que no alcanzan para nada, las conversaciones versan sobre fútbol (y Messi) y a las chicas las miran mal cuando van de compras a un shopping de la ciudad. Para muchos latinoamericanos puede resultar absolutamente cotidiana la realidad que se muestra aquí. Lo curioso –tal vez para los que idealizan aquello de «vivir en Europa»– sea ver que lo mismo sucede en España, en los márgenes de una gran ciudad como Madrid.

Lamberti arma la película en base a viñetas, no todas igualmente desarrolladas, que funcionan como pantallazos de ese momento en la vida de la familia. No profundizar o ir más lejos en ciertos temas –la presencia de la policía, un romance que se atisba, la relación entre los padres– puede frustrar a ciertos espectadores que esperen una película más «guionada» y encaminada a que todo avance de un punto a otro. Pero no es esa la intención de la directora. Lo suyo pasa más por capturar ese momento de transición con los problemas y placeres –más lo primero que lo segundo– que tiene. Y retratar a los protagonistas con un realismo no exento de ternura y emoción.

En una escena, promediando la breve película, David va con su hijo más chico al complejo de edificios al que se mudó la familia que dejó la barriada. El que tienen allí es un departamento pequeño, funcional, desangelado. En un momento los chicos, los mismos que vimos antes recogiendo residuos urbanos y jugando con los objetos encontrados, se van afuera a jugar. Pero lo único que hacen es sentarse en un frío suelo de cemento y lanzarse piedritas contra los zapatos. Para los Gabarre-Mendoza, el progreso es más o menos así.