Festival de San Sebastián: crítica de «Spring Blossom», de Suzanne Lindon

Festival de San Sebastián: crítica de «Spring Blossom», de Suzanne Lindon

por - cine, Críticas, Festivales
20 Sep, 2020 05:30 | Sin comentarios

La directora de esta fascinante opera prima, de 20 años, también es su protagonista, interpretando a una adolescente de 16 que se enamora de un hombre de 35. En la sección Nuevos Directores.

Esta breve, por momentos fascinante y bastante original historia romántica marca en el debut en la dirección de Lindon, que interpreta a la protagonista, una chica de 16 años que se enamora que un actor que anda por los 35. Si bien es cierto que la directora/actriz –hija de Vincent Lindon y Sandrine Kiberlain– puede parecer un poco grande para el rol, tampoco lo es tanto: Lindon tiene apenas 20 y con este largo ya deja sentada una sensibilidad muy particular para acercarse a un tema que en estos tiempos puede tener aristas complicadas.

Suzanne encarna a una chica que lleva su mismo nombre (ella escribió la historia cuando tenía 15 años), una adolescente bastante tímida y convencional, que prefiere mantenerse alejada de los grupitos de adolescentes de la escuela y quedarse en su casa, leyendo o compartiendo tiempo con sus padres y dos hermanos. Un día, caminando por la calle, observa a un hombre más grande y solitario que atrae su atención. Con el correr de los días lo vuelve a ver varias veces en la zona (tomando un café, dejando su moto, entrando a un teatro), lo sigue sigilosamente y descubre que es un actor que está trabajando en una pieza allí.

Lo que queda claro es que Raphaël (Arnaud Valois) tiene muchas cosas en común con ella: también está bastante solo y aburrido, además de que parece no sentirse muy a gusto con la obra que está haciendo. Se cruzan miradas en un café cercano (la combinación de limonada y granadina que toma ella parece ser un buen tema de conversación y, con el paso de los días, una suerte de código interno) y pronto están conversando amablemente. Uno sabe que existe una gran diferencia de edad (ella de entrada le dice a él que tiene 16), pero quizás el hecho de que Lindon sea más grande que el personaje hace que no sea tan evidente ni incómodo a los ojos del espectador.


SPRING BLOSSOM16 PRINTEMPS o «16 primaveras» es el título original– no irá mucho más lejos que eso. No es la intención de Lindon la de crear un gran drama alrededor de esa diferencia de edad. De hecho, casi no se habla del tema. Lo que hace la directora para evitar mostrar situaciones que sí sean potencialmente incómodas es, por un lado, las viejas y conocidas elipsis que pasan de largo cualquiera de esas escenas. Por otro, mantener todo lo visible en un tono bastante casto. Y hay otro sistema, más original, que consiste en usar pequeñas coreografías, discretos y simpáticos números musicales casi «chaplinescos» que de un modo musical van dando cuenta, metafóricamente, de lo que sucede en esa relación.

La película no pone el eje en la diferencia de edad salvo para mostrar las dificultades –graciosas, pero dificultades al fin– que tiene Suzanne para adaptarse al mundo de Raphaël. Tomando en cuenta que él tampoco se encuentra del todo a gusto en su mundo, a ambos les resulta ideal aislarse, conversar y… bailar. Tampoco Lindon inserta esta relación en un drama psicológico o familiar importante: ni ella ni su familia parecen atravesar conflictos especialmente notables. Más bien todo lo contrario, se los ve muy cariñosos y amables entre sí. «Me aburro con los chicos de mi edad», dice ella. Y eso le parece suficiente explicación y justificación para lo que le sucede.

SPRING BLOSSOM tiene algo del primer cine de Francois Truffaut al hacer de este romance un espacio lúdico donde la idea del juego amoroso está representado desde el movimiento de los cuerpos, tanto en el escenario como fuera de él. Las referencias a Maurice Pialat y su A NOS AMOURS son también claras: no solo esa película se centra en los affaires amorosos de una adolescente (llamada también, ejem, Suzanne), sino que la chica hasta tiene el póster de esa película en su pieza.

En una escena, promediando el breve film de 71 minutos, un director teatral le querrá explicar a Suzanne, de manera un tanto florida, cómo funciona cierta simbología en su obra. Ella lo mirará extrañada y le dirá: «No entiendo nada de eso». Parece ser un guiño respecto a la película en sí. Es claro que Lindon entiende de qué le habla y juega en su película con esos mismos elementos. Pero lo hace de manera tal que pasan completamente inadvertidos. Y la película se ve y se disfruta como lo que es: una historia de amor bella y complicada, quizás un tanto atrevida y seguramente problemática, pero narrada de una manera personal por una chica de 16 años que está empezando a descubrir emociones –y también problemas– que son nuevos en su vida.