Series: crítica de «The Boys – Temporada 2», de Eric Kripke (Amazon Prime)

Series: crítica de «The Boys – Temporada 2», de Eric Kripke (Amazon Prime)

Tras las revelaciones del final de la primera temporada continúan las violentas y graciosas aventuras del grupo de superhéroes más peligroso del planeta y los rebeldes que quieren destruirlos.

La mezcla de ficción y metaficción, en THE BOYS, es una de las cosas más fascinantes que la serie tiene para ofrecer. Hay un escenario planteado que, en realidad, tiene más relación con la cultura del espectáculo que con la política-farmacéutica que plantea la serie. Uno tranquilamente podría pensar que Vought, la empresa que maneja y contrata a los superhéroes, es algo así como Disney y que los personajes en cuestión no solo son sus empleados sino sus caras visibles, sus representantes públicos. Cada vez que los Siete tienen que sentarse a leer un guión, hacer una exhaustiva ronda de prensa o grabar spots publicitarios para sus películas o productos con un enorme gesto de fastidio y aburrimiento, uno puede imaginar ahí a Robert Downey Jr, Chris Evans (que realmente es parecido a Homelander, la versión de la serie del Capitán América), Scarlett Johansson o Chris Hemsworth pasando por situaciones similares.

Parte de la gracia de THE BOYS está en la comprensión de que el mundo de los superhéroes es algo así como un Arma de Distracción Masiva y que sus representantes no son otra cosa que eso: piezas de un juego que los supera y mucho. Algunos lo hacen con más pasión e interés. Otros, completamente fastidiados. Pero lo cierto es que son más celebridades que otra cosa. En la segunda temporada (SPOILERS si no vieron la primera, sobre la que escribí acá), la constatación de que esas criaturas no nacen con poderes sino que les son, digamos, inoculados desde nacimiento, no hace más que avanzar en esa apuesta. La mayoría de los actores de Marvel, por lo menos, tienen talento natural. Los Siete (y todos los otros héroes de «ligas menores») son alumnos aventajados –inyecciones mediante– de una suerte de Reality Show para humanizar a la empresa que los contrata.

La serie, claro, no pasa todo su tiempo describiendo y demostrando las relaciones entre estos superhéroes, sus tareas y sus jefes (se la extraña en la segunda temporada a la gran Elisabeth Shue, y Giancarlo Esposito, en los tres primeros episodios, todavía no dejó del todo su marca), pero sin duda ahí es donde se pone más picante y ácida. A tal punto es maliciosa su mirada sobre Hollywood (o Vought o Disney) que se la pasan haciendo bromas sobre cómo la empresa contrata mujeres, minorías o personas de color para contentar a los medios y a la opinión pública, sin ningún convencimiento real de su necesidad. Y podría seguir con los detalles que la serie captura perfectamente acerca de esa «industria».


Pero, finalmente, es una serie de acción –satírica, pero de acción al fin– y ahí las cosas se normalizan un poco. Los verdaderos protagonistas (los «Boys» en cuestión) en esta temporada se han vuelto, al menos por ahora, menos interesantes que en la primera. Con las cartas ya bastante en juego, se parecen mucho a cualquier grupo rebelde armado con marginales y minorías que lucha contra el sistema opresor. Siguen teniendo momentos de humor (la obsesión de Hughie con Billy Joel es muy simpática), pero lo que suele aparecer en primer plano aquí son las escenas violentas, otra de las características de la serie. Kripke y su equipo no tienen problemas en hacer volar animales, decapitar personas, destrozar lo que sea con tal de demostrar que las actividades de este tipo de grupos terminan siendo, más que ninguna otra cosa, una carnicería descomunal. Héroes humanos, superhéroes y super-terroristas (o super-villanos) son una máquina de producir daños colaterales.

Hay otros puntos de la serie, en el comienzo de la segunda temporada, que avanzan también por buen camino. Por un lado, el nuevo rol «paternal» del cada vez más «trumpeano» Homelander en el que demuestra su brutal incapacidad para la tarea. Por otro, está lo que se adivina como un conflicto posterior, que tiene que ver con la manera en la que Vought ha «exportado» su fórmula secreta para crear superhéroes generando así su propia oposición, lo que le permite quedarse con contratos de defensa y facturar más y más (cualquier relación con la realidad es pura coincidencia). Y, por último, el agregado del personaje de Stormfront (la genial Aya Cash, que no es una sorpresa para quienes la vimos en un papel igual de áspero en YOU’RE THE WORST), que parece ser más complicado de lo que se ve al principio.

Quizás el problema de THE BOYS es que los villanos se han vuelto mucho más interesantes que los héroes, que los momentos que uno pasa con el pomposo y cruel Homelander y con el resto de los supes son más entretenidos que los ligados a Hughie, Billy Butcher y sus amigos que, más que contradicciones y vicios, se la pasan teniendo peleas internas, gritándose y tirándose cosas uno al otro. Y eso genera que la serie crezca o pierda interés durante un mismo episodio. El primero y el tercero –se estrenaron solo tres hasta ahora– son más interesantes que el segundo simplemente por la cantidad de tiempo que pasan con unos que con los otros.

Quizás con el correr de los capítulos eso se ajuste. Quizás, no. Da la impresión que estamos ante el tipo de serie que perderá, en algún momento, su frescura y originalidad (¿cuántas bromas maliciosas se pueden hacer sobre la vanidad y banalidad de las personas que «interpretan» a los superhéroes?) y que se meterá de lleno en asuntos de trama pura –persecuciones, peleas, misterios– que serán mucho más parecidos a los que se pueden encontrar en otras series o películas del subgénero. Pero por ahora el crédito sigue abierto. No sabemos cuánto tiempo pasará hasta que empiecen a perder su gracia, pero parece haber THE BOYS para rato.