Estrenos online: crítica de «Rebeca», de Ben Wheatley (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Rebeca», de Ben Wheatley (Netflix)

Prolija e innecesaria, esta remake del clásico de Alfred Hitchcock vuelve a narrar la historia de la mujer recién casada que va a vivir al caserón de su marido viudo y se siente atormentada por el fantasma de su anterior esposa. Con Lily James, Armie Hammer y Kristin Scott-Thomas.

Alfred Hitchcock siempre tuvo problemas con REBECA. Su primera película en los Estados Unidos, producida por un todopoderoso David Selznick que venía del éxito de LO QUE EL VIENTO SE LLEVO, era una adaptación del best-seller de Daphne du Maurier, publicado en 1938. El director británico, entonces un joven que había triunfado su país pero era poco conocido en Hollywood, no tenía mucho poder frente a Selznick y ha dicho en varias entrevistas que el productor cambió muchísimas cosas al film, desde la edición al doblaje, del guión a retomas. Pese a que el producto final jamás lo convenció («No es una película de Hitchcock», le dijo a Truffaut en el famoso libro de entrevistas), REBECA ganó el Oscar a mejor película de 1940 y se convirtió en un clásico del cine de todos los tiempos.

Es cierto que la película original dista bastante de los modelos luego más característicos de Hitchcock –su tono de melodrama gótico tiene más de Hollywood que propio–, pero sus temas son similares a los de muchas otras películas del realizador de LOS PAJAROS. Ver el misterio de la fallecida Rebeca y sus similitudes con la intriga que rodea a VERTIGO o el personaje de Mrs. Danvers en relación a PSICOSIS deja en claro que, más allá de sus relevantes diferencias estéticas, REBECA es claramente una película de Hitchcock. ¿Qué es, entonces, esta remake?

Convengamos que no es la primera vez que esta historia se ha vuelto a contar. La televisión lleva varias versiones a lo largo de la historia, tanto como películas como en formato miniserie, pero sin dudas esta es la primera ocasión en la que regresa al cine (Nota: originalmente la película iba a ir a salas). El director de SIGHTSEERS y HIGH RISE regresa a Manderlay con la idea de centrarse más en la novela original que en la película de Hitchcock, en la que –por los códigos de censura de la época– se le habían realizado varias modificaciones al texto. Pero las diferencias no son suficientes como para ameritar una nueva versión. En REBECA 2020 lo que vemos, más que ninguna otra cosa, es una elegante pero bastante rutinaria variación sobre la historia ya conocida. Y no mucho más que eso, lo cual es extraño viniendo de un realizador con tanto gusto por las rarezas y peculiaridades.


Resumiendo, la película se centra en una mujer (cuyo nombre jamás se dice pero a la que se conocerá como la Segunda Señora De Winter y que interpreta Lily James) que trabaja como empleada de una rica señora de la alta sociedad británica y que, en esa función, conoce en Montecarlo al millonario y un tanto altivo Maxim De Winter (Armie Hammer). El hombre ha quedado viudo hace muy poco tiempo –de la Rebeca del título– y rápidamente conecta con la modosa joven con la que termina casándose y llevándola a vivir a su enorme caserón, la mítica mansión conocida como Manderley.

En medio de esa enorme casa la chica deberá lidiar con la intimidante presencia de la ama de llaves, Mrs. Danvers (Kristin Scott-Thomas), mujer un tanto misteriosa que parece hacerle la vida imposible y que, claramente, era una devota empleada de la fallecida mujer. A tal punto que ha dejado todo en la casa como si ella siguiera ahí, lo cual genera en la protagonista una extraña y terrorífica sensación de estar invadiendo el espacio de esa mujer que todos parecen admirar. Cuáles son los planes de Danvers, qué papel verdaderamente juega Maxim y qué sucedió realmente con Rebeca serán algunas de las intrigas a develar en el transcurso de la historia.

Más allá de algunos cambios específicos –fundamentalmente en la resolución de la trama, desde ciertas revelaciones que son las de la novela, pero no de la película anterior, en adelante–, la nueva adaptación de REBECA sigue los lineamientos generales de la versión de Hitchcock. Lo que claramente le falta es el tono ominoso, abrumador, que la casa en sí generaba en la protagonista y en los espectadores, algo que Hitchcock capturaba muy bien con ayuda del blanco y negro y el uso de claroscuros. La más clásicamente pintoresca fotografía de esta remake vuelve al lugar bastante más real y menos pesadillesco. Y lo mismo pasa con la «presencia» de Rebeca, cuyo aura no parece acechar a los protagonistas de la misma manera que en el anterior film.


La que funciona muy bien es Scott-Thomas como Danvers, un papel que parece armado para la actriz anglo-francesa. Tiene la misma amenazante presencia y sigilosos movimientos que convirtieron al personaje en un clásico. En la versión original la relación entre Danvers y la fallecida Rebeca podía ser leída como una reprimida historia de amor, pero jamás era explicitado en el film en sí. Wheatley modifica un poco la historia entre las dos mujeres, pero no lo suficiente como para ameritar una relectura de los temas de la película. Pese a los estrictos parámetros del Código Hays que rigió a Hollywood de los años ’30 a principios de los ’60, ese tipo de cuestiones lograban traspasar indirectamente la frontera de esa censura. Y muchas veces las películas lograban ser más sutiles al inferir algunos temas sobre los que no podían hablar.

La película no logra –al menos para los que ya hemos visto la original– capturar del todo el enigma del personaje del que todos hablan pero jamás vemos (no se muestra ni una foto de Rebeca) ni alcanza a desarrollar de manera diferente las tensiones románticas y sexuales que abrumaban a Maxim en esa relación y lo complican en ésta. A falta de un suspenso más orgánico, Wheatley agrega algunos toques un tanto surrealistas (en clave pesadillas) y magnifica algunos hechos del desenlace de la historia. Su REBECA no es, en sí, una mala película sino una remake tan prolija como innecesaria, parte de una lógica un tanto absurda que parece tener muy ocupados a las productoras de cine y a los estudios. Rehacer películas clásicas sin realmente tener ninguna necesidad creativa es, al margen de la efectividad o no del producto final, una pérdida de tiempo y de talento.