BAFICI 2021: reseñas de la Competencia Internacional

BAFICI 2021: reseñas de la Competencia Internacional

Arranco este post con algunas reseñas de la competición principal del festival de cine independiente e iré subiendo nuevas luego de su estreno en el evento porteño.


Las competencias del BAFICI, remodeladas este año, presentan algunas dificultades para la cobertura completa. Fundamentalmente, tiempo de ver la cantidad de largos y cortos que hay en cada una de ellas. Así que por ahora escribiré sobre los largos y, en la medida de lo posible, agregaré unos textos sobre los cortometrajes más adelante. Como todas las competencias del festival incluyen muchas películas que tendrán allí su premiere mundial –fundamentalmente, muchas argentinas– tampoco se puede escribir sobre ellas hasta que hayan sido proyectadas, por lo cual otra serie de títulos no serán incluidos por el momento, sin importar si uno ya los vio antes o no. Por último, la cantidad de películas que hay tampoco permite tiempo para demasiado desarrollo sobre cada una, así que lo que publicaré acá serán breves reseñas que, en su momento (cuando las películas se estrenen, por ejemplo), serán ampliadas.

Así que iremos avanzando de a poco, agregando títulos a los posts de cada sección en tanto se vayan viendo. Acá, les dejo algunos para arrancar.


WHITE LIE, de Calvin Thomas y Jonah Lewis. La película más «película» del BAFICI, lo más parecido a un film convencional de esos que podríamos ver tranquilamente estrenándose en una sala comercial durante el resto del año, este drama canadiense es un efectivo, incómodo y muy tenso relato acerca de una mentira sostenida hasta lo imposible. Se trata de un film que pone en cuestión la idea de la victimización de una mujer y que, por eso, resulta una propuesta más que extraña y fuera de época. Es una película que hoy casi no podría hacerse en los Estados Unidos (es canadiense) porque va completamente en contra del clima actual que se vive allí. Y no creo que sea casual que un relato tan potente haya pasado tan inadvertido desde septiembre de 2019, fecha de su estreno mundial en el Festival de Toronto.


Pero los directores no cuentan esta historia para provocar ni mucho menos. Es un drama consistente y creíble, no armado para shockear a nadie. Kacie Rohl encarna a Katherine, una joven a quien vemos raparse en la primera escena y presentarse luego como una alumna universitaria con cáncer que trata de juntar dinero, supuestamente, para donar a instituciones de caridad. Es claro, de entrada, que la chica no tiene cáncer y que se queda ella con el dinero. Pero en la universidad le piden su historial médico para optar por una beca y ella no tiene más remedio que inventarlo. Es así que emprende una búsqueda en las zonas oscuras de la práctica medicinal para conseguir esos papeles.

La situación se irá complicando cada vez más. En el medio está su incómoda relación con su padre, que revela que la chica ha hecho cosas similares en la adolescencia. Además está su novia, que tampoco sabe la verdad y quien no solo le cree todo sino que la apoya y sostiene económicamente. De a poco, WHITE LIE se va volviendo un thriller, como si Katie fuera una adicta que tiene que pagar una deuda a narcos y para eso se mete en más y más problemas que en un momento le serán imposibles de tapar.

Los directores corren dos riesgos fuertes. Por un lado, el mencionado al principio: plantear que una víctima, que encima es mujer, miente. Se trata de una posición que hoy es compleja, ya que el rol de víctima se ha vuelto casi sagrado en la cultura actual. Y, por otro, juegan a que uno trate de entender al personaje sin realmente darnos motivos para hacerlo. Una película hollywoodense similar buscaría una explicación o un trauma previo que justifique su forma de actuar. Aquí, si bien podría haber algo en el pasado que motive ciertos comportamientos de la chica (que, claramente, necesita llamar la atención, ser tenida en cuenta) jamás justifica sus mentiras, sus trampas y a la gente que compromete al sostenerlas.

WHITE LIE funciona muy bien porque, además de ser efectiva y muy tensa en su construcción dramática, no baja nunca la guardia ni se «achica» en su postura respecto del personaje. Como Katie con su mentira, el film sostiene su tesitura pese a que los manuales de guión y el zeitgeist cultural invite a los directores a hacer otra cosa: humanizarla, buscar otro tipo de empatía, resignificar el término de víctima. Más «europea» que norteamericana en esa ambigüedad, pero sin entrar en un territorio «hanekiano» de gratuita crueldad, Thomas y Lewis plantean un drama realista y creíble que hoy muy pocos se atreverían a contar.


COMMUNISTS!, de Christopher Smalls (Gran Bretaña) No, no se asusten «libertarios» porteños, relájense miembros de la alt-right argentina, la película inglesa no es un desfile de comunistas que vienen a quedarse con tu propiedad privada ni muestra la invasión de médicos cubanos para convertir a tus hijos en zombies zurdos. Si la dan en el BAFICI seguro que nada tiene que ver con eso, ¿no? De hecho, poco y nada en la película traerá a la mente esos miedos que parecen haber absurdamente renacido entre algunos alucinados argentinos que pasan demasiadas horas en las redes sociales. El título del film es el nombre del proyecto que, supuestamente, la joven Sacha Roth (Poppy Rivers-Vincent) va a filmar más adelante. Mientras tanto, lo que vemos es a la chica en cuestión, un tiempo antes, yendo a un pequeño festival de cine a presentar una película de animación que ella dirigió.

Tras una charla en la casa de la directora del festival en la que se habla de cine y de los problemas específicos de los festivales (dinero, links de visionado, resolución de temas prácticos, presentaciones, entradas para la inauguración, credenciales, etc), Sacha sale al bosque que rodea el lugar y es testigo de una violenta situación: una mujer que está a punto de ser violada por un hombre reacciona y lo mata de un cuchillazo a la yugular. Sacha la ayuda con el cadáver y decide no mencionar nada del tema. De ahí en adelante la película no seguirá los pasos clásicos del género policial sino que se meterá más en profundidad en el estado mental y emocional de Sacha, yendo a su pasado, mostrando sus problemas de pareja, lidiando con su presente en el festival (entrevistas que la chica da y fiestas a las que va cuando, claramente, su cabeza está en otro lado) y viendo cómo el asunto «policial» se empieza a enredar.

Se trata de un film con un tono ensayístico, extraño y sugerente, en el que varias veces se rompe en forma brechtiana la convención de la ficción para ir trazando un retrato en el que la realidad, el cine y la «ensoñación» ficcional se mezclan en una atmósfera inquietante y enrarecida. Se trata de una película dentro de otra película dentro de otra más, una reflexión sobre las peculiaridades de los festivales de cine (Small cubre bastantes festivales, ver acá o acá) y, de alguna manera quizás algo difusa, una semblanza de manifiesto político. Eso sí, por las dudas, fijate al terminar la película si tu computadora no quedó infectada por algún virus de esta peligrosa gente de izquierda. Ustedes no tienen idea de lo que esta gente es capaz de hacer…


BAHIA BLANCA, de Rodrigo Caprotti. Guillermo Pfening protagoniza este bifurcado y curioso drama basado en la novela homónima de Martín Kohan y centrado, en principio, en el viaje que hace un docente universitario a Bahía Blanca para investigar sobre la vida y obra del escritor Ezequiel Martínez Estrada. Una vez allá y mientras recorre la ciudad y recopila materiales para su trabajo, el hombre se topa con una serie de personajes y situaciones extrañas que lo van confundiendo cada vez más, aunque el tipo parezca absorto en sus propios pensamientos y obsesiones.

Unos adolescentes religiosos que se presentan todos los días en la puerta de su casa, un vecino supersticioso (Marcelo Subiotto), una chica que le gusta y que trabaja en un locutorio (Ailín Salas), una becaria de la Universidad de Córdoba (Julia Martínez Rubio) y así. Cuando todo parece ir hacia develar algún misterio ligado a esos encuentros, BAHIA BLANCA hace un giro virulento para revelar historias y personajes (ahí aparecen Javier Drolas y Elisa Carricajo) del pasado de Martín que resignifican todo lo que hemos visto hasta el momento, además de modificar el tono y hasta los tiempos de la narración.

Esta opera prima de ficción tiene una propuesta original aunque un tanto enredada que se sostiene gracias a su aura de misterio, a algunos diálogos entre estilizados y herméticos (el protagonista tiene una lógica peculiar y casi sociopática) y por la permanente sensación de no saber bien qué es lo que sucederá después. Los constantes desvíos narrativos sirven para ir armando casi una cartografía del lugar (la historia y la arquitectura de Bahía Blanca juegan un rol en apariencia importante) y manteniendo la tensión por alguna sorpresa posible. Esa llegará y quedará en cada espectador en ver si logra o no conectarla bien con lo que parecía ser el tronco de la trama.

Pese a algunos problemas de tono y de construcción narrativa, BAHIA BLANCA es una de las propuestas más convincentes entre las que están en las competencias del festival porteño. Su muy buen elenco permite que sus diálogos un tanto literarios y mecánicos (a lo Camus o, bueno, a lo Kohan) no suenen del todo implausibles ni forzados y su trama caprichosa se acomodará bastante bien dentro de ese realismo desfasado. Y es así como de a poco la película logra ir construyendo su propio idioma, uno que bebe tanto del policial como de la extrañeza misma de la enigmática ciudad en la que transcurre.


SELF PORTRAIT 2020, de Lee Dongwoo (Corea del Sur) La historia es más o menos así. Un director de cine conoce a un homeless borracho en las calles de Seúl que le dice: «Yo también hice una película». Y no, no es broma, no es producto de su imaginación. Lee Sang-yul no solo hizo una película sino que compitió con ella en el festival de Venecia y fue premiado en Clermont-Ferrand en el año 2000. Era un corto y se llamaba, precisamente, SELF PORTRAIT 2000. Y el Lee joven decide seguir al Lee veterano: en sus caminatas por la ciudad, en sus constantes intentos de conseguir dinero para pagar alcohol y cigarrillos, en su convivencia con otros homeless, en sus momentos de lucidez, recuerdos y hasta cuarto propio y en sus peleas con casi todo el mundo, porque cuando Lee está muy alcoholizado –lo vemos y nos cuentan– puede ser inmanejable.

A lo largo de casi tres horas –excesivas, sí, pero reveladoras– el documental presenta también, y de a partes, el corto original de Lee, en el que aparecen varios de los problemas que serían centrales en la vida del director y que, uno va de a poco descubriendo, ya lo eran entonces. De a poco van a ir revelándose historias del pasado (de la familia, de la cinefilia del director, de su paso por el cine y de sus intentos después de volver a ser parte de la industria) y Lee va dejando en claro su enorme bagaje cultural, pero más que nada el documental es un retrato en tiempo presente, cambiante, con un personaje inasible que va metiéndose en problemas todo el tiempo y, casi siempre, saliendo de ellos.


SELF PORTRAIT 2020 no es un homenaje ni nada parecido, no hay aquí un registro romántico de algún tipo de poeta callejero ni de la vida de los homeless de Seúl. Es un retrato de un personaje con una vida complicada, un tipo que puede ser áspero y difícil cuando no controla sus lados más oscuros, pero que también deja ver su dolor por lo que pudo hacer y no hizo, lo que pudo ser y no fue. Indirectamente, el film muestra también un mundo que es más común que lo que muchos piensan para algunos artistas cuyas carreras nunca dieron el salto por ellos esperado. Cuando se viaja por la vida como lo hace Lee cualquier cosa puede suceder, ganar un León de Oro o tener que encontrar un rinconcito en un parque y unas frazadas para soportar mejor el invierno.


CRYPTOZOO, de Dash Shaw. El director de MY ENTIRE HIGH SCHOOL SINKING INTO THE SEA va aún más lejos en su experimentación en el mundo de la animación en esta suerte de trip psicodélico centrado en las relaciones que existen entre los seres humanos y criaturas llamadas «críptidos» que tienen curiosas formas y poderes y son buscados por los militares y traficantes. Entre las diversas aventuras que una mujer que se dedica a buscar y a rescatar a estas criaturas (que son muy distintas y tienen distintas capacidades, un poco como los X-Men), el film va haciendo una alegoría efectiva pero un tanto simplista acerca de la diversidad y del respeto por las otras culturas.

Los amantes de la animación seguramente encontrarán aquí material para analizar y deleitarse ya que Shaw parece mezclar todo tipo de influencias en una película que arranca con un tono hippie-psicodélico a lo SUBMARINO AMARILLO para luego entrar en territorios más propios de la acción y ciencia-ficción propia del género en su versión asiática, todo con una estética bastante setentosa y retro.

El «Zoo» que se menciona en el título del film es una suerte de parque de diversiones multicultural y multiespecies que funciona como una versión hollywoodense y comercializada del concepto de respeto a la diversidad (venden muñequitos de cada criatura y así). Y si bien la película explora las contradicciones de ese universo, no indaga lo suficiente ya que –como parece ser obligatorio en todo film de animación– su último tercio está totalmente dedicado a persecuciones y corridas. Más allá de sus problemas, es una experiencia con mucho de alucinógena.


LA VAGANCIA, de Ayar Blasco. Hay una serie de puntos de partida disímiles y mezclados al inicio de este film dirigido y protagonizado por Blasco. Uno, el que le da su título y parece quedar olvidado promediando el relato de apenas una hora, tiene que ver con las habilidades que tiene una mujer, la novia del protagonista, de generar «vagancia» a su paso. Esto es: cada vez que María Fernanda (Sofía Gala) se enoja, los que se cruzan con ella pierden toda voluntad, dejan lo que están haciendo y pasan a un estado de «fiaca» absoluta. Salvo su novio, que parece traerla ya incorporada en su ADN y sus poderes no lo afectan. En paralelo, otra situación fantástica se cruza en la vida de ambos: el fantasma de un tal Cumbio (Martín Piroyansky, que no parece tener ninguna relación con el Cumbio flogger de años atrás), a quien ella un poco le gusta y a él un poco le da celos. Hasta que se le pasa porque, bueno, es un fantasma…


El punto de partida implica que ambos se estén peleando casi todo el tiempo (a él no le gustan sus amigos, a ella no le gusta su programa de radio, a él no le gusta Cumbio y a ella no le gusta su inacción) y que se sigan peleando todavía más mientras algunas otras cosas extrañas suceden y la película avanza un poco hacia ningún lado, mechando chistes, improvisaciones y claros errores que pasaron de largo, y aparecen algunos semi-famosos con remeras de STAR WARS y luego otros amigos que hacen que se divierten y el espectador se queda mirando como cuando uno mira alguna jodita privada que no entiende demasiado bien. Ahora, si uno vio y sigue las animaciones que Blasco produce y logra entrar en el código que presenta la película, quizás esté un tanto menos perdido que el resto de los mortales, aunque también se dará cuenta que no es lo mismo la animación que la acción en vivo.

Más allá de los esfuerzos –a pura adrenalina vocal– de Sofía Gala por darle cierta vida al asunto, LA VAGANCIA es un combo un poco inexplicable que no tiene demasiado sentido, posee muy poca gracia y avanza a fuerza de ensayo y error, más error que otra cosa. El humor podrá salir, dependiendo del espectador, de la sensación que uno puede tener de que nadie sabe muy bien lo que está haciendo, como cuando ves un sketch televisivo y te reís porque los actores se tientan, se pisan o se quedan en blanco. O bien del particular tono con el que habla y existe en el espacio el personaje de Blasco, a quien envuelve un aura cómica a lo Stan Laurel que no termina por ser aprovechada. Lo demás, es un chiste privado entre amigos, dos o tres cortos convertidos en un largo y un film cuya factura –y no su tema– termina explicando su propio título.


MARI, de Adriana Yurcovich y Mariana Turkieh. Es complicado analizar una película que parece hecha con las mejores y más humanitarias intenciones por sus realizadoras pero que está plagada de todo tipo de problemas, desde los puramente formales a otros éticos y hasta políticos. Lo mejor que se puede decir del film es que parte de un gesto noble de parte de las realizadoras (madre e hija) que consiste en ayudar a una mujer que trabaja de empleada doméstica en su casa y que vive una difícil situación de violencia familiar, con un marido que la maltrata, en la precaria vivienda que tiene en Laferrere, en el Gran Buenos Aires. Eso se convierte en una suerte de escape/rescate que involucra la mudanza de la señora (la Mari del título) a la coqueta casa de las realizadoras y la posibilidad que la mujer tendrá, ya viviendo allí –cómoda, segura y con un cuarto propio– de reencauzar otros aspectos de su vida que había abandonado: estudios, amistades, contacto con familiares cercanos y lejanos, etcétera. En función de lo que se ve aquí casi se podría decir que madre e hija le salvan la vida a Mari.

Ese no es el problema, sino el hecho de hacer una película con esa historia. Y la manera en la que está hecha. Los desajustes técnicos, el uso de la voz en off, de la música y otros problemas puramente formales se notan bastante, pero digamos que son hasta cierto punto secundarios. Más complicado es el rol asistencialista, autocelebratorio y supuestamente «despolitizado» que tiene el film, que pone este tipo de soluciones en la responsabilidad individual de «la dueña de casa» y de su hija, como si el problema de Mari fuera uno de esos que se resuelve mediante la buena voluntad y de a una persona por vez. Usar el caso como ejemplo y hacer una película con eso es meterse en un terreno ético aún más pantanoso, en el que también entra en juego el uso de las experiencias ajenas para el aprovechamiento personal (casi parece un intercambio de favores entre las partes) y el control narrativo que se tiene sobre el sujeto que se filma, cuyos «avances» en la vida parecen ligados a la propia construcción del guión.

Insisto con lo loable de la tarea, con el cuidado que se tiene de no mostrar situaciones violentas en un sentido de «explotación» humana y, al menos a primera vista, resultan más que aplaudibles los grandes progresos de Mari en su «nueva vida» palermitana, pero es una película con muchísimas zonas problemáticas que no se solucionan ni con buena voluntad ni con créditos del INCAA ni con premios en festivales. La solución a situaciones como las que vive Mari exceden los límites estéticos y el voluntarismo de las codirectoras del film.


CUANDO EL OLIMPO CHOCA CON LA PAMPA, de Sol Miraglia y Hugo Manso. En este nuevo documental, los codirectores de FOTO ESTUDIO LUISITA se centran en la figura del artista plástico Ricardo Cinalli, un argentino radicado en Londres desde mediados de los años ’70. Pintor de imponentes cuadros y murales, gran parte de ellos de cuerpos masculinos desnudos, Cinalli dejó su pueblo de provincia e hizo su mundo en una área del este de Londres que solía ser marginal hasta el siglo XX (barrios como Spitalfields, Shoreditch y Whitechapel, zona de operaciones de Jack el Destripador) y que hoy se ha reconvertido, gentrificación mediante, en un lugar de moda de la ciudad.

La película recorre la zona mientras Cinalli recuerda otras épocas con nostalgia y lo sigue en sus esfuerzos por recuperar algunas de sus pinturas que fueron destruidas por renovaciones en los edificios que las alojan o por el propio paso del tiempo. En paralelo vamos conociendo algunos detalles de la historia y de la vida personal del artista hasta llegar a un emotivo regreso a su pueblo santafesino en el que parece recuperar cierto espíritu vital que ha perdido en Londres. De una manera sutil, cuidada y muy íntima, los realizadores logran transmitir tanto las vivencias como la potencia de la obra de Cinalli haciendo eje, fundamentalmente, en las consecuencias que el paso del tiempo tiene tanto en su obra como en su vida y en la ciudad que habita. En eso que se perdió y que ya es muy difícil recuperar.



O AMOR DENTRO DA CAMARA, de Jamille Fortunato y Lara Beck Belov (Brasil) El octogenario guionista, cineasta, crítico y ex funcionario brasileño Orlando Senna y su esposa Conceição Senna –actriz y presentadora de televisión, que falleció en mayo del año pasado, luego del rodaje– son pareja hace décadas, han trabajado juntos también y se definen como un par de «viejos hippies». Este tierno y muy humano documental se centra, paralelamente, en las carreras de ambos relacionadas con la historia del cine brasileño y latinoamericano de los últimos 60 años, en la que Senna –que empezó haciendo cortos en 1961– estuvo involucrado en muchísimos aspectos, ya que además de escribir y filmar fue director del sector audiovisual en su país y responsable de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños en Cuba, donde vivieron una década y ella se consagró además como conductora de televisión.

Con un Senna que muchas veces quiere graciosamente controlar lo que se muestra en la película, el documental también propone un juego con la mirada, ligada a la relación entre el cine, la vida y el amor. Es que entrecruzándose todo el tiempo con esa trama ligada al cine latinoamericano está la historia de amor entre ambos, que llevan más de 50 años juntos y –si no fuera un cliché sentimental que al propio Senna molestaría– uno podría decir que «se siguen queriendo como el primer día». Es por ese lado íntimo y personal, uno que logra poner la historia íntima de la pareja en el contexto de medio siglo de Brasil (ambos hasta llegan a pensar en irse del país en función de su triste actualidad política) que la película logra trascender y convertirse en un retrato personal que muestra que algunas personas saben hacer de su forma de ser, una filosofía de vida. O viceversa.



DOPAMINA, de Natalia Imery Almario (Colombia) Varios elementos se combinan en este documental personal y familiar de la realizadora colombiana. Su padre, hoy enfermo de Parkinson, fue un militante de izquierda, revolucionario, que en su momento no tomó de buen modo cuando la hija le dijo que era lesbiana. Y algo parecido sucede con su madre. Ambos ahora sí tienen una buena relación con la hija y la película se armará en base a esos tres ejes: la historia política de los padres, la sexualidad y las distintas maneras de entender la militancia que tiene su hija –y su pareja y amigas– y la enfermedad del padre, a quien Natalia acompaña y ayuda con sus terapias físicas.

La película resuelve con mucho esfuerzo la unión entre todos esos temas, forzando a través de los diálogos entre la directora con su padre, su madre, su novia, sus amigas, etcétera, a poner los asuntos sobre la mesa. Delicada y prolija en su privilegiada construcción visual, el problema del documental es que en algún punto termina funcionando como una serie de charlas, conversaciones y debates entre dos o más personas que, si bien tienen su interés (especialmente los ligados a la contradicción de los padres de considerarse progresistas pero no haber sabido aceptar las elecciones sexuales de la hija), no van mucho más allá de la superficie de lo que presentan. Las historias personales y familiares pueden ser fascinantes para quien las filma y su círculo íntimo, pero también es preciso saber cómo narrar visualmente esas historias para que no se transformen en una sesión de terapia pública con imágenes coquetas.




EL PLANETA, de Amalia Ulman (España) No muy conocida en el mundo de la cinefilia pero sí famosa como artista visual/multimedial, la argentina Ulman viene siendo premiada y exhibida internacionalmente desde hace ya varios años. Radicada en España desde pequeña –y luego instalada, sucesivamente, en el Reino Unido y en Estados Unidos–, Ulman ha hecho del arte performático su campo de acción utilizándose a sí misma como territorio artístico y jugando con la biografía, los falsos avatares, play acting en redes sociales y otros modos multidisciplinarios del arte (por acá pueden leer más sobre ella y su obra). En su opera prima como directora y protagonista, Ulman no se sale del todo del formato. Se trata de una minimalista comedia con elementos autobiográficos que ella misma protagoniza junto a… su madre Alejandra. Ver crítica completa acá.



JESUS SHOWS YOU THE WAY TO THE HIGHWAY, de Miguel Llansó (España) El curioso cine de Llansó tiene ya una larga historia con el BAFICI, en donde se proyectaron sus anteriores CHIGGER ALE (corto) y CRUMBS (largo). En su nuevo film, también largometraje, el realizador no se sale de su imprevisible y muy creativa línea, manteniendo los delirantes parámetros que ya son una marca de fábrica suya. Aquí hay espías internacionales, virus asesinos, personajes famosos de la clase B y hasta momentos de artes marciales en una trama que avanza por el lado del absurdo y del humor más bizarro.

Es la historia de Gagano, un agente de la CIA que en el año 2035 tiene que tratar de descubrir y detener a los soviéticos que quieren controlar el mundo virtual en el que se vive mediante un virus. Hay elementos de MATRIX, de humor de programa televisivo en ácido, de película de aventuras africanas (para frenar el virus, el agente debe viajar a Africa con un colega), de la más berreta estética kitsch y de delirio constante en una película que constantemente sorprende por los caminos cada vez más psicodélicos que toma. Al final puede resultar agotadora –hay algo de este tipo de humor que funciona mejor en la brevedad del corto– pero sin dudas el espectador se irá con una sonrisa. No sabrá muy bien qué es lo que vio, pero se reirá cada vez que lo recuerde.


CLUB INTERNACIONAL AGUERRIDOS, de Leandro Córdova (México) He aquí la película controvertida del festival, un falso documental (con mucho de híbrido o de personas reales haciendo versiones ficcionales de sí mismas o vaya uno a saber qué y tampoco importa) que intenta provocar e incomodar mediante el retrato de un grupo de jóvenes punks, alcohólicos y violentos en México y sus desventuras cotidianas con una cámara que los sigue en sus momentos más íntimos y escabrosos. Una película adolescente en todo sentido que supone beber de algún Harmony Korine o Larry Clark pero que funciona solo como descargo personal (quizás, generacional) cuyo sentido final es completamente vacuo.

El festival la vende como un «soplo de aire fresco para el cine mexicano» pero siento que en realidad hace exactamente lo mismo –en versión trash– que las películas festivaleras que supone criticar: búsqueda del shock, del impacto directo, de la inquietud, del fastidio y hasta de la capacidad del espectador de ofenderse o molestarse. De hecho, imagino que Córdova es el típico director que declararía que le encanta que la gente se escape corriendo del cine al ver su película para luego acusarlos de «no atreverse a enfrentar la realidad». No hay nada diferente acá que de lo que se encuentra en algunas películas de, digamos, Michel Franco. Es revolver la basura, mostrar lo peor de la humanidad y posar como un descubridor de verdades ocultas. Pura postura. Muy poco cine.