Berlinale 2021: crítica de «Albatros», de Xavier Beauvois (Competencia)

Berlinale 2021: crítica de «Albatros», de Xavier Beauvois (Competencia)

Este decepcionante drama francés se centra en la crisis de un policía de un pueblo de Normandia tras atravesar una violenta y trágica situación.


Si uno tuviera que resumir una película como ALBATROS a través de sus tres claramente diferenciados tiempos y tonos narrativos podría decir que tiene un comienzo intrigante, un desarrollo bastante inquietante y un último acto catastrófico. A tal punto es mala la última media hora que echa a perder prácticamente por completo lo conseguido durante los 80 minutos precedentes del nuevo film del realizador francés de DE DIOSES Y HOMBRES.

La película comienza de un modo descriptivo, contando las tareas cotidianas de un grupo de gendarmes de Étretat, un pequeño y coqueto pueblo costero de Normandia. El protagonista es Laurent (Jérémie Renier, de varias películas de los Dardenne y también de la argentina ELEFANTE BLANCO), el jefe de ese departamento. Está en pareja con Marie, tienen una niña de unos diez años y él acaba de proponerle matrimonio con el plan de casarse «de blanco» y todo. Y si bien hay situaciones tensas en el pueblo –un turista que se suicida, los pesados borrachos de siempre, una casa familiar en la que se sospecha que puede haber abusos y así–, Laurent parece llevar bastante bien su vida diaria, sin dejar que el trabajo le abrume su organizada existencia.

Todo empieza a cambiar –ya pasados los 40 minutos de película– cuando un granjero amigo de Laurent llamado Julien (Geoffrey Sery), cansado de las estrictas regulaciones oficiales respecto al cuidado y mantenimiento de su ganado, tiene una violenta reacción a una inspección de su campo, toma un arma, atropella a algunos inspectores y huye. Laurent y su equipo deberán buscarlo, seguirlo y hacerlo entrar en razones antes que la cosa termine mal. Pero en una situación un tanto confusa, la tragedia se vuelve inevitable. Para Laurent, especialmente, es un shock del que no se podrá recuperar fácilmente.


Ir más allá sería entrar en un terreno de spoilers pero vale decir que, curiosamente, un guionista experimentado como Beauvois no parece saber lidiar demasiado bien con las consecuencias de esa situación. Al principio todo va por los predecibles caminos de la investigación policial de lo sucedido, pero luego la narración pega un giro, si se quiere, más «simbólico/metafórico» que de a poco va revelándose como bastante ridículo. Y el plano final es, directamente, vergonzoso.

Si bien Beauvois es un realizador errático, de mejores y peores títulos, siempre se caracterizó por cierta consistencia y coherencia narrativa. Aquí, durante un buen tiempo, no parece muy bien saber qué historia contar, pero de todos modos el carácter descriptivo de las vidas de los personajes es suficientemente interesante como para mantener al espectador atrapado. Y lo mismo pasa cuando la violencia se hace presente con fuerza. Pero en un determinado momento pone todo el eje en la crisis existencial de su protagonista y la película pasa a convertirse en una especie de oda al sacrificio y al sufrimiento de este torturado policía, cuya mujer e hija esperan, noble y pacientemente, que salga de su depresión cuándo y cómo quiera.

Quizás Beauvois esté intentando transmitir alguna especie de ironía respecto a la actitud abandónica, solitaria y egoísta de Laurent y de cómo la familia le «sostiene la vela» (literalmente hablando, se podría decir) ante los caprichos que el tipo tiene en función de su situación emocional. Pero lo cierto es que, si ese guiño está, no se nota. Y si bien Renier hace milagros para que uno pueda estar comprometido con los aparentemente agobiantes problemas de su personaje, también es cierto que es difícil no ir perdiéndole la paciencia a un policía profesional que debería poder sobrellevar un poco mejor la situación en la que se ha metido, por más angustiante que pueda ser.

Hay tantos otros temas que el film pone sobre la mesa –el conflicto entre los pequeños y los grandes productores campesinos, entre ellos y las autoridades, la propia autocrítica de la institución policial– que transformar todo el asunto en una épica de ambiciones míticas con un protagonista que debe «hacerse hombre» en la odisea de turno y una esposa convertida en una Penélope que, pacientemente, aguarda que derrote a sus demonios, es por lo menos desatinado. Por no decir, ridículo.