Series: crítica de «Un falsificador entre mormones», de Jared Hess y Tyler Measom (Netflix)

Series: crítica de «Un falsificador entre mormones», de Jared Hess y Tyler Measom (Netflix)

Esta nueva serie de «crímenes verdaderos» parte de una serie de explosiones con víctimas fatales que tuvieron lugar en Salt Lake City en los años ’80 para contar una curiosa trama de dinero, religión y muerte.


Una de las cuestiones que más me obsesionan respecto a la cantidad de series basadas en crímenes reales que hay –muchas de ellas estrenadas por Netflix– es que, por lo general, el tema central suele ser el dinero. Las tramas pueden ir por mil lugares distintos pero hay un punto en el que todo se convierte en «follow the money». Obviamente que hay otros elementos en juego que llevan a que determinadas personas sean capaces de cometer crímenes –de no ser así, estaríamos en más problemas todavía–, pero hay un punto en el que todo se reduce a eso.

Lo que sucede de UN FALSIFICADOR ENTRE MORMONES (el título, en castellano, logra ser menos atractivo y más «spoileador» de lo que es el original MURDER AMONG MORMONS) ejemplifica uno de los casos más expandidos de esa noción: la capacidad no solo del criminal sino también de las potenciales víctimas de hacer cualquier cosa que esté a su alcance para obtener dinero (en uno de los casos) o para conservar el que se tiene (en otro). La propia lógica de las series true crime se suman a este aparato comercial a tal punto que, últimamente, cuando veo una serie dedicada a tal o cual caso, lo primero que pienso es a qué tipo de acuerdo económico deben haber llegado para que esas personas quieran volver a revisar momentos dolorosos de sus vidas. Si acá hay una industria pujante, seguramente todos deben querer una parte del botín.

El caso de «las bombas en Salt Lake City» es curioso. Es un caso que podría considerarse menor y que seguramente poquísimas personas recuerdan, pero tiene algunas implicancias fuertes, que no son del todo exploradas acá. Por un lado porque realiza ciertos cuestionamientos éticos a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días (o LDS, como le dicen también a la iglesia de los mormones, por sus siglas) y, por otro lado, porque nos ofrece un caso con muchas particularidades pero, a la vez, con potenciales repercusiones desconocidas que se pueden repetir en muchas otras partes y circunstancias.


A lo largo de tres episodios –es una serie producida originalmente por la BBC y los ingleses tienden a hacer sus series de modo más compacto que los norteamericanos–, UN FALSIFICADOR… parte de una serie explosiones que tuvieron lugar en 1985 en la capital de Utah, centro mundial de los mormones, y que dejaron dos víctimas fatales y un herido de gravedad. ¿Qué fue lo que sucedió ahí? ¿A qué se debieron esos raros acontecimientos en una ciudad en la que nunca pasa nada?

Para entender el alcance de estos hechos la serie hace una rápida historia de los mormones, una religión bastante moderna (tiene 190 años hoy) y con una serie de mitos fundacionales un tanto extraños (todas las religiones los tienen, convengamos) que generan tanto algunas dudas como permanentes re-evaluaciones. Mark Hofmann era un supuesto devoto de la iglesia que, a principios de los ’80, se especializó en coleccionar y vender documentos originales de la época de su fundador Joseph Smith, algunos de los cuales contradecían o ponían dudas sobre ciertos mitos de la propia religión. Para no spoilear más solo habría que agregar que la serie tratará de conectar las tres cosas: bombas, mormones y Hoffmann. Y el dinero, claro.

Con el clásico sistema de entrevistados ante fondos neutros (esas oficinas o casas fuera de foco son retroproyecciones), simpático material de archivo de una época muy analógica y algunas reconstrucciones, Hess (el director de NAPOLEON DYNAMITE, nada menos) y Measom van poniendo en contexto el caso, el personaje y los «importantes» documentos que él hombre iba encontrando y vendiendo, en algunos casos casi a modo de extorsión a una iglesia que era capaz de pagar mucho dinero para que no circularan materiales que pusieran en duda la veracidad de sus evangelios. Así va apareciendo un personaje bastante más extraño de lo que parece en un principio, uno que logra combinar una ambición desmedida, un talento impresionante para su tarea y una necesidad de hacerse notar y llamar la atención que era más fuerte que él. El problema del hombre era que, para poder satisfacer esos deseos, debía pasar de ciertos límites éticos.


Es que, además del dinero, el otro eje que une a muchas de estas true crime stories es la manera en la que ciertos personajes logran justificar actitudes claramente sociopáticas a través de una suerte de filosofía de vida. Lo que el caso Hofmann pone en discusión también es cómo algunas personas son capaces de perder cualquier relación con la realidad y encontrar formas de justificarlo. «Es más fácil eso que admitir que estabas equivocado», dirá alguien por ahí. Esto, que se aplica a un psicópata, también le puede pasar a cualquiera de nosotros. Y es así como mucha gente cayó en la trampa de las falsificaciones, sostuvo una mentira y se creyó (acaso por conveniencia) el cuento que le estaban contando. Con las religiones, admitámoslo, pasa más o menos lo mismo.

No es una gran serie UN FALSIFICADOR ENTRE MORMONES. Más bien parece ser una de esas con las que Netflix cumple su cuota mensual de true crime para fans del género. Y como el asunto parece funcionarles muy bien (estas series siempre están entre las más vistas y yo admito que también caigo en la trampa), da la impresión que cada vez se esfuerzan menos en lograr un producto interesante. A un productor parecería alcanzarle con recordar algún caso oscuro o excéntrico del pasado, ofrecérselo a la plataforma y tres cuartas partes del trabajo ya está hecho. Acá hay un caso curioso, un personaje fascinante y una serie que –un poco como algunos supuestos especialistas en falsificaciones que dicen saber distinguir entre originales y copias– se queda en la superficie de las cosas y nunca va realmente a fondo.