Series: crítica de «La serpiente», de  Tom Shankland y Hans Herbots (Netflix)

Series: crítica de «La serpiente», de Tom Shankland y Hans Herbots (Netflix)

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04 Abr, 2021 04:06 | comentarios

Este miniserie británica de ocho episodios se centra en el caso real de Charles Sobhraj, un francés que robaba y asesinaba a turistas en varios países de Asia en los años ’70. Está disponible en Netflix.


No sé si se sigue haciendo ahora pero los que crecimos y fuimos adolescentes en cierta época (en mi caso, en los ’80) solíamos recibir de nuestras madres un mandato a la hora de salir de noche: «Pediles que abran la botella adelante tuyo», decían. Viendo LA SERPIENTE me quedé pensando si las actividades de Charles Sobhraj no habrán influenciado ese tipo de pedido. Este criminal franco-vietnamita robó y mató a decenas de personas en varios países asiáticos (Tailandia, India, Nepal, Pakistán y Malasia) en su mayoría entre 1975 y 1976 usando un método que involucraba, fundamentalmente, el llamado lacing: añadiendo o adulterando bebidas con drogas o sedantes. Lo hacía con turistas occidentales en esos países para luego robarlos y, de ser necesario, matarlos con métodos aún más espeluznantes.

Quizás el caso de «La serpiente» (también llamado «El asesino de las bikinis») hoy haya sido un tanto olvidado, pero la miniserie de Netflix lo rescata de ese limbo histórico. Pero lo más interesante que hay para ver aquí quizás no esté en lo específico de la historia –digamos que la «ficcionalización» de sus aventuras tiene varios problemas– sino en el universo que describe. Sobhraj y sus cómplices (su novia canadiense Marie-Andrée Leclerc –Jenna Coleman– y su lugarteniente indio Ajay) operaban en la zona que se conoció en los años ’60 y ’70 como el «sendero hippie«, una suerte de recorrido aventurero/turístico que muchos jóvenes hacían entonces por Asia con poco dinero, como mochileros, parando en hoteles baratos y visitando sus lugares clásicos, tanto los místicos/religiosos (era la época de explosión en Occidente del budismo en sus muchas variantes) como los más decadentes.

Está de más decir que el consumo de distintos tipos de narcóticos era lo habitual en ese circuito. Y Sobhraj logró colarse en ese mundo y –al menos en el segmento de sus crímenes en los que se centra la película– transformarse en una suerte de anfitrión en Bangkok de muchos jóvenes en busca de fiestas y viajes lisérgicos. En realidad, el negocio del hombre que se hacía llamar Alain Gautier era otro: la venta y el tráfico de piedras preciosas. Para eso solía utilizar a mochileros como «mulas», transportistas de esas joyas a Europa. Pero su propia desesperación –o tendencias psicopáticas– lo fue transformando luego en un hombre cuyo sistema era dopar a turistas, robarles los pasaportes y los cheques de viajero, cambiarlos por dinero (poniendo su propia foto en el pasaporte) y, llegado el caso, usar esos documentos robados para viajar de país en país. El sabía que ese tipo de turistas no reportaba continuamente a sus familias y podían pasar meses sin que nadie los buscara.


La historia real es fascinante –y terrible– y lo mejor que hace LA SERPIENTE es capturar el clima de época en ese lugar. Mezclando fílmico y digital, material de archivo real y otro realizado ahora para lucir «setentoso», con una banda de sonido excelente que capta a la perfección la mezcla de rock, psicodelia, funk y música india que seguramente se escucharía ahí entonces, con un vestuario impresionante y un cuidado en cada detalle del arte y el diseño de producción, la miniserie de ocho episodios te transporta a Bangkok de 1976 y a otras ciudades y países del área en los que Charles operaba entonces, incluyendo también Hong Kong y con algún paso por Europa. El caso real y la captura de la época es lo mejor que tiene la serie coproducida por BBC y Netflix.

De ahí en adelante todo es un poco más complicado. La serie tiene una estructura de tiempos y personajes un poco extraña que obliga a un fuerte ejercicio de concentración para no perderse, pero finalmente uno termina acomodándose a la propuesta. Por un lado se narra la investigación que un diplomático holandés llamado Herman Knippenberg (Billy Howle) hace a partir de la noticia de la desaparición de una pareja de su país en Tailandia y en cada episodio la serie pivoteará de ahí hacia algunos de los casos en los que Sobhraj intervino. Ese mecanismo será constante y no siempre cronológico: de 1976 volveremos en un episodio a 1975 y en otro a 1969 y luego de vuelta a unos meses antes de la investigación y así. La estructura es por casos y personajes, no por tiempos.

La serie funciona bastante bien en términos de ritmo y de suspenso, pero tiene algunos problemas muy básicos de guión y de actuación. Las caracterizaciones son demasiado exageradas y poco creíbles, lo cual lleva al espectador a ver la serie con un alto grado de incredulidad, más allá de que sea un caso real. El habitualmente muy buen actor francés Tahar Rahim encarna a Charles/Alain casi como enviando señales telegráficas de su maldad. Si bien debe haberse inspirado en el personaje real hay algo en su composición que resulta más cercano a un villano de película de espías que a un hombre que necesita convencer y agradar a sus víctimas para que le sigan el juego. Más que un seductor misterioso, Rahim parece personificar a un creep hecho y derecho. Y si bien los mochileros del hippie trail pueden haber sido veinteañeros occidentales inocentones en busca de experiencias fuertes, la «vibra» que emana el hombre debería hacerlos cruzar de vereda inmediatamente.


Algo parecido pasa con la búsqueda de crear situaciones de suspenso como sea. Es así que los personajes hacen todo el tiempo lo que no tienen que hacer, casi como si estuvieran en una mala película de terror (abren las puertas que no tienen que abrir, se meten donde no tienen que meterse) y se fuerza la tensión con los recursos más baratos del género: rescates a último momento, montajes paralelos de manual, investigaciones que jamás van por el lado lógico, conflictos personales/familiares que exceden lo obvio. Y es una pena que no hayan podido darle una mayor credibilidad dramática a la miniserie porque toda la estructura montada en torno a LA SERPIENTE es impresionante y merecía, sin dudas, un mejor guión. Más astuto, más afilado, menos temeroso del potencial aburrimiento del espectador. La miniserie CARLOS, de Olivier Assayas, con la que ésta comparte un cierto clima de época, es la prueba de que se puede hacer mucho mejor.

De todos modos la historia es tan bizarra y el mundo que retrata tan particular que uno la ve con atención y bastante curiosidad al menos durante sus primeros cuatro, cinco episodios. Después de eso, la propia serie empieza a perder las líneas narrativas, las situaciones se estiran innecesariamente y sus procedimientos más obvios se vuelven difícil de ignorar. Lo que sí logra LA SERPIENTE es poner al espectador en la piel de esos turistas curiosos e inexpertos que llegan a parajes exóticos sin tomar en cuenta los potenciales peligros que existen. Y para algunos, se parecerá al recuerdo de alguna vacación complicada en lugares inusuales. No es la intención de la serie «asustar» a los espectadores ni nada parecido con respecto al turismo a la «Lonely Planet«, pero al menos a los más grandes nos hará recordar esas advertencias familiares que nos hacían cuando éramos niños.