Estrenos online: análisis de «Yo soy todas las niñas», de Donovan Marsh (Netflix)

Estrenos online: análisis de «Yo soy todas las niñas», de Donovan Marsh (Netflix)

por - cine, Críticas, Estrenos, Online, Streaming
18 May, 2021 01:09 | comentarios

Este policial de investigación centrado en los intentos de una mujer policía de desarticular una red de tráfico de niñas es una bastante convencional propuesta de «cine global» que ofrece la plataforma de streaming.


Aclaración: más que una crítica sobre la película sudafricana, esta nota es más bien un intento de ensayo/debate sobre el cine «internacional» que se exhibe en las plataformas de streaming. Están invitados a aportar al debate en los comentarios.

Una de las lecciones que más me quedaron de mis tiempos de estudios cinematográficos fue una que aprendí de un profesor que enseñaba cine japonés. El tipo nos explicaba, al comenzar la cursada, que no íbamos a ver en su materia los clásicos films de ese país sino que veríamos otros, la mayoría desconocidos para los alumnos, pero que habían sido en su momento grandes éxitos comerciales o películas populares localmente. Como la mayoría sabe, por lo general los films de un país que trascienden internacionalmente –vía festivales, nominaciones o premios– no son particularmente representativos de la industria cinematográfica de ese país ni funcionan muy bien comercialmente en ellos. Son, en cierto modo, excepciones que rara vez tienen éxito en su lugar de origen. El profesor decía –con bastante razón, a mi criterio– que si se quería conocer la cultura japonesa, la manera de pensar y sentir de su gente, había que ver esas otras películas. Las desconocidas por el resto del mundo.

El problema es que la circulación internacional del cine usualmente evita esas películas. Salvo algunas excepciones que trascienden lo local por distintos motivos, hace décadas que los cines dejaron de pasar (si es que alguna vez lo hicieron) éxitos comerciales alemanes, noruegos, tailandeses, indios, brasileños y hasta de países con más «potencial comercial» en Argentina como Francia, Italia o España. Si no hay un autor detrás, un éxito descomunal o un cruce hacia o desde el mundo «festivalero», pocas veces vemos las películas más populares de la taquilla de esos países, como sí lo hacemos con las estadounidenses y las de cada uno de nuestros países.


Siguiendo esa línea de pensamiento se puede decir que conocemos mucho menos, a partir del audiovisual (tampoco vemos mucha TV de esos países como sí solemos hacerlo de la norteamericana), de su gente, su cultura, sus sueños, prejuicios, deseos, sensaciones y esas otras lógicas de comportamiento que suelen estar inscriptas en sus relatos de alcance masivo y no tanto en los films de trascendencia internacional. No estoy diciendo con esto que el cine de autor no transmita «la sensibilidad de un pueblo» sino que tiende a ser más representativo de una visión personal que no necesariamente precisa ser popular. El cine comercial, en cambio, tiene esa conexión con el espectador como objetivo, sino único, al menos central.

¿A qué viene todo esto? Una de las pocas cosas que Netflix –y otras plataformas de streaming, pero sobre todo esa– logró es haber habilitado al público de todo el mundo el acceso a esas películas comerciales de países no del todo centrales. Es cierto, difícilmente nos permita ver las mejores películas de, digamos, Corea o Japón, pero nos acercará un panorama de algunos títulos de éxito allí. El ejemplo más claro de esta movida es el éxito de muchas películas polacas en la plataforma, una cinematografía de la que solo conocíamos sus grandes nombres pero poco y nada de su desarrollo comercial. ¿Son buenas esas películas? Algunas sí, otras no tanto. Pero para los que tenemos una curiosidad, si se quiere, sociológica que excede solo el análisis formal, hay algo fascinante en acercarse a entender culturas que nos son un poco ajenas. ¿Será entonces que Netflix se ha convertido, acaso sin quererlo, en una ventana al mundo entero?

Ese «beneficio» que nos da Netflix –que se viene notando hace bastante más tiempo en las series, con el éxito mundial de las españolas, francesas y alemanas, entre otras– tiene sus limitaciones. Y esas limitaciones están dadas porque, en algún punto, esas películas «locales» empezaron a transformarse en «internacionales», perdiendo buena parte de la lógica interna que las hacía exitosas en sus países y desconocidas (o incomprensibles) en otros. Dicho de otro modo: hoy parece que se piensan y se hacen para un espectador de Netflix que puede vivir en cualquier lugar del mundo, perdiendo su personalidad y funcionando con un estilo, llamémoslo, «global».

Volviendo a mi clase de cine japonés, quizás hoy ver los éxitos comerciales de cada país ya no sirva para conocer esas culturas sino para ver cómo ese estilo de Cine Global funciona en todas partes de manera bastante similar. De algún modo, el «Cine Global» es la versión comercial de lo que en el mundo del cine de arte, autor y festivales se llama «World Cinema» (y «World Music» en, obviamente, el musical). Un estilo igualmente predecible y codificado de modo que sea accesible para todo el mundo y en el cual los «localismos» son apenas apuntes de color (un acento, un paisaje, una diferente manera de funcionar en alguna cuestión específica, etcétera) que dejan evidencias de estar realizadas en otros países. Si a eso se le suma que muchas personas suelen ver estas películas dobladas, la sensación de estar asistiendo a un «Cine Global» es aún mayor.

Todo esto viene a cuento de YO SOY TODAS LAS NIÑAS, una película que vi con la mitad de mi cerebro pensando en estas cosas y sin demasiado interés en sus detalles específicos, ya que muchos de ellos parecen fotocopiados de otras películas. Todo, del primer al último plano, funciona como un remedo de algún policial noventoso de Hollywood de los ’90, más algunos apuntes propios del formato Netflix, que parece obligar a que todas las películas arranquen con una especie de trailer de sí mismas. De nuevo, salvo algunos apuntes locales (el pasar del afrikaans al inglés, el particular acento con el que hablan, ciertos detalles políticos específicos) la película funciona rutinariamente como un thriller genérico sobre trata de personas y redes de pedofilia armadas por gente poderosa. Es decir: thriller con trasfondo sociopolítico.

Su protagonista es una agente que trata de desbaratar a esa red y atrapar a los culpables pese a los problemas que se le presentan, tanto de parte de algunos jefes –que parecen estar conectados con los implicados– como de algunos miembros de su propia fuerza que prefieren usar otro tipo de metodología para capturarlos, más cercana a la venganza que a la detención por los carriles convencionales. Diálogos prestados, situaciones previsibles, un romance funcional que nunca resulta del todo creíble, poquísimo misterio, apenas algo de suspenso y tensión sobre el final, YO SOY TODAS LAS NIÑAS es un remedo de un remedo, un ejemplo flojo de ese concepto de Cine Global que termina generando que las películas de cualquier país del mundo se parezcan a todas las demás. Al final ya tampoco tendrá mucho sentido analizar las películas comerciales para entender la idiosincracia de un país. Habrá que buscar por otro lado, por uno que todavía no haya sido «conquistado» por la necesidad de parecerse a todo lo demás.