Series: crítica de «Dave – Temporada 2», de Dave Burd y Jeff Schaffer (Star+)

Series: crítica de «Dave – Temporada 2», de Dave Burd y Jeff Schaffer (Star+)

La segunda temporada de esta rara y sorprendente comedia sigue las desventuras de un rapero blanco que trata de insertarse en la primera línea del mundo del hip-hop alienando a todos en el camino.


Dave Burd, también conocido como Lil Dicky, es un personaje complicado para entrarle. Me pasó en la primera temporada, en la que no lo conocía (ver crítica y descripción del personaje acá) y me volvió a pasar en la segunda, que acaba de concluir hace pocas semanas en los Estados Unidos y estará disponible en la nueva plataforma Star+. Es que es un personaje bastante áspero, que no cae nada bien de entrada y con el que es difícil en principio conectar. El problema no es que sea un rapero blanco que poco tenga que ver con el mundo en el que quiere vivir y consagrarse (es un eje de la serie el de la «apropiación cultural», pero el tipo es consciente de eso) sino el tamaño de su ego, sus obsesiones un tanto adolescentes, esa forma tan irritante que tiene de creerse algo que, al menos por ahora, no es.

La serie viaja con él, se sube a su tono y, en cada temporada hace un recorrido similar. Sus primeros episodios lo muestran a sus anchas, liberando su energía más neurótica y egocéntrica, para luego ir doblando la curva hacia el final con un giro dramático fuerte. Pero cuando hablo de fuerte lo digo en serio. DAVE pasa del humor más ramplón, zarpado y subido de tono –los chistes más adolescentes imaginables– a tratar con temas como la depresión, los ataques de pánico, la angustia por las rupturas amorosas, las malas relaciones amistosas y hasta la bipolaridad.

Ese giro ya estaba incorporado al cierre de la temporada anterior por lo que, al principio de la segunda, incomoda un poco verlo regresar a su lado más creído y fastidioso. Para grabar su primer disco a Dave le han dado una lujosa casa en las afueras de Los Angeles con todas las comodidades posibles. Y allí se instala, con su fiel y sacrificado manager Mike (Andrew Santino), recibiendo visitas de amigos, conocidos, productores y raperos famosos, bellas mujeres y su equipo de colaboradores con los que tiene una complicada relación: Elz (Travis Bennett), su beatmaker; la videasta, diseñadora y amiga de toda la vida Emma (Christine Ko) y GaTa (tal es su nombre real), su hype-man, el típico rapero «de reparto» que suele acompañar a la estrella más que nada en sus shows en vivo, manejando a la audiencia, algo que GaTa hace con Lil Dicky fuera de la ficción.


Y la mitad de los episodios se van en esas desventuras básicamente centradas en que Lil Dicky no puede avanzar con su disco por su neurosis (hay hormigas en la casa, por ejemplo), las visitas que le proponen actividades un poco curiosas (el bizarro Benny Blanco) y su propio parate creativo: al tipo no se le ocurre una sola canción. Si a eso se le suma un muy enredado y problemático viaje por Corea con intención de grabar una colaboración con una artista local de K-Pop, queda claro que la carrera de Dave/Lil Dicky no está yendo a ninguna parte.

En la segunda mitad de la temporada se viene una especie de ajuste de cuentas, de lidiar con los desastres acumulados, de reconocer errores y advertir privilegios. Y allí aparecen los mejores episodios, los que hacen crecer a DAVE en ambición y complejidad pero sin por eso perder el humor, el riesgo creativo o el sentido del absurdo. En ese sentido, tiene cierta cercanía a series como ATLANTA o RAMY, que lidian con temas parecidos –en todos ellos el tema racial es central, solo que aquí está contado desde la posición opuesta, la del privilegiado que no se da cuenta que lo es– y que corren riesgos formales cada vez más sorprendentes.

El episodio de transición es uno manejado en buena medida mediante mensajes de texto de un aplicación de citas en las que el tipo matchea con Doja Cat, una muy famosa artista de hip hop (la serie está llena de cameos y breves participaciones de estrellas como J Balvin, Lil Yachty, Swae Lee, Kendall Jenner, Karim Abdul-Jabbar, Kevin Hart y Lil Nas X, entre otros), en la que conectan, bromean y planean todo el día encontrarse esa noche a cenar. De a poco Dave va a empezando a asumir también las consecuencias de su separación con Ally (Taylor Misiak), su novia en la primera temporada, relación que el tipo arruinó por completo. Y a eso se le suma otras relaciones que el hombre ha dejado de lado en su ego-trip: sus padres –interpretados a la perfección por David Paymer y Gina Hecht– y GaTa, su ladero más fiel. Y los últimos episodios estarán dedicados a sus complicados y dramáticos intentos por recomponer esas relaciones.

Hay una excepción que podría calificar como un experimento, de esos que suelen recibir premios Emmys. Se trata del Episodio 9, en el que Lil Dicky va hasta la mansión del productor Rick Rubin para que lo ayude a salir de su bloqueo creativo. No creo que convenga contar mucho más al respecto, pero lo cierto que es un capítulo más que inusual: onírico, gracioso, absurdo, muy personal, altamente creativo e igual de riesgoso. Sale bien, muy bien, pero siempre está en el borde de pasarse de rosca.

Resulta raro que una serie que empieza con un comediante haciendo humor sobre las deformidades de su pene termina siendo catártica y emotiva. De hecho, hasta el propio acto de masturbarse (que es casi el centro de la vida de Dave) pasa de ser un chiste un tanto burdo a un momento entre emotivo y doloroso en un episodio –el octavo– que es claramente personal para el protagonista. Lo que es innegable es que Dave Burd da todo de sí en este proyecto. Si bien hay mucho de performativo, es una de las series más desnudas e íntimas (literal y metafóricamente) que he visto en mucho tiempo, cierto humor judío autoparódico aplicado a un universo diferente como es el del hip hop y sus convenciones.

Es una serie rara pero fascinante y desde este modesto lugar invito a cualquier espectador que haya visto dos o tres episodios y esté pensando en parar, a darle una oportunidad más y seguir hasta el final. Ambas temporadas –pero más todavía esta segunda– devuelven con creces, si se quiere, el «esfuerzo» de tolerar al personaje en sus momentos más irritantes y fastidiosos. Y si bien son muchas hoy las series que recalan más y más en el costado terapéutico de sus protagonistas (sin ir más lejos el optimista Ted Lasso ha terminado con una psicoterapeuta), DAVE lo hace con mucha inteligencia, ambigüedad y riesgo. Lo suyo no es la elegancia ni la sutileza. Lo suyo es un humor que, utilizado muchas veces para no dejarse afectar por los problemas que lo rodean, termina siendo un mecanismo de defensa para no hacerse cargo de nada.



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