Estrenos online: crítica de «El olvido que seremos», de Fernando Trueba (Netflix)

Estrenos online: crítica de «El olvido que seremos», de Fernando Trueba (Netflix)

Esta adaptación de la novela homónima de Héctor Abad Faciolince se centra en la relación del escritor con su padre, un medico de Medellín que intentó cambiar las cosas en su ciudad. Protagonizada por el español Javier Cámara, la película ganó el premio Goya al mejor film iberoamericano de 2020.


Basada en el libro homónimo escrito por Héctor Abad Faciolince, EL OLVIDO QUE SEREMOS se centra en la figura de su padre, el doctor Héctor Abad, un médico sanitarista de Medellín cuyas características personales y su dedicación política lo hacían un personaje muy particular. Culto, socialmente comprometido, cariñoso con sus hijos y preocupado por llevar la medicina a los lugares y a las personas más necesitadas de Medellín, Abad fue una figura pública reconocida, celebrada pero también criticada y cuestionada desde distintos sectores, ya que sus características y sus ideas políticas no solían cuajar con las de las autoridades (ni las universitarias, ni las de la iglesia ni del gobierno) y tampoco con los terroristas que irían a ocupar un lugar cada vez más preponderante en la vida de esa ciudad en los años ’80.

La película –premiada con el Goya a mejor film iberoamericano de 2020– puede dividirse claramente en dos partes. La primera y última, la que abre y cierra el relato, es en blanco y negro y está centrada en el regreso a Medellín de Hector (hijo), que está estudiando en Italia, en 1983, cuando echan a su padre de la universidad. El reencuentro allí con él (interpretado por Javier Cámara con un pasable acento paisa) es el que dispara los recuerdos que llevan la acción a 1971, donde transcurrirá la mayor parte de la película del director de BELLE EPOQUE.

Por motivos que irán quedando claros con el correr de los minutos ese pasado será en cálidos colores, ya que están narrados desde la infancia del pequeño Héctor y se organiza en función de los placeres de la vida cotidiana de los Abad, un clan festivo, amable, lleno de niños, reuniones, comidas, visitas y parientes. Lo que caracteriza a Abad no solo es un espíritu gregario sino algunas características que, dicen los propios protagonistas, lo alejan del estereotipo «machista» de la época: un tipo cariñoso con sus hijos, amable y sereno, fanático de la música y, fundamentalmente, un médico preocupado por las poblaciones más necesitadas y un incansable promotor de la salud pública.


Siempre desde la mirada admirada del hijo, lo que vemos en esa parte es cómo Abad se involucra en mejorar las condiciones sanitarias de la región (hay toda una subtrama sobre aplicaciones de vacunas que se ha vuelto relevante ahora) sin dejar de lado, en la medida de sus posibilidades, a sus seres queridos. De a poco también va quedando claro que algunas de sus posiciones políticas lo alejan de las ideas de las autoridades de la ciudad y de la iglesia, que maneja la universidad en la que trabaja. «Un hombre bueno», como se repite más de una vez a lo largo del film, enfrentado quizás a una sociedad no preparada para una figura así.

La mejor parte de la película quizás sea esa, la que acerca a EL OLVIDO QUE SEREMOS a un registro tierno, nostálgico, familiar. Las hijas cantando temas de los Rolling Stones en guitarra, la alegría desbordante de ese hogar y la calidez de los miembros de esa familia los vuelven personajes entrañables. Pero los problemas llegarán pronto. Algunos, de índole personal y familiar. Otros, luego, con características más políticas y sociales. En ambos casos, devastadores para todos ellos. Y, en segunda instancia, para la región de Antioquia y para el país.

Es ahí donde el leve encanto de la película se empieza a desintegrar. Su característica de amable retrato familiar –con elementos que recuerdan a ROMA, de Alfonso Cuarón, pero sin tantos desbordes ni opulencias formales– permite que los Trueba (el guión es de su hermano David) den rienda suelta a sus mejores minutos en años, volviendo a un cine de relaciones, cálido y humano, con chispa, humor y ternura. Se trata de un estilo quizás convencional pero el realizador lo sabe hacer funcionar, lo conduce con conocimiento de causa y experiencia.

Cuando la situación se pone espesa –dramática y políticamente– la película pierde forma y se vuelve tiesa, confusa, subrayada y hasta un tanto brusca y torpe en lo formal. Trueba quiere darle a su film un ritmo más urgente, ligado a la tensión política que se siente en el ambiente, pero no logra hacer el pie en el formato, transformando a EL OLVIDO QUE SEREMOS en una película sin brújula y con escenas mal resueltas, que jamás logran transmitir de forma eficaz ni los conflictos de la época ni lo que atraviesan los personajes a través de ella.

Cuando más se organiza en función de recuerdos infantiles, es cuando EL OLVIDO… es mejor película. Esa mirada, teñida de cierto romanticismo nostálgico por un país o una ciudad que irá desapareciendo, es creíble en el contexto del film porque está siempre narrada desde la perspectiva de un niño que todavía ve las cosas desde un punto de vista inocente, fascinado por el universo que su padre le hace descubrir a cada paso. Cuando Trueba pasa a una perspectiva adulta, el film deja en evidencia sus flaquezas. El libro es un sentido y sincero homenaje a un padre. Y la película es una adaptación que cumple con su cometido con cierta prolijidad, pero que quizás no esté del todo a la altura del desafío.