Series: crítica de «Dopesick», de Danny Strong (Star+)

Series: crítica de «Dopesick», de Danny Strong (Star+)

Esta serie, que estrena Star+ el 12 de noviembre, se centra en la crisis de los opioides que tiene lugar hace ya décadas en los Estados Unidos, poniendo el eje en el laboratorio que produjo la controvertida droga OxyContin, en la investigación que se llevó a cabo y en algunos relevantes casos de adicción. Con Michael Keaton, Peter Sarsgaard, Michael Stuhlbarg y Rosario Dawson.


Llevó más de dos décadas, pero finalmente el cine, el documental y las series estadounidenses han comenzado a contar la historia de una especie de pandemia legal y relativamente silenciosa que viene dándose, en especial en los Estados Unidos, desde mediados de los años ’90. Es la de los abusos de opioides –en especial, la marca de Purdue Pharma conocida como OxyContin– que se ha cargado con miles y miles de personas en ese país, además de generar un tremendo crecimiento en las adicciones a este tipo de drogas. Se debe, seguramente, a que la ley empezó a caer con toda su fuerza contra la compañía (ver acá) a partir de años y años de acumular denuncias e intentar probarlas ante un laboratorio que ha movido todas sus influencias para que eso no suceda.

Muchos libros fueron contando esta historia. Uno es reciente, EMPIRE OF PAIN (EL IMPERIO DEL DOLOR), de Patrick Radden Keefe, que se centra en la historia de la familia Sackler, los multimillonarios dueños de esa compañía farmacéutica, entre otras. Y otro es DOPESICK: DEALERS, DOCTORS AND THE DRUG COMPANY THAT ADDICTED AMERICA, de Beth Macy, publicado en 2018. Y la miniserie que emitirá acá Star Plus a partir del 12 de noviembre no solo se basa en este sino que cuenta con la propia Macy como una de las guionistas y coproductoras. Se trata, a diferencia de otros acercamientos al tema (como el documental EL CRIMEN DEL SIGLO, de Alex Gibney) de un relato de ficción, o ficcionalizado: el famoso «basado en hechos reales» pero modificado y alterado dramáticamente en función de las necesidades narrativas.

Lo que hace la serie de Strong es relativamente similar a lo del documental de Gibney. Esto es: combinar la historia macro de la aparición de la droga, su inserción en el mercado y su veloz crecimiento en el consumo con microhistorias individuales de distintas personas que atravesaron difíciles circunstancias a partir de volverse adictas al opioide en cuestión. En plan de ser abarcativo, DOPESICK por momentos se vuelve un poco confuso de seguir, en especial por un sistema temporal bastante enredado que va yendo de una historia a otra que transcurren en líneas temporales distintas a lo largo de más de una década de historia.


En un formato coral en el que, al menos en los cinco primeros episodios que ya se emitieron en Estados Unidos a través de Hulu, los personajes pocas veces se cruzan entre sí se nos cuentan varias subhistorias. Acaso a la que se le dedica más tiempo es a la investigación que llevan a cabo dos abogados de West Virginia (interpretados por Peter Sarsgaard y John Hoogenakker), el estado más afectado por la crisis, que son los únicos que parecen poder avanzar, lentamente pero avanzar al fin, en la tarea de llevar al laboratorio a juicio por lo que su producto está produciendo. A la vez se cuenta algo que sucedió unos años antes: la más complicada investigación iniciada por una directora de la DEA (Rosario Dawson) por lograr detener el avance de la droga y su venta a personas que no la necesitan.

Otra línea narrativa y temporal tiene como protagonista a Michael Keaton en el rol del Dr. Finnix, un médico de West Virginia que empieza a recetar OxyContin, pese a sus dudas iniciales, convencido por el vendedor de Purdue (Will Poulter), un entusiasta y joven «visitador médico» quien de a poco va entrando en crisis al caer en la cuenta que su éxito está directamente relacionado con un severo crecimiento en las adicciones y crímenes ligados a ella. Kaitlyn Dever encarna a Betsy, una joven que trabaja en una mina, una chica lesbiana que tiene conflictos con su familia que no la acepta. Tras un doloroso accidente de trabajo, ella va a visitar a Finnix y él le receta el medicamento en cuestión. Pronto necesitará dosis más y más altas hasta volverse adicta. Algo que termina sucediéndole también –como queda claro en un flashforward que da comienzo a la serie– al propio doctor.

El otro eje narrativo (y también, en otra línea temporal, no siempre coincidente con las demás) es la interna de la propia familia Sackler, los dueños de Purdue. Acá es Richard (Michael Stuhlbarg) el principal protagonista: el principal responsable en el desarrollo de la droga y el que más agresivamente luchó para venderla como sea, donde sea, en dosis más y más grandes, negando cualquier tipo de conexión entre el opioide en sí y las adicciones. Y aquí viene el eje principal de la disputa, el mismo que suele aparecer en muchos otros casos que podrían tipificarse dentro de la negligencia criminal y la publicidad engañosa, como fue en los juicios contra las tabacaleras. Lo que se discute aquí es si Purdue minimizó y negó los efectos adictivos de la droga de forma deliberada, poniendo siempre la «responsabilidad» en los adictos.

OxyContin –que es una droga fuerte en base al opioide «oxicodona» que solo podría recetarse en casos de dolores muy intensos– se ha vendido con una aprobación de la FDA de los Estados Unidos que no es la correcta para este tipo de productos ya que minimiza su carácter adictivo (si quieren más detalles técnicos, pueden empezar por acá). Eso, en principio, permitió que cualquier doctor la recetara por dolores simples. Y el mecanismo de liberación lenta de la droga que el producto tiene –el que, supuestamente, evitaría la adicción– no solo no funcionó como tal sino que rápidamente fue «burlado» por las personas que necesitaban consumir la droga de golpe. Los Sackler dirán que no es culpa de la droga sino de los adictos, pero las evidencias de que ellos conocían su carácter adictivo y lo minimizaron para poder venderla a todo el mundo (y asegurarse «clientes fijos», digamos) es más que fuerte. Y esa es la carrera que se corre en DOPESICK, una que en la actualidad ya tiene resultados más contundentes que cualquiera puede googlear.

Más allá de las confusiones iniciales que produce la cantidad de subhistorias, personajes y el hecho de que hay un literal reloj temporal en la miniserie que va para adelante y para atrás varias veces por episodio, DOPESICK se va volviendo absorbente (no convendría decir «adictiva», en estos casos). Tiene que ver, en principio, con el hecho de que se trata de un tema fascinante, complejo, lleno de aristas y que tiene reales y crudas consecuencias en la vida cotidiana, especialmente en Estados Unidos ya que en otros países –por motivos que verán– la situación fue distinta. Y, por otro lado, gracias a un elenco de excelentes actores (además de los consagrados Sarsgard, Keaton, Stuhlbarg y Dawson, se lucen la joven Dever, Poulter e intérpretes reconocidos como Mare Winningham, Ray McKinnon y Jake McDorman, entre muchos otros) y de realizadores de amplia experiencia como Barry Levinson, Michael Cuesta y Patricia Riggen, que dirigen los episodios vistos hasta ahora.

Quizás, para los que conocen bien el tema, DOPESICK puede sentirse como una «dramatización» un tanto convencional de un asunto aún más complejo de lo que se muestra aquí. Pero si bien la elección de poner en primer plano algunas historias personales mezcladas con la gran trama puede parecer un formato un tanto anticuado para tratar este tipo de temas, las maneras en las que ambos mundos se van conectando es bastante inquietante. Y ese es el otro punto fuerte de la historia: salvo los Sackler, algunos empleados demasiado «fieles» a la compañía (y al crecimiento de sus bolsillos) y algún político y/o autoridad sanitaria manejada por sus dineros, todos los demás personajes tienen una historia para contar, sus recorridos a lo largo de los años están llenos de contradicciones y la serie es piadosa y humanista aún con los casos más severos de adicción que derivaron en situaciones del tipo criminal. En ese sentido, la serie de Strong tiene claro cuál es su punto de vista. Los verdaderos criminales son unos pocos. Todos los demás, en mayor o menor medida, son sus víctimas.