Estrenos: crítica de «Fue la mano de Dios», de Paolo Sorrentino (Netflix)

Estrenos: crítica de «Fue la mano de Dios», de Paolo Sorrentino (Netflix)

La nueva película del realizador de «La grande belleza» es un relato autobiográfico centrado en sus experiencias adolescentes en Nápoles rodeado de su peculiar familia y entusiasmado con la llegada a la ciudad de un tal Diego Armando Maradona. Desde el 15, en Netflix.

La Nápoles de los años ’80 está representada, para muchos de nosotros, por la figura de Diego Armando Maradona. Para Paolo Sorrentino, que nació allí y pasó su adolescencia en los años en los que el Diez convirtió a la ciudad del sur de Italia en un nombre repetido en todo el mundo, también. Su vida no solo era Maradona, claro, pero su presencia y su ausencia, la expectativa generada por su llegada y su magia futbolística, fueron centrales en la vida del joven, futuro cineasta. Y, como buen barrilete que era, Maradona puede haber tenido que ver con circunstancias específicas de la vida del director en algún sentido… cósmico.

FUE LA MANO DE DIOS no es una película sobre fútbol ni sobre la vida de Maradona ni sobre aquel gol a los ingleses. Es un «coming of age» de un tal Fabietto Schisa (Filippo Scotti), que no es otro que un alter-ego del director de IL DIVO. Fabietto vive en una Nápoles que espera noticias sobre la rumoreada llegada de Diego al equipo de la ciudad. Su padre y su hermano mayor tienen la misma expectativa. A su madre y a su hermana el tema le preocupa menos. Pero la ciudad –y su familia extendida de primos, tíos y excéntricos vecinos– está convulsionada.

Foto: Gianni Fiorito

Su padre Saverio (Toni Servillo) y su madre María (Teresa Saponangelo) parecen conformar una pareja perfecta, énfasis en «parecen». Se ríen todo el tiempo, bailan, juegan con los chicos, hacen bromas entre ellos y con los demás. Su hermana Daniela –en un gag que se extiende a lo largo de la película– siempre está en el baño. Y su hermano mayor Marchino (Marlon Joubert), que no sabe bien qué hacer con su vida más que andar con chicas, prueba suerte haciendo un casting de extras para una película de Fellini. No queda, pero a Fabietto, que lo acompaña, el mundo que ve ahí parece fascinarlo. Si alguno tenía dudas sobre la evidente influencia felliniana en la obra de Sorrentino, ahí está la prueba. No solo ahí: los cuerpos, rostros, vestimentas y comportamientos de gran parte de quienes rodean a los Schisa bien podrían haber salido de ese mismo casting.


La primera mitad de la película será más descriptiva y anecdótica que otra cosa, con un guión que funciona a modo de pequeñas viñetas y situaciones que dejan en evidencia que el mundo de Fabietto está lleno de cálidos y curiosos personajes que bordean lo bizarro. Sorrentino opera desde la perspectiva de la época, sin el tamiz de la corrección política actual. Se trata de una familia que hace chistes con las feas, los gordos, las viejas, los locos y los que tienen problemas para hablar. Pero siempre desde el caricaturesco cariño que es costumbre de la casa: hay una tía obesa que consigue un novio un tanto raro, otra pariente ofuscada que se caracteriza por sus sonoras puteadas, un vecino que dibuja órganos sexuales, una supuesta baronesa que siempre inventa historias y así.

Todos son observados por el joven Fabietto, que habla poco pero funciona como punto de vista del relato. De todos ellos, el personaje que más le interesa al chico es otra tía, la bella Patrizia (Luisa Ranieri), a la que tratan de loca porque tiene un fuerte apetito sexual y le gusta mostrar sus esculturales y clásicamente italianas formas. Como es clásico en este tipo de historias, aunque hoy sea visto de un modo un tanto más grotesco por los códigos de la época, lo que quiere Fabietto (y su padre y su hermano) es hacerlo debutar sexualmente al «pibe», no importa bien con quién ni cómo. Pero no resulta demasiado fácil hacerlo. Y su tía, desde el imaginario al menos, le funciona como reemplazo. Hasta que llega Maradona al Napoli, cambia el eje y la felicidad parece asegurada para todos.

O bien la película transcurre durante más años de los que parece o el material de archivo «maradoniano» es usado un tanto relajadamente (hay un cantito que se oye de la hinchada que nombra a Messi, para que se den una idea de la licencias poéticas que hay aquí), pero lo cierto es que –entre desventura y desventura familiar– veremos los primeros pasos de Diego en el Napoli, la victoria argentina contra Inglaterra en el Mundial ’86 (el primer gol no solo le da al film su título sino que prueba que los napolitanos festejaban los goles de la albiceleste como propios, además de otorgarle un momento muy emotivo a la película) y el primer campeonato del Diez con el equipo. Pero la conexión más importante entre Fabietto/Paolo y Maradona es puramente metafórica (o metafísica, depende cómo la vean) y marca un fuerte quiebre en el relato cuando una tragedia familiar cambia todo en la vida del chico y de los que lo rodean.

Esa desgracia tiñe el resto del film y de allí en adelante le cuesta a Sorrentino encontrar el tono adecuado para la película. Cuando quiere refugiarse en el dolor, le resulta difícil encontrar cómo expresarlo. Y cuando trata de volver a la picaresca del principio, mucho de lo que antes parecía divertido ahora bordea lo banal y patético. Las risas –de los personajes y del público– ya no salen tan fácilmente y LA MANO DE DIOS sufre como consecuencia de ese constante pero inconsistente cambio de tonos. En algunas situaciones, sin embargo (como las ligadas a Patrizia), Sorrentino sí alcanza a transformar lo que parecía una broma nostálgica en algo humano y hasta doloroso. Y algo similar sucede cuando descubrimos algunos secretos familiares ocultos (o muy bien disimulados) durante años.

«La realidad no me gusta, no quiero filmar la realidad», dice Marchino que escuchó comentar a Fellini en su fallida audición (no lo eligió porque tiene un rostro demasiado común, le dijo, y es el tipo más clásicamente «buen mozo» de todos) y cualquier espectador que haya visto más de cinco minutos de una película de Sorrentino sabrá que esas son casi las Tablas de la Ley para él y su cine. En función de su historia personal, también, entenderá por qué Sorrentino ha preferido siempre vivir en un mundo que bordea lo fantástico y grotesco. Sí, quizás el mundo que lo rodea en Nápoles sea también un tanto excesivo, pero es fundamentalmente una elección, la de escaparle al sino trágico de su historia.

En FUE LA MANO DE DIOS, que es la más medida de sus películas siempre en relación a su propio rimbombante estilo, ese leve acercamiento a algo más real tiene que ver con confrontar, casi terapéuticamente, su pasado, a la manera del AMARCORD felliniano. No se traiciona estilísticamente sino que baja algún que otro cambio en relación a LA GRANDE BELLEZA o a su serie EL JOVEN PAPA. Están las figuras carnavalescas de siempre, las curiosas humoradas con el mundo de la religión, los movimientos de cámara relucientes de todos sus films y los colores chillones que acostumbra usar, pero todo un poco menos, un poco más discreto y apagado, como si el propio realizador supiera que en este tema –su vida, su familia, su historia de origen– hay algunos límites que prefiere no atravesar.

Dos de las raras «confesiones» que Sorrentino hace en el film tienen que ver con el cine. En una conversación con su mentor, el napolitano y excesivo regista Antonio Capuano, el adolescente Fabietto le dice que quiere estudiar cine pero que no ha visto más de tres o cuatro películas en su vida. En paralelo, un VHS de ERASE UNA VEZ EN AMERICA, de Sergio Leone, queda sobre el televisor, sin haber sido visto, una «deuda» familiar pendiente, una cita postergada. Da la impresión que el cine como arte (o la cinefilia) no es un tema tan importante en la vida del director y que sus películas son más manifestaciones impresionistas de sus ideas y experiencias que materiales que se conectan con la tradición cinematográfica italiana, a excepción de Fellini, con el que conecta más desde su lugar de creador de mundos alejados de la realidad que como cineasta propiamente dicho. Capuano le dice que las historias para contar están alrededor suyo –Nápoles, su familia, su vida, su particular trauma– y que con eso es suficiente. Quizás sea cierto, no lo tengo claro. Lo que también es probable es que sus películas podrían ser mejores, más que una colección de grandes momentos y poéticas apreciaciones del mundo, si el hombre toma coraje, enfrenta sus miedos y pone el clásico de Leone de una vez por todas en la televisión. El cine también puede ayudar a curar algunas heridas.