Festivales: crítica de «The Cathedral», de Ricky D’Ambrose (Sundance/Rotterdam)

Festivales: crítica de «The Cathedral», de Ricky D’Ambrose (Sundance/Rotterdam)

Este drama autobiográfico recorre la vida de una familia desde los años ’80 hasta los 2000 siempre con el particular estilo del realizador norteamericano de «Notes on an Appearance».


El cine estadounidense que circula por los festivales no suele caracterizarse por excesivos riesgos estéticos. Me refiero a esos riesgos que involucran romper con las ideas narrativas y, especialmente, audiovisuales acerca de cómo debe ser contada una historia mediante el lenguaje cinematográfico. No estoy hablando aquí de calidad de las propuestas, sino de un marco de contención: el cine de los Estados Unidos, con toda su amplitud y diferencias, tiende a respetar los modelos de representación más o menos tradicionales de creación de personajes, escenas, organización narrativa y planificación visual.

Ricky D’Ambrose no es el único en desafiar ese sistema ni ese tipo de construcciones, lejos está de serlo. Pero si es uno de esos cineastas cuya marca se advierte con solo un plano. Poco, muy poco, de lo que existe enfrente de la cámara en sus películas se vería de tal manera en otras. Los encuadres son distintos. Los cortes también. La manera de actuar, de organizar la historia, de estructurarla. Uno podría usar las referencias obligadas que aparecen cuando uno se acerca a este tipo de películas y hablar de las influencias bressonianas, del cine de Straub-Huillet, de Godard y de muchas otras firmas. Se podría detener también en el universo teórico en el que se sostienen sus construcciones. Pero el estilo del realizador de NOTES ON AN APPEARANCE (ver crítica aquí) es muy personal y no puede resumirse como una mezcla de otras cosas. Merece ser analizado como un mundo propio.

En THE CATHEDRAL, D’Ambrose se acerca al tipo de relato más canónico de todo el cine (incluyendo al de vanguardia) y, quizás por eso, complicado y desafiante: la autobiografía. Se trata de una poco convencional película acerca del propio director, encarnado por varios chicos y adolescentes que llevan el nombre de Jesse pero siguen bastante al pie de la letra lo que se conoce de la biografía del cineasta. La película toma esa línea de tiempo (va de los años ’80 a mediados de los 2000) para construir una suerte de «catedral» a partir de las experiencias familiares que formaron al que sería un futuro cineasta. En ese sentido, la película es a la vez una biografía de su padre, fundamentalmente, pero también de su madre, de sus tíos y tías, de sus abuelos y bisabuelos, padrastros, madrastras y de todo ese complicado tapiz de relaciones conflictivas que fueron formando la percepción del pequeño Jesse durante su infancia y adolescencia.


El film comienza en los años ’80 y se estructura mediante una nunca identificada voz femenina que va presentando las distintas etapas de la vida de Jesse y su familia como si fueran capítulos de una novela. Las escenas, por lo general, están armadas a partir de un solo plano que no tiene porque ser general. Por momentos es un detalle específico, en otros es una conversación que no se escucha, en ciertas instancias hay encuadres que se reiteran y en ningún caso estamos hablando de un formato clásico. Los actores –con sus diferencias– se expresan al borde de la declamación, al mejor estilo Bresson. Y el protagonista prácticamente no habla en toda la película. A esto, D’Ambrose le suma imágenes de noticieros televisivos y de publicidades de varias épocas para ir contando algunos hechos importantes (y no tanto) de la historia que rodea a los personajes, yendo de los distintos presidentes a algunos hechos relevantes –no todos– como el Huracán Katrina o las guerras en Medio Oriente de los ’90.

Realizada con apenas 150 mil dólares del programa Biennale College Cinema del Festival de Venecia –en ese marco la película tuvo su estreno mundial–, THE CATHEDRAL va transformando esa episódica narrativa en una suerte de via crucis que el niño tiene que presenciar, casi una colección de incidentes que luego le servirán para formar su mundo de intereses. Su padre –encarnado por el único actor reconocible del elenco, Brian d’Arcy James– es un personaje intenso que, intermitentemente, se ocupa y se desentiende de la vida de su hijo, tiene además serios problemas económicos y una pésima relación con sus suegros. Los padres de Jesse se separarán y cada uno tendrá una nueva pareja, ninguna de las cuales congeniará demasiado con el chico, por distintos motivos. D’Ambrose se ocupará de contar también episodios de la vida de otros parientes y, de a poco, irá llevando al ya no tan pequeño Jesse a desarrollar un interés por la fotografía y el cine.

Algún crítico la definió como la anti-BOYHOOD y hay algo de cierto en eso. Más allá de las similitudes en cuanto a ir desarrollando el paso de la infancia a la adolescencia de un chico que empieza a interesarse en cuestiones artísticas, las cosas aquí nunca funcionan del todo bien entre Jesse y su familia. Digamos que, más allá de algunas coincidencias epidérmicas/circunstanciales, su padre está muy lejos de parecerse al personaje de Ethan Hawke en aquel film. Pero la diferencia principal tiene que ver con el modo de construcción del relato, las desafectadas actuaciones, los encuadres entre frontales y extrañados, y la manera en la que hasta el final de la película Jesse sigue siendo un personaje un tanto indescifrable, un testigo del horror banal de la clase media y de sus insidiosamente inquietantes circunstancias.