Series: crítica de «Station Eleven (final)», de Patrick Somerville (HBO Max)

Series: crítica de «Station Eleven (final)», de Patrick Somerville (HBO Max)

La miniserie basada en la novela de Emily St. John Mandel centrada en los sobrevivientes de una brutal pandemia que acabó casi por completo con la civilización llegó a un emotivo y esperanzador final.


El complejo, enredado, fascinante y por momentos un tanto frustrante universo de STATION ELEVEN funciona bastante a contramano de buena parte de la producción serializada contemporánea. Si bien la mayoría de sus temas son los mismos que los de muchas otras series –fundamentalmente, la relación entre padres/madres e hijos/hijas y las diversas formas de entender el concepto de familia–, la manera de ponerlos en escena y el universo en el que existen difieren notablemente. Con «universo» no me refiero a un mundo post-apocalíptico –ya que por diversos motivos, tanto de producción como de «espíritu de la época», eso se viene haciendo mucho– sino al mundo del teatro, esa troupe ambulante de actores y performers que forman uno de los núcleos principales de la serie basada en la novela de 2014 de Emily St. John Mandel. A partir de la relación entre los textos clásicos (Shakespeare, fundamentalmente) y las experiencias que los personajes viven es que muchos de sus temas se expresan, es la manera en la que esas ideas cobran vida tanto dentro como fuera de la ficción.

La otra diferencia –de vuelta, no es la única serie que lo hace pero no recuerdo otra que lo presente de un modo tan persistente– tiene que ver con su manejo de los tiempos. Uno podría decir, con cierta razón, que STATION ELEVEN se configura a partir de una estructura que consiste en situar un episodio en el pasado (que es, en realidad, nuestro presente algo modificado) y otro en el presente (veinte años en el futuro), alternativamente. Pero es más complejo que eso: en cada episodio la serie va y viene en el tiempo, poniendo personajes del presente como testigos de su propio pasado, reconfigurando situaciones aquí y allá, insertando micro-flashbacks persistentemente hasta generar, o intentar generar, la idea de que todo puede estar sucediendo al mismo tiempo, que pasado y presente se reflejan y combinan en la experiencia de cada personaje a tal punto que pueden volverse indistinguibles.

Esos dos ejes aparecen con toda su fuerza en el final de la serie. SPOILERS DEL FINAL DE ACA EN ADELANTE (acá pueden encontrar una reseña previa, hasta el séptimo episodio, sin spoilers) Aquí, los distintos hilos narrativos en los que se subdividen los episodios convergen en el famoso Museo de la Civilización –que no es otra cosa que el aeropuerto en el que varios de los personajes quedaron varados en el clave episodio 5– para una performance de «Hamlet» en la que esos turbios asuntos familiares que explotaron en ese episodio, fundamentalmente entre Tyler (Daniel Zovatto) y su madre Elizabeth (Caitlin FitzGerald), se juegan a partir de la relación del mismísimo Príncipe Hamlet y su madre Gertrude, que ellos mismos interpretan. Es en esas escenas, musicalizadas en vivo por los propios integrantes de la Traveling Symphony, donde la serie apuesta a ser leída a partir de pesadas metáforas que no terminan de funcionar del todo bien y que se sienten como ideas más bien literarias, de forzada traducción audiovisual.


En paralelo, el grupo de niños que Tyler (también conocido como El Profeta) lidera, espera en las afueras del lugar, amenazante, a punto de invadir al primer guiño o gesto de alguno de sus «espías». Y allí aparece la otra referencia literaria que es central a la trama, junto a Shakespeare: la propia novela gráfica «Station Eleven». Pero en este caso, el juego que existe entre ese texto y la serie es más intrigante y creativo ya que, a diferencia de «Hamlet» u otras obras del autor inglés, nunca sabemos del todo bien de qué va el libro escrito por Miranda Carroll (Danielle Deadwyle) y sus conexiones con lo que está sucediendo son más misteriosas e indescifrables. A la vez, en el final reaparece Miranda para terminar siendo una parte fundamental de lo que sucede en el presente, a partir de un llamado telefónico suyo que tuvo lugar en el contexto del citado Episodio 5. En cada uno de los casos, la posibilidad de evitar el conflicto, de entender que un acto violento probablemente engendre otro igual o peor, es clave para entender las ideas de la serie tanto en lo familiar como en lo social.

Como en LEFTOVERS –la serie a la que más se parece, claramente, y que tiene a algunos guionistas en común–, aquí hay un intento de ir llegando, aunque sea de un modo un tanto lateral, a un cierre emocionalmente fuerte de índole personal, una épica intimista si se quiere. Ese cierre llega como una verdadera sorpresa para su personaje principal, Kirsten (Mackenzie Davis), que aquí se reencuentra inesperadamente con Jeevan (Himesh Patel), el hombre que la salvó y cuidó durante el primero y más brutal año de la pandemia. En el Episodio 9 se ve cómo ambos se separaron y se perdieron de vista casi 20 años atrás. Y si bien la serie parece ahí cerrar el recorrido de Jeevan, dándole un final feliz con una nueva pareja, hijos y un rol como improvisado doctor, aquí el hombre reaparece en el aeropuerto/museo para tratar a Clark (David Wilmot) y termina casi de casualidad topándose con Kirsten. El abrazo entre ambos –y el cierre posterior, en la que cada uno sigue su respectivo camino con la promesa de reencontrarse en el futuro– es el momento más emotivo de la serie y el que le pone el «moño» a la historia.

Es que más allá de sus intrincados vaivenes y su manera esquiva de adentrarse en sus temas –los cruces temporales por momentos desconectan al espectador de los recorridos de los personajes–, lo que STATION ELEVEN termina por proponer es una visión optimista del más horrible de los futuros imaginables. La serie arranca como la peor pesadilla posible –especialmente en un momento pandémico en el que algo así como la destrucción de la raza humana tal como la conocemos podía hasta parecer plausible–, pero termina creando una idea de reconstrucción bastante noble y humanista, en la que el arte y la literatura del «pasado» terminan siendo claves para evitar que en el futuro se repitan cruentas historias y se llegue a conflictos brutales y probablemente innecesarios. Da la impresión que el género humano está mostrando su cara más innoble en los momentos más controvertidos y tensos de una destrucción mundial, pero en la esperanzadora filosofía de la serie quizás sea el arte el que sirva para curar heridas y no volver a repetir los errores del pasado. Dentro de dos décadas tal vez sepamos si fue así.