Series: reseña de «El marginal – Temporada 4, Ep. 1-2», de Sebastián Ortega (Netflix)

Series: reseña de «El marginal – Temporada 4, Ep. 1-2», de Sebastián Ortega (Netflix)

La cuarta, brutal y violenta temporada de la serie carcelaria tiene nueva locación y personajes pero sigue siendo tan cruenta e impactante como las anteriores. Con Juan Minujín, Nicolás Furtado, Claudio Rissi, Gerardo Romano, Luis Luque y Rodolfo Ranni. Estrena el 19 de enero.


El reencuentro de «viejos enemigos» es el punto central –o uno de los centrales– de la cuarta temporada de EL MARGINAL, una que vuelve al presente y cambia de locación luego de dos años en los que la serie se dedicó a explorar el pasado de los personajes principales y de la prisión de San Onofre. Aquí todo transcurre a posteriori de los eventos de la primera temporada y arranca cuando el tal «Pastor» (Juan Minujín) es capturado en su intento de escaparse a Brasil junto a Emma (Martina Gusmán) y los hijos de cada uno. La primera escena de acción –quizás la única de ese tipo en la temporada, ya que transcurre fuera de la prisión y en espacios abiertos de carretera– presenta un formato que se va a repetir en otras situaciones: una puesta en escena frenética y atrapante aunque algunos desajustes en lo que respecta a su lógica y credibilidad. Dicho de otro modo: a lo largo de sus dos primeros episodios EL MARGINAL impondrá su tono violento y furioso, aún a costa de algunos excesos que apunten contra su plausibilidad.

Pero eso es algo que parece ser secundario a esta altura de una serie que busca constantemente situaciones de tensión que permitan enfrentamientos de todo tipo. Y acá el caos está servido ya que primero Pastor y luego la dupla de Diosito y Mario Borges (Nicolás Furtado y Claudio Rissi) caen en una prisión de máxima seguridad llamada Puente Viejo que convierte a la anterior en un juego de niños. Acá, Pastor llega sin ninguna banca ni de afuera ni de adentro, los hermanos tampoco (tienen que hacerse, a su manera, de abajo) y el que parece controlar todo allí es un tal Coco (Luis Luque) y su particular familia, compuesta por su yerno, Bardo (Ariel Staltari, el Walter de OKUPAS), sus dos hijos y sus novias trans. Pero el verdadero Señor Oscuro de esta trama es el jefe del penal, Galván (el mítico Rodolfo Ranni), quien tiene una imagen pública honesta y alejada de toda corrupción, pero que posee manejos internos heredados de la mismísima dictadura militar de la que seguramente debe haber sido parte.

En las idas y venidas entre los Borges, Coco, Galván, Pastor, los pocos sobrevivientes de la llamada «Sub 21» (como César, encarnado por Abel Ayala) y algunos veteranos, nuevos ingresados o guardias del penal estará inscripta la trama de la temporada, en la que también se hace presente Antín (Gerardo Romano), que ahora tiene un cargo político y quiere su «pedazo» de la actividad delictiva en este otro penal, lo que lo lleva a tramar en contra de Galván y a tratar de usar a los Borges. Emma, por su parte, intentará encontrar la forma de sacar de ahí a Pastor, mientras que Gladys (Ana Garibaldi), la mujer de Mario, sufrirá en carne propia algunos de los planes contra su marido que se efectúan por fuera de la cárcel. Y el otro gran cambio tendrá que ver con Diosito, quien se convierte en víctima de los modos represivos de Galván, lo cual lo hace entrar en una profunda crisis personal.


Como en todas las temporadas, los juegos de poder y los actos violentos dentro de la cárcel irán en crecimiento, pero igual o más metraje la serie saca de sus excéntricos y muy bien construidos personajes. Algunas secuencias de Coco y su extravagante familia –en el segundo episodio habrá algunas interesantes revelaciones de lo que pasa ahí–, la manera en la que Borges rápidamente opera para ubicarse en un sitio de peso y, sobre todo, las conversaciones y los enfrentamientos entre Ranni y Romano –que se pueden sumar a la antología del policial argentino de los años ’80 y ’90, en el que ambos participaron– hacen mucho para que EL MARGINAL no sea solo un catálogo de crueldades, violencia y brutales venganzas. Hay un par de situaciones en los primeros episodios que bordean el exceso (al ser dos casi seguidas se nota más) pero que permiten crear tensión respecto a cómo las víctimas armarán sus respectivas revanchas… y si es que pueden hacerlo.

Pero la protagonista principal parece ser la cárcel en sí y es un bienvenido cambio de escenario para la serie, algo que le sirve para evitar ciertas repeticiones a hechos de las temporadas anteriores. Si bien el funcionamiento interno de la prisión no es tan distinto a la otra, acá ni siquiera parece existir un patio abierto en el que la luz del sol entre durante el día. Se trata de un cavernoso interior, oscuro, sucio e infernal en el que la crudeza de la cárcel anterior parece hasta más tolerable. Ver a los personajes recorrer estos pasillos, salones y «ranchos» (los pisos altos balconean a un patio central con los previsibles peligros que eso implica) es ponerlos en un estado de tensión permanente, uno que se suma al de la violenta maquinaria de represión que controla Galván y su gente.

Con un tema de L-Gante y Bizarrap –que seguramente se convertirá en uno de los éxitos del 2022– como pegadizo leit-motiv, la cuarta temporada de EL MARGINAL promete una suerte de remix de sus grandes éxitos, en una nueva locación y con nuevos personajes pero sin alejarse demasiado de las costumbres que la llevaron a Netflix y al reconocimiento internacional. Es otra temporada en el infierno, igual o más más brutal que las anteriores y, en todos los casos, no apta para estómagos sensibles. Una vez que se atraviesan los portones de esa monstruosa cárcel, no hay escape posible. Ni siquiera para los espectadores.