Berlinale 2022: crítica de «Camuflaje», de Jonathan Perel (Forum)

Berlinale 2022: crítica de «Camuflaje», de Jonathan Perel (Forum)

por - cine, Críticas, Festivales
15 Feb, 2022 10:34 | Sin comentarios

En su nuevo film que investiga lugares marcados por la desaparición de personas durante la dictadura, el realizador de «Responsabilidad empresarial» junto al escritor Félix Bruzzone recorren Campo de Mayo, donde estaba el centro de detención clandestino conocido como «El Campito».


Con un notorio cambio de estilo pero con un interés temático similar al de sus anteriores películas, CAMUFLAJE continúa la búsqueda de Jonathan Perel por analizar y dar testimonio cinematográfico de los horrores de la dictadura. Esta película, realizada casi en sociedad con el escritor Félix Bruzzone, le presenta sin embargo un desafío formal y también de tono. En lo primero, el director de RESPONSABILIDAD EMPRESARIAL abandona por completo el rigor formalista y distanciado de sus películas anteriores por un acercamiento más típico del documental en primera persona, con el propio Bruzzone como protagonista de los recorridos literales por Campo de Mayo que se hacen aquí. Y, en lo que respecta al tono, lo que cambia se da con la aparición de un acercamiento más lateral, anecdótico y, si se quiere, lúdico a un tema que en el resto de su filmografía siempre apareció de un modo sombrío, respetuoso y hasta solemne.

CAMUFLAJE podría haberse titulado CAMPO DE MAYO ya que, en más de un sentido, es una adaptación de la novela y de la conferencia multimediática en las que Bruzzone estuvo trabajando durante varios años, emparentadas con el trabajo que Lola Arias viene haciendo con esa y otras temáticas de la historia nacional. La vida del escritor de BARREFONDO está muy ligada a Campo de Mayo por dos motivos muy diferentes pero conectados entre sí: fue allí, en el centro de detención que se conoció como «El Campito», que su madre desaparecida estuvo detenida durante la dictadura militar. Y es en esa zona también –de modo casual ya que, asegura, se fue a vivir allí antes de saber lo de su madre– es el lugar en el que habita y en el que construyó su vida familiar.

El proyecto y la película parten de la construcción de un personaje que es y no es el autor, un runner que todas las mañanas corre, descalzo, a la vera de la enorme base militar ubicada en el Partido de San Miguel, en el Gran Buenos Aires. Durante la primera parte de la película Perel seguirá a Bruzzone en esos recorridos, deteniéndose en diversos lugares en los que Félix conversará con una serie de personajes que poco y nada parecen tener que ver con el tema de la dictadura: un conocido suyo que atiende en una carnicería, su entrenador de gimnasia, un hombre que estudia los dinosaurios y así, en una especie de paneo por los alrededores del lugar en donde la vida continúa casi sin prestarle mucha atención a ese enorme fantasma que los rodea más que para meterse en él en función de sus respectivas actividades.


De a poco, mediante la voz en off y de personajes nuevos que empiezan a aparecer en el recorrido de Bruzzone/Perel, la cámara irá ingresando al lugar por los resquicios abiertos que existen y algunas historias tendrán ya características un tanto más brutales o tenebrosas, pasando de una militante sindical que estuvo detenida en la dictadura a un grupo de chicas que hace recorridos de investigación por las partes más abandonadas de la base. De algún modo, esa fantasmagórica presencia empezará a cobrar relevancia en términos más directos y potentes, sin por eso la película abandonar su tono casual. De hecho, la secuencia más larga e importante de la película tendrá que ver con una extravagante carrera de resistencia que se lleva a cabo todos los años adentro de Campo de Mayo y que tiene el desacertado nombre de «Killer Race».

Y si bien esa manera de lidiar visualmente con los espacios de la dictadura fue siempre una característica de las películas del director de EL PREDIO, lo que aparece acá tiene un formato diferente ya que Perel parece acercarse a esos escenarios de una manera un tanto menos respetuosa que en sus films anteriores, traspasando esa frontera física pero también mental que implica meter la cámara adentro de esas instalaciones llenas de historias temibles para notar también, si se me permite el cliché, la parte banal de nuestra autóctona versión del mal.

Los corredores sacándose selfies mientras superan obstáculos militares o la chica que embotella tierra para venderla en marchas como si fueran pedazos del Muro de Berlín (la parte que parece más ficcionalizada de todas) personifican, a su manera, las formas en la que la Historia continúa viva en el presente. Como una especie de Forrest Gump del subdesarrollo, Bruzzone corre y corre a través de sucios y destartalados kilómetros (muchos de ellos convertidos en basurales) tratando de entender cómo esa fuerza centrífuga lo sigue atrapando y no lo deja partir. La historia, a veces, tiene una curiosa manera de hacerse presente.