Berlinale 2022: crítica de «Rimini», de Ulrich Seidl (Competencia)

Berlinale 2022: crítica de «Rimini», de Ulrich Seidl (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
11 Feb, 2022 06:55 | Sin comentarios

El nuevo film del director austríaco cuenta la historia de un veterano cantante melódico que trabaja en hoteles turísticos italianos donde se reencuentra con su hija, a la que no ve hace muchos años. Con un extraordinario Michael Thomas.

Si uno lee la descripción de la trama de RIMINI, la primera película de Ulrich Seidl desde SAFARI (2016), podría pensar que está ante la más convencional de las historias del habitualmente áspero realizador. Pero poco y nada en su cine es convencional así que, si bien el punto de partida puede parecer clásico, su desarrollo y su estética son completamente personales, más cerca a lo que uno podría imaginar del director de DOG DAYS. El cruce, de todos modos, es raro y produce algunas fricciones que son durante gran parte del tiempo muy efectivas pero terminan incomodando un poco sobre el final. Pero eso, se sabe, es lo que el austríaco en el fondo quiere.

Richie Bravo es un personaje casi típico, de esos que hemos visto muchas veces en el cine. Sin ir más lejos, la película argentina BANDIDO, con Osvaldo Laport, tiene un punto de partida parecido. Es un cantante melódico que seguramente ha tenido un gran éxito en los años ’70 u ’80 –nunca se aclara pero por la estética y las referencias es esa la época– y que hoy sobrevive cantando en hoteles y restaurantes para jubilados nostálgicos. Su look es una mezcla del Johnny Hallyday veterano con un Mickey Rourke con menos operaciones en la cara. Y su estética es típica: tapado enorme de piel, camisa abierta, pelo teñido y un departamento lleno de memorabilia de aquellos años de gloria.

Richie tiene una particularidad. Su «centro de operaciones», por llamarlo de alguna manera, es la ciudad de Rimini, en Italia, que evidentemente es una gran atracción turística para personas mayores de Austria y Alemania. Pero RIMINI no comienza allí sino en Austria, ya que el hombre debe regresar a su país por la muerte de su madre. Allí vive su hermano menor mientras que su padre, Ekkehardt (interpretado por Hans-Michael Rehberg, en su último rol antes de morir), está internado en un geriátrico, con visibles señales de demencia. Tras despedirse de ambos en una serie de rituales que incluye beber, disparar armas y cantarle a su difunta madre una canción romántica en el sepelio, Richie vuelve a Italia donde lo vemos, ejem, en su salsa.


El tipo se gana la vida cantando en hoteles ante parejas de jubilados que lo miran –especialmente ellas– extasiados. Es invierno en la ciudad y no parece haber mucha más gente que la que lo ve cantar. Y tampoco son tantos. Además de sus shows con melodías románticas y sus tragos en los tristes y semi-vacíos bares de esos hoteles, Richie parece tener un negocio paralelo con sus «chicas», que le pagan por noches de sexo. Pero su vida rutinaria se altera cuando en uno de esos bares ve que lo mira una chica más joven. El flirtea con ella pero pronto se da cuenta que no es una fan. Es su hija, treintañera, a la que no ve desde niña. ¿A qué ha venido la mujer, acompañada de su muy serio y casi amenazante novio? A pedirle el dinero que le debe ya que, previsiblemente, Richie Bravo jamás le pasó un euro a su madre.

Se trata, en los papeles, de una trama que parece tener todo para volverse convencional: padre abandónico que, ya veterano, tiene una segunda oportunidad para humanizarse ayudando a su hija, la que claramente atraviesa una difícil situación económica. Pero no, RIMINI no irá por ahí. O no del todo. Richie se sensibilizará con el reencuentro e intentará darle una mano, pero al tipo no le sobra un euro, no cobra mucho por sus shows y no le será nada sencillo obtenerlos. Y la chica, que vive en una casa rodante con su novio y varios amigos o familiares de él, todos inmigrantes de Medio Oriente, se volverá más exigente, presionándolo y no aceptando disculpas ni explicaciones.

Seidl no regalará ternura y abrazos, se pueden imaginar. Cuando parece que la tristeza y melancolía de Richie irá llevando a la película a una zona más sensible y humanista –sus encuentros sexuales con sus fans tienen, pese a su tono frontal, un costado tierno–, una serie de hechos hará que tengamos que volver a tomar distancia respecto a sus personajes. Y si bien Richie termina siendo una criatura fascinante, con su engañoso y casi patético carisma, por el otro lado la película bordea peligrosamente con el racismo y la xenofobia. El realizador tiene la habilidad suficiente como para que cada uno pueda interpretar lo que sucede a su manera, pero en su necesidad de escaparle a los convencionalismos de un final feliz, por momentos Seidl toma decisiones que son un tanto incomprensibles, de esas que parecen puestas más para que la gente salga del cine debatiendo que por una lógica dramática interna.

En paralelo –casi como un homenaje a Rehberg– la película nunca abandona del todo a su padre y a la compleja relación que tiene con Richie. Y si bien en el geriátrico Seidl puede dar rienda suelta a ese tipo de encuadres ásperos característicos de su cine, allí aparece un grado de humanidad y cariño que atraviesa la buscada fealdad de sus planos. El otro gran secreto de RIMINI, obviamente, es la actuación de Michael Thomas (IMPORT EXPORT), quien no solo canta él mismo sus canciones (que parecen clásicos melódicos pero fueron compuestos especialmente para el film) sino que logra transmitir el encanto y la tristeza de este cantante alcohólico y solitario, que sobrevive gracias al cariño, pago o no, de sus «chicas». Su enorme figura, con su gigantesco tapado de piel cruzando las nevadas playas italianas, dice mucho más acerca del personaje y de su historia que algunos aspectos de la trama. En esas caminatas está expresado absolutamente todo lo que la película tiene para contar acerca de este fascinante personaje.