Series: reseña de «The Marvelous Mrs. Maisel: Temporada 4 – Episodios 1/2», de Amy Sherman-Palladino (Amazon Prime Video)

Series: reseña de «The Marvelous Mrs. Maisel: Temporada 4 – Episodios 1/2», de Amy Sherman-Palladino (Amazon Prime Video)

La cuarta temporada de esta excelente comedia encuentra a su protagonista regresando a Nueva York para retomar su carrera como comediante en los clubes nocturnos de la ciudad. Con Rachel Brosnahan, Alex Borstein, Tony Shalhoub y Kevin Pollak. En Amazon Prime Video.


La existencia de una serie como THE MARVELOUS MRS. MAISEL (LA MARAVILLOSA SEÑORA MAISEL) es una verdadera curiosidad. Se trata de un show acerca de una joven neoyorquina casada, con hijos y de buen pasar económico que, en la década del ’50, descubre su talento para la stand up comedy y cambia su vida (casi) por completo, empezando a rondar el mundo del espectáculo, los bares hipsters del Village y luchando por triunfar a su manera, algo prácticamente imposible para una mujer en esa época y en ese rubro. Con ese material, uno imagina, se podría hacer una buena película o, en el mejor de los casos, una breve serie de culto. Pero no. La otra y aún mayor curiosidad del show creado por Amy Sherman-Palladino es que un éxito. Un enorme éxito de esos que acumulan nominaciones, premios (ya ganó 20 Emmys y tres Globos de Oro) y notas en todos los medios.

Además de esas dos curiosidades –su existencia y su éxito– hay otra que para mí las supera. Me refiero a su estilo. No es una serie moderna –no está editada a las apuradas ni la pantalla llena de mensajes de texto, por obvias razones– sino que está narrada como una veloz comedia de la época de oro de Hollywood. Es una masterclass de cómo hacer una comedia como ejercicio coreográfico, no solo visual sino también verbal. MRS. MAISEL es uno de los mejores ejemplos (homenajes, reconstrucciones) de un estilo que está desapareciendo: la comedia inteligente, punzante, de diálogos precisos y rápidos lanzados como estocadas y respondidos con la misma celeridad y talento. SUCCESSION, de HBO, utiliza por momentos este sistema, pero su historia está más conectada con el mundo actual. El show de Sherman-Palladino (GILMORE GIRLS) es como una comedia de Woody Allen en tono de bebop, la Nueva York de los ’50 en tempo del jazz más febril.

Y esto no solo sucede en las idas y vueltas verbales. Visualmente, MRS. MAISEL se introduce en otro coordinado ritmo, uno ligado a largos planos, planificaciones de movimientos de personajes en el espacio que parecen coreografiados al detalle, con gente que entra por puertas, sale por puertas, media docena de personas conversando entre sí mientras todas avanzan (como en el primer episodio de esta temporada) dentro de un parque de diversiones o, poco después, mientras discuten todos sentados en distintos carros de una rueda de la fortuna, la famosa Wonder Wheel de Coney Island. Qué es lo que dicen allí quizás sea menos importante que cómo lo dicen y cómo están rítmicamente montados los planos. Es una secuencia para ver varias veces –lo mismo pasa con otra del primer episodio que encuentra a la protagonista y a su agente en un taxi–, un ejemplo de factura profesional perfecta que va más allá del homenaje.


Y lo más, si se quiere, humillante de la serie es que también es muy divertida. No solo está muy bien actuada y dirigida, casi siempre por Amy o por su marido y socio Daniel Palladino, con el talento para el detalle de los grandes (Ernst Lubitsch, Billy Wilder, Preston Sturges) sino que también logra ser muy graciosa e inteligente en cada uno de sus intercambios y en las complicaciones que atraviesa la protagonista. Si la serie tiene una limitación quizás tenga que ver con que a veces su preciosismo y esa misma celebrada atención al detalle puede distraer de la historia. Como pasa con algunas grandes canciones –en algún punto, cada temporada de MRS. MAISEL es como un álbum musical–, todo suena tan perfecto que uno puede no llegar a prestarle demasiada atención a la letra. No llega a generar el efecto de algunas películas de Wes Anderson, en las que la perfección de la puesta en escena puede llegar a abrumar a la trama, más que nada porque los instintos de sus creadores van por el lado del clasicismo. Pero es uno de los riesgos que puede correr. Y la tercera temporada fue un poco víctima de ese regodeo.

La cuarta temporada parece marcar un regreso a las bases. Y si bien está llena de escenas perfectas en su factura mecánica, las dos primeros episodios al menos no tienen la ambición apabullante de los largos planos secuencia que sobraban en la anterior. Son más efectivos y llaman un poco menos la atención sobre sí mismos ya que están en función de la historia. DE ACA EN ADELANTE SPOILERS PARA LOS QUE NO VIERON LAS TEMPORADAS ANTERIORES. La historia arranca con un flash-forward en el que vemos a Midge (la extraordinaria Rachel Brosnahan) haciendo su stand up más personal en un café del Village, de esos shows que en ese momento eran riesgosos ya que las «malas palabras» solían rápidamente convocar a la policía. Vestida toda de negro en lugar del habitual desfile de vestuarios coloridos de su personaje, nos deja entrever que la chica eligió hacer un recorrido distinto al de la temporada anterior. Abandonar el mundo más comercial de abrir grandes shows para cantantes en hoteles y salas de conciertos y centrarse en la comunidad hipster neoyorquina, allá por donde circula su amigo Lenny Bruce y en donde lo que se gana en actitud y «onda» se pierde en dinero.

Pronto volveremos a la «actualidad» (un 1960 en el que la historia se empieza a cruzar estéticamente con MAD MEN, una serie con la que tiene bastante en común) y veremos las consecuencias del final de la tercera temporada, en la que fue despedida de la gira por Europa por el cantante soul Shy Baldwin. En crisis, sin dinero, con enormes deudas con su ex suegro Moishe (Kevin Pollak) al que le había pedido un enorme adelanto, con su manager Susie Myerson (Alex Borstein) que le debe plata a ella pero que tampoco tiene para pagarle porque se la gastó en el juego, Midge tiene que patear pagos para adelante (hay una gran escena que muestra eso) mientras lidia con el regreso a su casa matrimonial en el Upper West Side de Manhattan que, claramente, no puede mantener. Y llevar a sus padres a vivir con ella tampoco la ayuda demasiado. Digamos que más bien sucede todo lo contrario. Su padre Abe (Tony Shalhoub) gana muy poco dinero como crítico de teatro para el Village Voice pero su mundo sigue girando como si todo fuera normal. Y no, no lo es.

El recorrido para que Midge se reencuentre consigo misma, con su propia voz como comediante, estará plagado de interferencias, el caos típico de cualquier familia (y si la familia es judía todavía un poco más) que es el que va llevando la narración hacia adelante. Su ex marido Joel (Michael Zegen) sigue con su club nocturno ubicado arriba de un antro del juego manejado por una familia china mientras que sus padres quieren «engancharlo» con una chica local sin saber que él tiene la relación con Mei Lin (Stephanie Hsu), la ¿hija? de los dueños del salón chino del subsuelo. En los dos primeros episodios todavía no aparecieron los nuevos personajes ni los actores anunciados para esta temporada (como el realizador John Waters, Milo Ventimiglia, Kelly Bishop y Jason Alexander, el «George» de SEINFELD, que ya había aparecido brevemente en la anterior) pero sí reaparece una que fue importante en la temporada pasada: Sophie Lennon (Jane Lynch), ya verán en qué situación.

THE MARVELOUS MRS. MAISEL –cuyos episodios subirán a la plataforma de Amazon Prime desde este viernes a razón de dos por semana hasta llegar a los ocho– es un divertimento apasionante. Si bien su eje temático central, que tiene que ver con la autosuficiencia de su protagonista en una época en la que no era común ver a mujeres tan independientes como ella, es importante como background organizador de los hechos, gran parte del tiempo uno lo pasa viendo una comedia de enredos clásica, liviana, fascinante en detalles como reconstrucción de época, música (ver playlist abajo) diseño de producción y vestuarios. Y, como mencioné al principio, como una clase maestra de construcción de ficción en la que todos los elementos centrales a cualquier proyecto (guión, realización, actuación) funcionan al unísono, controlados por alguien que tiene una mirada clarísima de qué es lo que quiere contar y cómo. Ese mundo puede interesar más o menos a los espectadores –dependerá de su fascinación por ese universo tan insular y específico– pero lo que no se puede negar es la inmaculada perfección del producto final. Es una serie que, como su protagonista, tiene algo importante para decir pero jamás se olvida cómo se tiene que vestir para cada ocasión.