Series: crítica de «Los diarios de Andy Warhol», de Andrew Rossi (Netflix)

Series: crítica de «Los diarios de Andy Warhol», de Andrew Rossi (Netflix)

Esta serie toma como punto de partida los publicados diarios íntimos del artista para hacer un recorrido por su carrera centrado en sus relaciones personales y en su obra a lo largo de la última década y media de su vida.


Se dice y no sin razón que el mundo actual, con su obsesión por las celebridades, fascinaría a Andy Warhol. Que las redes sociales, la virtualidad, la intervención sobre la cultura popular, la reproducción mecánica y la brevedad del ciclo de noticias (los famosos 15 minutos de fama) serían algo así como la realización de los sueños húmedos, las profecías cumplidas de un artista que solía pensar en esos términos medio siglo antes de la aparición de Instagram. Pero hay algo, sin embargo, que hace ruido en ese imaginario y esta realidad. Algo con lo que LOS DIARIOS DE ANDY WARHOL, el excepcional documental centrado en sus escritos íntimos, trata de lidiar.

Warhol era famoso, entre muchas otras cosas, por ser inaccesible en lo relacionado a su vida privada. Tenía siempre esa actitud de observador alejado, distante, al que le gustaba que lo consideraran una «máquina». Descreía del significado, se desinteresaba de las explicaciones de su obra, miraba todo con un pie afuera y el otro adentro. Encontrar puntos en común entre la psicología del artista –sus traumas, sus experiencias, su personalidad, su historia de vida– y su obra no estaba entre sus pasiones.

Sus diarios, sin embargo, funcionaban como la puerta de entrada a esa «vida interior» que él fingía no tener o a la que, consideraba, no había que tener en cuenta. THE ANDY WARHOL DIARIES, sin embargo, hace centro en eso, quizás porque una de las cosas de la cultura pop actual –una que a Warhol no le interesaría– pasa por conocer y atar cabos entre el arte y el artista. Dicho de otro modo: un documental como este, fascinante y contradictorio, quizás a su propio autor no le habría interesado demasiado.


¿Por qué? Básicamente porque, más allá de la inmensa cantidad de material que ofrece a lo largo de sus largos seis episodios que cubren hasta episodios menores en su vida, su eje pasa por su vida privada. Sí, su obra es analizada, discutida y comentada por decenas de importantes amigos, artistas y especialistas (el listado completo lo pueden encontrar acá), pero al basarse en sus diarios íntimos, publicados en 1989 –dos años después de su muerte–, la cuestión pasa fundamentalmente por explorar las revelaciones y las historias que allí se cuentan.

La serie funciona muy bien de todos modos porque la vida privada de Warhol abre las puertas a explorar todo lo relacionado también con su carrera. Y es así que hay suficiente material aquí para los que estamos más interesados en su obra artística que en sus romances, opiniones o fastidios personales. Pero el título lo deja en claro y nadie puede «irritarse» porque la serie no sea un documental centrado en su trabajo.

Lo mismo pasa con una larga etapa de su vida y de su carrera que es revisitada velozmente en menos de medio episodio: los años ’60. La que quizás fuera la década más importante y creativa de Warhol es resumida de una manera excesivamente simplista aquí (sus películas se analizan en dos minutos, sus trabajos de la época apenas se los comenta y creo que a Velvet Underground ni siquiera la mencionan), algo justificado básicamente porque comenzó a escribir sus diarios a mediados de los ’70. Y no incluyen nada de todo eso.

De todos modos la serie no es una estricta lectura de los diarios, sino que usa algunas de sus entradas a modo de disparadores de temas, relaciones, personas con las que se cruzó en su vida. Usando a un actor (Bill Irwin), con su voz modificada via inteligencia artificial (algo que fue aprobado por los que hoy cuidan su obra), LOS DIARIOS DE ANDY WARHOL son leídos por una voz que suena mecánica pero perturbadoramente igual a la suya y que va dándole el tono entre analítico, reflexivo, algo depresivo y meramente informativo de esos textos.

La serie hará eje en muchos de sus miedos y traumas personales (se veía y consideraba físicamente desagradable, vivía su homosexualidad con enormes dificultades y le costaba conectar con la gente) y en tres de las relaciones más importantes que Warhol tuvo en su vida personal. Dos de ellos fueron parejas suyas: Jed Johnson, en los años ’70, y Jon Gould, en los ’80. Y el tercero, Jean-Michel Basquiat, con el que tuvo una relación más compleja pero que en apariencia no fue sexual. Cada una de esas relaciones amerita un episodio o más de la serie y sirven no solo para conocer más acerca de su vida sino para entender las dificultades que las rodeaban.

Cierta homofobia rampante (menor en los ámbitos del under neoyorquino que habitaba, pero igualmente presente en la cultura), sumada a la brutal y devastadora llegada del VIH/SIDA, son algunas de las claves para analizar el contexto que acompañó esas relaciones a lo largo de esas dos décadas. Y el documental las usa como disparadores de una mirada más abarcadora sobre la cultura popular de entonces y de su obra. La de Basquiat es más interesante aún porque conecta de manera más directa con su trabajo, con el choque generacional entre artistas, con la relación con el dinero y con algunas preguntas sobre temas raciales que no suelen analizarse en relación a Warhol.

Pero más allá del interés que uno pueda o no tener por sus problemas de alcoba, la serie logra escapar a esa encerrona gracias a la abundancia de grabaciones, filmaciones, inteligentes comentaristas (muchos de los cuales son bastante críticos con Warhol) y detalles que ofrece y que transportan al espectador directamente a los años ’70 y ’80, a la Nueva York de Studio 54, de la aparición de MTV, de la llegada del VIH/SIDA con las espantadas reacciones que eso produjo (incluyendo al propio Andy, cuyos comentarios al respecto son, digamos, un tanto ásperos) y de los grandes cambios culturales que se produjeron en esa década y pico que cubren sus diarios.

Pese a su extensión, no es un documental exhaustivo ni uno que sirva del todo para explicar y analizar su obra. Producido por Ryan Murphy y estrenado por Netflix, no sorprende que el eje pase por su vida privada, por «humanizar» a un artista al que no le interesaba ser humanizado (más bien todo lo contrario) y por plantear conexiones muy siglo XXI –y propias de la llamada cultura woke— acerca de sus posiciones personales sobre temas clave como la homofobia o el racismo y cómo eso puede afectar a la hora de leer, pensar y analizar sus obras. En lo personal disiento bastante con este tipo de lectura (resumible como «no se puede separar el arte del artista») y estoy seguro que a Warhol no le interesaría tampoco.

De vuelta, al usar sus diarios íntimos como punto de partida, Andrew Rossi está en todo su derecho de haber elegido su vida privada como puerta de entrada al mundo Warhol. Y si esos «enredos de alcoba» sirven para que un espectador que apenas conoce a Warhol por su icónica peluca, sus latas de sopa Campbell o sus serigrafías sobre Marilyn Monroe y otras celebridades pueda meterse a fondo en su obra y explorar muchas zonas que el documental deja de lado (los años ’60, especialmente), bien vale la pena la decisión.

Es cierto que muchos aspectos de la vida actual habrían fascinado a Warhol: la inmediatez, la conectividad virtual, los memes, Instagram, TikTok (¿hay algo más 15 minutos de fama que eso?), la fascinación por los ricos y famosos con sus excentricidades, la desaparición de la frontera entre arte y comercio, la omnipresencia de la publicidad y así, ad infinitum. No estoy tan seguro que suceda lo mismo con la obsesión por tratar de desentrañar las vidas privadas de todo el mundo o por la corrección política imperante que pretende juzgar a un artista por cada cosa que hace, dice o haya hecho o dicho alguna vez en su vida. Y este documental existe justo en el medio de esa fascinante serie de contradicciones.