Cannes 2022: crítica de «Decision to Leave», de Park Chan-wook (Competencia)

Cannes 2022: crítica de «Decision to Leave», de Park Chan-wook (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
23 May, 2022 08:58 | Sin comentarios

Un policial que homenajea a los clásicos del cine negro pero con la particular impronta, talento y también excesos del realizador coreano de «OldBoy».


Palabras como suntuosa, elegante, refinada y tortuosa se le pueden aplicar a muchas de las películas de Park Chan-wook. También algunos términos un poco menos cariñosos como sobreescritas y sobredirigidas. DECISION TO LEAVE es todo lo anterior, todo junto, todo el tiempo. Un rebuscado y romántico film noir que pierde demasiado tiempo en ser más complicado de lo que necesita, especialmente cuando tiene una dupla protagónica que no precisa tanta trama ni tanta decodificación de mensajes vía productos de Apple para convencernos que algo pasa ahí.

Quizás, como sucede con ciertos clásicos del film noir, esta sea una de esas películas que ganan al ser vistas más de una vez, sin que uno necesite estar todo el tiempo pendiente de las complicaciones policiales que, a la larga, restan más que sumar. Si a eso se le suma que Park hace complejo todo lo que puede ser simple, enredado todo lo que podría ser claro y espeso casi todo lo que sería mejor liviano, uno termina sintiendo que hay una romántica obra maestra de 100 minutos dentro de un abrumador policial de 140.

DECISION TO LEAVE arranca en medio de la marcha, con esta costumbre tan del cine coreano reciente de sacudir con un montón de información al espectador cuando todavía se está acomodando en la silla. Pero de a poco se va aclarando el panorama. O parte de él. Hay un detective con insomnio llamado Hae-joon (Park Hae-il), que está casado con Jung-an (Lee Jung-hyun, excelente como ocasional comic relief) y hay un caso policial extraño por resolver: un hombre, montañista, se ha caído brutalmente de uno de los picos a los que suele subir, muriendo en el acto. ¿Fue accidente o asesinato?


Rápidamente las pistas parecen indicar que la responsable puede ser su mujer, Seo-rae (Tang Wei), una mujer china que vive en Corea y que tiene un limitado conocimiento del idioma, lo que provoca más de una confusión en el protagonista, algunas de las cuales parecen perder sentido en el subtitulado. Ella se dedica a atender ancianos en un geriátrico y tiene marcas de haber sido agredida por el que parece haber sido un marido violento. Todo indica que fue ella (tampoco se la ve muy dolida por lo sucedido), pero la chica tiene su adecuada coartada y, más importante que eso, ha conseguido enamorar, seducir o intrigar lo suficiente a Hae-jon, como para que el hombre no sepa muy bien qué hacer con el caso. ¿Ir a fondo, investigar y acusarla? ¿O mirar para otro lado y dejarse llevar por la pasión que le despierta?

Como buena femme fatale de policial, Seo-rae no da pistas del todo claras sobre si realmente se interesa por su «perseguidor» o si está manipulándolo, jugando con sus emociones, como las divas del cine negro. Todo esto, que suena elegante y clásico, queda bastante hundido en el fondo de los detalles de la investigación, que se van resolviendo a través de tecnologías digitales (celulares, relojes, grabadoras, apps de ejercicios, traductores automáticos) y demasiados giros puntuales sobre el caso en sí. Caso que, convengamos, parece bastante obvio de entrada.

El cine policial clásico como el que homenajea Park era económico, escueto, efectivo. Las tramas de Raymond Chandler o Dashiel Hammett podían ser enredadas pero en 90, 100 minutos uno tenía un producto perfecto que nunca abrumaba al espectador desde las marcas del realizador. Park (como Guillermo del Toro en la reciente NIGHTMARE ALLEY) hacen covers larguísimos y rebuscados de esos mismos films. Y si bien Park acá logra ser ligero y gracioso en varias ocasiones, a veces se deja llevar por la necesidad de mostrar lo que es capaz de hacer (con la puesta en escena, fotografía y sonido), problema que viene teniendo hace ya bastante tiempo.

Con esto quiero decir que a los 90 minutos, cuando un policial clásico iría pegando la vuelta para cerrar todo con moño, Park empieza de nuevo. No diremos con qué para no spoilear el asunto, pero si fuera una serie sería un segundo episodio. Bah, en función de todo lo que pasa después de ese break que dice «13 meses después» bien podría ser una segunda temporada completa de diez episodios más.

El corazón romántico que late a través de la historia va cobrando cada vez más peso y la sensación que uno tiene cuando DECISION TO LEAVE va llegando a su retorcida definición es que la película estaba todo el tiempo ahí, adelante de todos, y que tanto ellos como nosotros estuvimos demasiado tiempo perdidos con el (o los) McGuffin en cuestión. Ya lo saben. Hitchcock inventó ese término para referirse a la excusa narrativa y argumental que debería servir para lo que finalmente es lo importante: los personajes y sus relaciones. 

Park entiende eso muy bien pero se deja llevar por su capacidad para inventar trucos de magia (visuales y narrativos) y eso le hace perder el eje, dejar un poco de lado el corazón de la historia. Al menos esa es la sensación que se tiene la primera vez que uno la ve. Seguro que DECISION TO LEAVE mejora y mucho en una segunda visión, ya uno desentendiéndose de los incontables mensajes de texto y los traductores simultáneos y ocupándose de lo que importa: las emociones que brotan en el perturbado corazón de los protagonistas.