Estrenos online: crítica de «El fotógrafo y el cartero: el crimen de Cabezas», de Alejandro Hartmann (Netflix)

Estrenos online: crítica de «El fotógrafo y el cartero: el crimen de Cabezas», de Alejandro Hartmann (Netflix)

A 25 años de los hechos, este documental reconstruye la investigación del asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas instigada por el empresario Alfredo Yabrán. Tras su paso por el BAFICI, se estrenará en Netflix el 19 de mayo.

Las noticias, cuando se experimentan en vivo, van generando modificaciones graduales que, de algún modo, le dan sentido al conjunto. De a poco, día a día y a través de los medios de comunicación, una cosa va transformándose en otra y a lo largo de un tiempo estamos, fundamentalmente, ante una nueva realidad. Así funcionan también las teorías conspirativas: un pequeño y gradual paso diario hace natural y creíble casi cualquier cosa, hasta que algunos crean que la tierra es plana. Todos creemos estar exentos de esto, pero no lo estamos. Vean, sino, el Caso Cabezas.

Retomar ese brutal crimen que shockeó a la Argentina a fines de los ’90 permite observar el asunto desde la distancia, desde un marco más amplio de época. Y ese es uno de los logros de este documental: contextualizar el asesinato del fotógrafo de la revista Noticias en una década plagada de, digamos, «crímenes mafiosos», o que tenían muchas de esas características. El día a día puede haber estado plagado de pericias, confesiones, sospechas y datos –vemos el árbol más que el bosque–, pero la mirada que da el tiempo permite invertir los términos.

Siendo un periodista profesional ya en esa época siempre me pareció extraño que asesinen a un reportero gráfico por sacar una foto. Por lo general –no siempre, claro está– los fotógrafos de medios gráficos suelen encargarse de tareas solicitadas por un editor o periodista, que son los que suelen estar más involucrados directamente en las historias o investigaciones que pueden provocar escozor en los investigados. Si una revista hace una nota sobre la «maldita» Policía Bonaerense o sobre un empresario de enorme poder como Alfredo Yabrán uno imaginaría que la potencial víctima sería el periodista. Pero aquí, en el medio, hubo una foto de alguien que no quería ser fotografiado. Y eso desató el escándalo. A la distancia, parece bastante absurdo. Quizás no lo sea, pero hay que ponerlo en contexto.


EL FOTOGRAFO Y EL CARTERO no desaprueba ni pone en duda la resolución del caso ni aporta elementos para repensar lo que sucedió. Lo que hace es recordarlo, paso a paso, con sus giros, falsos culpables, sospechosos varios y el acercamiento a la verdad, además de lo que pasó luego con el suicidio (puesto en duda entonces) del empresario en cuestión. Pero al contextualizarlo en la batalla política entre el entonces presidente Carlos Menem y el gobernador de la provincia de Buenos Aires Eduardo Duhalde, con Domingo Cavallo de por medio, y con acusaciones cruzadas de todo tipo, la película parece apoyar la teoría de que Cabezas no fue asesinado solo por una foto sino como un pase de facturas mafioso entre uno y otro bando de esa disputa.

Con un sistema tradicional de entrevistas y archivos –y sin el morbo familiar bizarro que transformó en apasionante, televisivamente, al caso María Marta–, EL CRIMEN DE CABEZAS permite entender el caso en función de otros raros asuntos de esa década, incluyendo el «accidente» mortal del hijo de Menem y el propio suicidio de Yabrán, quizás otra pieza dentro de un juego político bestial. No se explora demasiado cuáles pueden haber sido los secretos o negociados que llevaron a que eso sucediera, pero la distancia sirve para abonar la teoría de que el asesinato del reportero gráfico fue un mensaje mafioso entre pesos pesado de la política nacional.

Más allá de esto, la película logra ser efectiva en su relato de los hechos, sin la expansión al formato serie que suele extender todo por más tiempo del necesario. Los que lo vivimos, como decía, podremos recordar los hechos y ponerlos en un contexto más general de la época y de lo que sucedería después. Los que no habían nacido o eran muy chicos entonces (sí, ya pasaron 25 años) podrán seguir la historia como si fuera un policial de investigación, con sus idas y vueltas. Muy «a la nuestra», claro está, pero con los atractivos y personajes (como «Pepita la Pistolera») que eso también tiene.

El crimen de Cabezas, más allá de los justos homenajes y reclamos, no ha modificado demasiado la relación entre la política, los empresarios y el periodismo. De hecho, se podría decir que esa relación hoy es más turbia e interconectada que nunca, o al menos es más evidente que lo es. Solo basta observar las noticias de cada día para darse cuenta. Quizás hoy esos asuntos no se resuelvan de ese modo criminal sino por otros medios, más sinuosos, económicos o judiciales. Pero la situación no ha mejorado en absoluto. Y si bien los autores materiales del crimen han recibido algún tipo de castigo (ya verán qué pasó desde las condenas hasta ahora), en lo esencial los autores intelectuales siguen siendo impunes.