Estrenos online: crítica de «Pipa», de Alejandro Montiel (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Pipa», de Alejandro Montiel (Netflix)

Mezcla de western y thriller, esta película encuentra a la ex policía «Pipa» Pelari metiéndose en un complicado caso criminal en el norte argentino. Con Luisana Lopilato, Ariel Staltari, Mauricio Paniagua, Paulina García e Inés Estévez. Estreno de Netflix.


Mezcla de western y policial que transcurre en el norte argentino, PIPA es la tercera entrega de la saga centrada en la mujer policía (ahora ex policía) que se apoda de ese modo e interpreta Luisana Lopilato. Dirigida, como las dos anteriores, por Alejandro Montiel, esta película se beneficia de un escenario y un tono específico ligado a la locación del noroeste (se filmó en Salta y Jujuy) pero, una vez planteado el conflicto, le cuesta evitar los lugares comunes habituales a este tipo de guiones hechos más en base a formatos que a otra cosa.

Manuela «Pipa» Pelari ha dejado forzosamente la fuerza policial luego de los conflictivos eventos de LA CORAZONADA y hace ya varios años está radicada en un pueblo del norte llamado La Quebrada, en apariencia tranquilo, en el que vive con su hijo Tobías, de unos doce años, y su relajada tía Alicía (la actriz chilena Paulina García). Cuando parece que le espera una existencia de calma y tranquilidad le toca vivir la que seguramente será la situación más violenta y caótica de la historia de esa población. Mala suerte tiene la Pipa, parece.

Una película más específica y ubicada en un espacio un tanto más real que la anterior, PIPA tiene como eje de sus conflictos a una fiesta que se desarrolla en el caserón de la familia poderosa de la ciudad, la del intendente. Allí hay una señora muy patrona de estancia llamada Etelvina (Inés Estevez), su hija Mercedes que está a punto de casarse e irse a vivir a Londres con su pareja; el hermano de ella, Cruz, con el que la chica tiene una relación en exceso cercana, una chica de origen kolla contratada para el catering que es encontrada muerta al día siguiente, policías y políticos corruptos de todo tipo y color, y una persistente lucha racial y de clases entre los blancos acomodados y los miembros de comunidades locales y pueblos originarios que reclaman por sus tierras. Si a todo eso se le suman los conflictos de Pipa con su hijo –que le tomó el gustito a usar todas las armas que encuentra– estamos con los condimentos justos para un thriller violento.


Durante su primera hora los elementos se van sumando de una manera bastante prolija y competente, pero en un momento determinado (ya verán cuál es) la lógica empieza a desaparecer y las cosas explotan y se tornan violentas más por necesidad de la película que de los personajes, que cometen un injustificado desliz tras otro en un catálogo de incompetencias digno de ver. Pese a lo forzado de la trama, la acción del final también está manejada con cierta destreza –en plan western urbano pero con drones– aunque a esa altura es poco el interés que queda por la suerte de los, en su gran mayoría, desagradables personajes que pueblan la película.

Tratando de ser fiel a los modos de hablar locales, PIPA es un festín de genéricos acentos del NOA (Noroeste Argentino) que entran y salen según el actor y el contexto. Pero eso no es necesariamente grave. El problema de la película pasa por querer meter demasiados elementos en una misma trama (todo lo que puede pasar en un pequeño pueblo de provincia pasa todo junto en el mismo momento) y eso se advierte casi de entrada, ya por las tipologías de los personajes. Lo que queda es esperar casi dos horas para darse cuenta del cómo se dieron los hechos y no mucho más que eso.

Con un elenco que incluye a Mauricio Paniagua (MONZON) como el policía bueno y de origen kolla; su desagradable jefe corrupto (Ariel Staltari, de OKUPAS), un muy efectivo Santiago Pedrero como otro repulsivo oficial y Víctor López (el actor de MUERE MONSTRUO MUERE, película que seguramente vieron los realizadores y usaron como referencia visual para algunas situaciones) como un personaje misterioso que puede haber tenido que ver o no con la muerte de la chica, PIPA intenta mostrarse como una denuncia a los abusos de los poderosos en ese tipo de pueblos casi feudales. Pero se queda solo en el gesto y nunca es más que eso. No es un western con conciencia social sino más bien uno que utiliza ese «compromiso» como color local (como el de los cerros que rodean la zona) y como recurso dramático para que explote la violencia y ya.