Series: reseña de «Better Call Saul: Temporada 6/Episodio 10», de Vince Gilligan y Peter Gould (Netflix)

Series: reseña de «Better Call Saul: Temporada 6/Episodio 10», de Vince Gilligan y Peter Gould (Netflix)

Este entretenido y liviano episodio muestra a Saul ya convertido en Gene y lidiando, a su manera, con una potencial amenaza a su identidad secreta. En Netflix. SPOILERS!

Un descanso y una especie de divertimento después de dos seguidos cargados de emociones fuertes (spoilers de aquí en adelante), el episodio 10 de la última temporada de BETTER CALL SAUL bien podría ser uno de la serie FARGO mezclada, claro, con lo que ya conocemos de Saul Goodman en su versión BREAKING BAD. El pasado, por ahora, quedó atrás y este es el primer episodio de la serie en el que se narra una historia que empieza y termina en Omaha, donde Saul ahora está escondido y se hace llamar Gene Takovic, vendedor de un local de Cinnabon en un shopping de la ciudad.

Este es un episodio que requiere cierta preparación. Más que nada, recordar en qué situación estaba Gene la última vez que lo vimos, temporadas atrás. Algunos lo sabrán de memoria y otros deberán usar algún video de YouTube a modo de recordatorio, pero lo cierto es que Gene había sido descubierto como Saul Goodman por un taxista de Albuquerque que lo reconoció en el shopping. Asustado primero, Gene/Saul no pudo evitar «vanagloriarse» de sí mismo (o de tener un fan, digamos) y reconoció ser él diciendo su característica frase de presentación. Y cuando parecía que iba a escaparse otra vez de la misma manera que lo hizo del universo BREAKING BAD, el tipo decide volver a la aventura y solucionar el problema él mismo.

Enfrentar la amenaza de que el tipo revele su identidad es, evidentemente, una oportunidad para él de salir de esa existencia monocromática a la que se ha visto reducido. Y, siendo quién es, lo que Gene/Saul arma aquí es otro de esos elaboradísimos planes que solo pueden funcionar bien en el universo de Vince Gilligan y Peter Gould. Gene contacta a la anciana madre del taxista inventando que perdió a su perro (la legendaria comediante Carol Burnett), se hace amigo de ella de una manera típicamente «saulgoodmaniana» y luego convence a su hijo Jeff (Pat Healy que reemplaza a Don Harvey, que interpretó al personaje en su anterior aparición, algo que resulta un tanto confuso de entrada) y a un amigo suyo de sumarlo a una aventura criminal cuyo remate no lo conoceremos hasta el final.


Y la aventura en sí es un elaborado robo de ropa cara en el shopping, uno que pasa más por el arte de hacerlo que por la ganancia en sí, ya que implica un complicado trabajo de planificación y coordinación entre las partes. «Gene» tiene que distraer con charla y dulces al guardia de seguridad (el veterano «actor de reparto» Jim O’Heir, de PARKS AND RECREATION) durante el tiempo suficiente (tres minutos y algo) como para que Jeff entre al shopping, robe una serie de cosas específicas para lo que se entrenó con dedicación durante varios días o quizás semanas y salga metiendo todo en una enorme caja que es la misma en la que entró por la noche al establecimiento. Y, como todo puede fallar, habrá un problema durante el robo en sí –Jeff se patina y se desmaya por unos minutos en el piso– que Gene/Saul logra superar entreteniendo al guardia con una confesión que es bastante más honesta de lo que parece, quizás lo más cercano que tuvo el episodio al drama que atravesamos en el anterior.

Y todo parece concluir tal como estaba planeado, con el objetivo real revelado sobre el final: lo que Gene quería era tener atado de pies y manos, legalmente, a Jeff para evitar que lo denuncie o revele su identidad. Al haber cometido un crimen juntos, le explica, son cómplices. De tal manera, Gene puede meterlo en la cárcel cuando lo desee. Así, es de esperar, habrá bloqueado una posible denuncia. Pero, en realidad, lo que queda claro es que Saul no cabe en el cuerpo y en la mente de este Gene. Y que la decisión de lidiar él con el problema –y, especialmente, hacerlo de esta manera– es una forma de volver a ser quién era al menos por un rato, retomar la creatividad para el engaño que lo caracteriza, la misma que usó para liquidar, literalmente, a Howard Hamlin hace solo un par de episodios de la serie pero una vida antes en el tiempo «real». El plano del final deja en claro cuán cerca está de la tentación de volver a ese protagonismo que no puede tener si no quiere ser descubierto.

Salvo eso –que no es menor–, «Nippy» es un episodio transicional, un descanso liviano para engancharse con la parte más lúdica del mundo de las series de Gilligan, algo que viene de las épocas de BREAKING BAD: los planes excesivamente complicados, con miles de partes que se combinan entre sí. En lo personal, no es lo que más me interesa de estas series pero es indudable que sus creadores (el episodio lo dirigió Michelle MacLaren, que ya hizo varios de ambas) lo manejan muy bien, que saben crear suspenso, dosificar la información como para siempre sorprender al espectador, jugar con sus sospechas, modificar los aparentes desafíos y, en el momento menos pensado, tirar una sorpresa que modifique o altere los planes.

Es un especialidad de la casa que ahora se mudó a un nuevo escenario, con una lujosa fotografía en blanco y negro que respeta esta especie de formato noir que tiene todo lo que sucede en Omaha, Nebraska, desde que la serie fue mostrando esa locación. Es ese tono de zumbona comedia en clave policial negro en un paisaje nevado y con personajes un tanto bobalicones el que hace pensar en el mundo de FARGO. Pero nada es del todo gratuito en BETTER CALL SAUL y menos quedando solo tres episodios de acá hasta el final. Algo de lo que pasó aquí repercutirá en lo que se viene. Y el hecho de que haya sido un episodio hasta cierto punto relajado hace pensar que todas las flechas envenenadas quedaron guardadas para el cierre.