Estrenos online: crítica de «Los ladrones: la verdadera historia del robo del siglo», de Matías Gueilburt (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Los ladrones: la verdadera historia del robo del siglo», de Matías Gueilburt (Netflix)

Los responsables del atraco bancario que tuvo lugar en Argentina en 2006 y que fue calificado como «el robo del siglo» hablan y recrean el famoso hecho en este sorprendente documental. Estreno del 10 de agosto en Netflix.

En la perinola salió todos ganan«, dice Fernando Araujo, el cerebro del llamado Robo del Siglo que se cometió en Acassuso, ciudad del Gran Buenos Aires argentino, allá por 2006 y que generó una película llamada de ese modo (EL ROBO DEL SIGLO, de Ariel Winograd) y fue inspiración para la popular serie LA CASA DE PAPEL, además del previsible mito popular que se armó a su alrededor. Esa idea –la de un delito que no tuvo víctimas y del que todos sacaron, de distintos modos, algún provecho o beneficio– es la que le permite a Araujo tomarse de manera bastante lúdica y casi heroica el asalto al banco que hizo con otras seis personas y que sorprendió por su inteligencia, su originalidad y su total falta de víctimas. LOS LADRONES parte de esa premisa y hay que aceptarla antes de entrar en el juego. Si alguno no comparte ese punto de vista, el asunto le caerá un tanto más incómodo.

Es que los protagonistas del documental son los propios ladrones del banco –al menos, los cuatro principales– y aquí no solo cuentan en detalle qué hicieron antes, durante y después del delito sino que recrean ellos mismos algunas de las situaciones que vivieron en esos años de lidiar con la preparación, la acción en sí y las consecuencias. Hay una cierta suficiencia con respecto a su participación en el hecho –uno se vanagloria, otros dudan y el particular Araujo parece no haber quedado del todo contento con lo que él creía que iba a ser su «obra maestra»– que a veces contrasta con testimonios como los de un trabajador del banco o un guardia de seguridad que han quedado, especialmente el primero, visiblemente afectados por lo que vivieron ese día.

Si uno logra abstraerse de esos dilemas que la película reconoce de entrada al poner a Araujo dando su definición (equivocada, convengamos) de la diferencia entre ética y moral, LOS LADRONES se vuelve una experiencia extraña y disfrutable. Extraña porque no es usual que los condenados culpables de un delito den una suerte de masterclass o creativo TED Talk audiovisual acerca de cómo robaron un banco engañando a todos (policías, personal del banco, rehenes) para terminar errando del modo menos pensado. Y disfrutable porque, bueno, el cuarteto protagónico es realmente peculiar y fascinante, empezando por el citado Araujo, mezcla de filósofo, artista, poeta, yogui, maestro de arte marciales y cultivador indoor de marihuana al que se le dio por robar un banco, literalmente, por amor al arte. Para crear algo así como su masterpiece. Eso, al menos, es lo que dice haber querido hacer.


El uruguayo Luis Mario Vitette, también conocido como «el hombre del traje gris», es el otro gran protagonista del documental: un ladrón profesional, sí, pero no uno convencional, ya que tiene una historia, una personalidad y un histrionismo característicos que lo convierten en todo un personaje. El grupo lo completan Sebastián García Bolster, el «ingeniero» encargado de la parte mecánica del asunto (boquetes, construcción de túneles, etcétera) que no viene del mundo del hampa y Rubén de la Torre, un ladrón de la vieja guardia que fue el primero en entrar y el encargado de poner en marcha la parte «ficticia» del robo, la pantalla con rehenes que ocultaba que el verdadero asalto se estaba llevando en otro lado, en las cajas de seguridad del banco. Otros testimonios son de un guardia, de una rehén, de un empleado del banco y del propio Miguel Sileo, el negociador policial que fue víctima de los engaños verbales de Vitette.

Hay un dato importante que LOS LADRONES no utiliza lo suficiente. Si bien este tipo de «robos perfectos» a instituciones bancarias siempre son vistos con una mezcla de romanticismo y épica, uno de los motivos fuertes por el que el hecho se volvió célebre estuvo ligado a lo que había pasado en Argentina en 2001/2002 con la fuertísima crisis económica, el llamado corralito y el desprecio generalizado que había por los bancos. Si bien la película lo menciona, brevemente, entender ese contexto es importante para ponerse en cierto punto del lado de los ladrones. Es cierto que, por otro lado, los hombres no le robaron literalmente al banco sino los objetos y dineros personales de las cajas de seguridad de los clientes, lo cual es un tanto más gris «éticamente» hablando. Pero en este juego de la perinola en el que «todos ganaron», los criminales dejan entrever que hasta los que tenían sus cosas en las cajas de seguridad hicieron un buen negocio con el robo.

SPOILERS SI NO SABEN COMO TERMINO EL CASO

La captura de los responsables, semanas después de acontecido el robo, a partir del testimonio de la esposa de De la Torre que actuó como delatora (no por despecho ni celos, dice él, sino por plata), y lo que sucedió después –condenas, juicios, distintos tiempos de prisión, circunstancias personales– dejó distintas sensaciones en los miembros del «equipo». Uno de ellos siente que valió la pena haberlo hecho, otro cree que no fue un buen «negocio» entre el beneficio económico y la pérdida de años en cana, uno más cayó en una depresión al tener que recomenzar su vida con esa fama a cuestas y el artista, que siente que su prodigiosa puesta en escena fracasó por un detalle impensado, algo que todavía le cuesta aceptar.

FIN DE ZONA DE SPOILERS

En el documental cada uno de ellos habla y recrea sus actos por separado, dando a entender que fue imposible juntarlos. Es una lástima, ya que algún tipo de conversación grupal o de a pares podía haber generado interesantes resultados dramáticos. ¿Y el dinero que robaron y que nunca apareció? LOS LADRONES no responderá a ese misterio directamente, pero es dable pensar que si los cuatro decidieron participar de este documental –y cobrar un buen dinero por hacerlo, otro potencial dilema ético en puerta–, tampoco deben tener millones escondidos secretamente en algún lado. De haber sido así, estoy seguro, no estaríamos viéndoles las caras mientras cuentan sus hazañas criminales para «los giles» que miramos Netflix. Habría que ir a buscarlos a una isla perdida en medio de la Polinesia francesa donde seguramente estarían mirando EL ROBO DEL SIGLO sin poder evitar decirle a todo el mundo «¡Ese soy yo!»