Festivales: crítica de «Godland», de Hylnur Pálmason (Cannes/San Sebastián)

Festivales: crítica de «Godland», de Hylnur Pálmason (Cannes/San Sebastián)

por - cine, Críticas, Festivales
18 Sep, 2022 05:17 | Sin comentarios

La tercera película del director islandés de «A White, White Day» se centra en un cura y fotógrafo danés que viaja a Islandia a construir una iglesia a fines del siglo XIX.


Uno de los grandes descubrimientos y de los films más comentados de la última edición del Festival de Cannes, GODLAND es una película épica e intimista a la vez, bellísima desde lo cinematográfico y oscura desde las pulsiones que se van moviendo en su interior, pasando de momentos épicos y hasta imponentes a otros cómicos, extraños y cruentos. Este extraño relato acerca del viaje de un sacerdote danés a Islandia a fines del siglo XIX tiene algo de western crepuscular, con los helados parajes de ese país reemplazando a los típicos escenarios del oeste norteamericano.

Pálmason es dueño de un estilo curioso. El hombre es capaz de combinar momentos de humor propios del cine mudo con situaciones densas y violentas, utilizando siempre un formato visual muy cuidado desde lo fotográfico, con planos largos de observación que dan paso a otros íntimos y de casi incómoda cercanía. Si a eso se le suma una mirada muy personal respecto a la muerte, a los efectos de la naturaleza y al paso del tiempo mediante las elipsis, estamos sin dudas ante un cineasta original, de esos marcados a tener una carrera importante.

Ya desde el título GODLAND tiene una pretensión épica. Es una historia, más que nada, acerca de la extraña relación entre los daneses y los islandeses, dos países que en algún momento fueron uno solo (o uno imponiéndose sobre otro) y cuyos habitantes tienen sentimientos encontrados y ríspidos entre unos y otros. Pero ese, para el espectador internacional, puede terminar siendo un asunto secundario, ya que buena parte del problema se juega en la lengua, en los malos entendidos y en el uso de dos idiomas diferentes a través de la película. De todos modos, en sus casi dos horas y media de duración, uno tiene la impresión de que Pálmasson visualiza todo el proyecto como una oscura y cruenta épica sobre la fundación de una nación.


En los papeles, GODLAND narra el viaje de un cura danés a Islandia a construir una iglesia en un pequeño pueblo alejado de todo, un lugar helado y desapacible, habitado por gente seria, seca, en algunos casos hosca (no todos) y fría. El pastor luterano que la protagoniza, llamado Lucas (Elliott Crosset Hove), no parece estar del todo preparado para la tarea que le encomiendan. Un hombre joven e inexperto, más obsesionado por la fotografía (carga una pesada cámara a lo largo del viaje), da la impresión apenas se sube al barco que lo llevará a la isla que los lugareños no serán muy amables con él.

Durante su primera hora, la película mantiene un tono un tanto más glacial, de silencioso avance, de grietas e incomodidades que se van abriendo en el recorrido que el protagonista hace junto a su traductor (la película está un buen rato repitiendo y traduciendo, bordeando peligrosamente la incomprensión idiomática que se suma a la desconfianza nacionalista), para luego ir dando paso a algo así como un western de pueblo chico, conmovido por la llegada de un forastero que altera las costumbres cotidianas del lugar.

A la vez, las fotografías que toma Lucas son parte integral del relato, su inspiración (la historia, se aclara, se basa a partir de siete fotos encontradas, tomadas en la época, las primeras que capturan esa zona de Islandia) y las que le permiten a su director algunos de sus juegos formales y de puesta en escena más específicos. El realizador islandés de WINTER BROTHERS y A WHITE, WHITE DAY tiene un especial cariño por planos fijos y frontales (el formato es 1.33:1 del cine clásico), haciendo elipsis temporales sobre el mismo plano, generando con eso algunos efectos curiosos ligados al paso del tiempo y sus consecuencias. Y la toma de fotos, en esa época, le sirve a esos efectos.

El viaje que marca a fuego el relato es visualmente espectacular, pasando de amplios territorios y mares helados a volcanes en erupción, un paisaje lunar, extraterrestre, por el que Lucas y su grupo de acompañantes avanza, no sin problemas. A Lucas no le es fácil integrarse con los locales y sus costumbres le resultan un tanto pueblerinas o incomprensibles. Le causa gracia la cantidad de palabras distintas que usan para definir el hielo o la lluvia y hay un dejo de soberbia en su indisimulable incomodidad. En el fondo, se cree superior a los que lo rodean, o eso parece leerse en su por momentos indescifrable rostro.

Los mayores problemas los irá teniendo con un tal Ragnar (Ingvar Sigurðsson), un veterano hombre local que funciona como guía de la expedición y que, queda claro de entrada, no tiene simpatía alguna por el cura explorador, al que ve como un invasor. Es un enfrentamiento entre dos personajes pero también entre dos tradiciones, estilos y hasta formas de relacionarse con el mundo. La religiosa del danés y la más realista y dura del islandés, que desconfía del recién llegado y de su prédica, aún cuando por momentos intenta entenderla.

El clima del lugar, las enfermedades, la hostilidad mutua y las evidentes incomodidades del viaje harán efecto en Lucas, quien estará al borde de la muerte. De allí en adelante GODLAND se centrará en la llegada al pueblo, la construcción de la iglesia en sí y las relaciones que el cura mantiene con la gente del lugar, en especial con las hijas de Carl (Jacob Hauberg Lohmann), la adulta y melancólica Anna (Vic Carmen Sonne) y la más pequeña y simpática Ida (Ída Mekkín Hlynsdóttir). Pero Ragnar sigue allí, tratando de entenderse con el cura pero también tensando las cuerdas de la relación. El sacerdote, en tanto, no siempre puede dejar de lado las emociones personales y no logra ser capaz, como diría la frase bíblica, de poner la otra mejilla. Y esa tensión se mantendrá hasta el final.

Pálmason logra controlar, unificar las distintas pulsiones y ritmos del relato. A su modo, GODLAND parece unir tres tipos de westerns en uno solo: el del viaje por territorios peligrosos, el del choque entre culturas y el del forastero que llega al pueblo y despierta la atención de una mujer. Posee la belleza épica del primero, el conflicto político del segundo y el drama íntimo, personal, del tercero. A la vez le suma un tema clave: la religiosidad. Lucas se pretende un hombre de Dios pero su choque con los locales evidencia su costado más humano y conflictivo, un lado salvaje que disimula bajo la fachada de la piedad y la fe. A su modo brusco, Ragnar es un hombre más honesto, que se cuestiona su propia lógica feroz.

Hay humor, belleza y cierto grado de romanticismo en las escenas con Anna y Vic, hay un maravilloso largo plano circular en una boda que se realiza con la iglesia a medio construir –quizás la escena clave del film, por sus consecuencias posteriores– y una brusquedad y violencia ligadas también a la aspereza del lugar, inclemente con todo y con todos. Pálmason usa muchas de sus elipsis en plano para mostrar la descomposición de animales, el paso de las estaciones y la manera en la que la naturaleza se impone sobre los hombres. Por momentos, si se le suma su espectacularidad visual, su tesis puede parecer un tanto grandilocuente o pomposa, pero siempre hay momentos de humor y liviandad que le baja el tono y humaniza los hechos.

GODLAND –un film que por momentos recuerda a JAUJA, de Lisandro Alonso– es, finalmente, una película política sobre los intentos de dominación, colonialista, de unos sobre otros, con la religión como «bandera» y como intento de definir las barreras entre civilización y barbarie. Esta conquista puede no ser literalmente del Oeste ni tener pueblos indígenas, pero la construcción es muy parecida a la que da forma al western, la que pone en evidencia la lógica violenta y despiadada con la que se conforman las bases fundacionales de cualquier país.