Estrenos online: crítica de «Ruido de fondo», de Noah Baumbach (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Ruido de fondo», de Noah Baumbach (Netflix)

Esta adaptación de la ya clásica novela de Don DeLillo de 1985 se centra en una familia que debe atravesar una serie de inesperadas crisis tras un accidente con sustancias químicas de potenciales consecuencias devastadoras. Con Adam Driver y Greta Gerwig. En Netflix.

Es una señal que contiene todas las frecuencias y todas ellas muestran la misma potencia», dice la definición del término ruido blanco, título original de la novela de Don DeLillo de 1985 y de esta película de Noah Baumbach que la adapta de manera bastante fiel. No es un título casual. Si bien se dice que el autor quiso ponerle de nombre Panasonic pero la empresa dueña de la marca se lo prohibió, WHITE NOISE define quizás de mejor manera todos los ejes temáticos del libro, uno de los eternos candidatos al honorario e imposible título de la Gran Novela Americana y por décadas considerado infilmable. Es, más que ninguna otra cosa, una historia acerca de cómo sobrevivir en un mundo que nos abruma por los cuatro costados, que nos ofrece un problema irresoluble (la muerte) y un sinfín de soluciones en apariencia insatisfactorias.

RUIDO DE FONDO (la llamaré de acá en adelante WHITE NOISE porque ese «ruido» no es, precisamente, de fondo) propone a una familia como protagonista de un cruce de mundos, de un choque de culturas, de generaciones, de un enfrentamiento entre la realidad y los mecanismos que utilizamos para darle forma, para intentar comprenderla, transformarla en discurso –palabras que definen a las cosas, marcas que definen a los objetos– y calmar nuestras ansiedades. En términos generales se podría decir que es una película sobre el miedo a la muerte y sobre lo que hacemos para negarlo. Pero, en lo específico, es también una sátira acerca de esos procedimientos absurdos que utilizamos y en el tipo de personas en las que nos convertimos para lograr ese objetivo.

No es casual que la novela se haya escrito y publicado en la misma época de los picos reaganianos de la Guerra Fría –con sus miedos nucleares– y a la par de la paranoia existencial que la cultura reflejaba entonces de muchas maneras. Su protagonista, Jack Gladney (Adam Driver, avejentado y panzón) es un culto profesor universitario que da una materia centrada en Adolf Hitler, tratando de analizar, entender y explicar cómo llegó a transformarse en lo que todos sabemos que fue. Está casado (por cuarta vez en la novela, acá no se especifica del todo) con Babette (Greta Gerwig, con una permanente bien de la época) y tienen cuatro hijos: dos adolescentes, Heinrich y Steffie; una niña, Denise, y un bebé, Wilder. Viven en una pequeña ciudad universitaria y parecen tener una vida tranquila y amable, con diálogos permanentes sobre muchos temas, sofisticadas conversaciones grupales que a veces suenan como monólogos superpuestos.


Pero las apariencias engañan –quizás las cosas no sean tan sencillas como se ven– y la realidad sorprende, por motivos que ya verán. Jack parece ser una estrella universitaria, admirado aún por sus igualmente talentosos colegas (Don Cheadle, André Benjamin, Jodie Turner-Smith y otros conforman un grupo de híper-articulados profesores), pero a la vez se lo ve preocupado porque descubre que su mujer, normalmente amable y feliz, está un tanto rara y olvidadiza. Denise descubre que Babette toma una medicación, se lo dice a su padre pero Babette lo niega. Y Jack decide investigar por su cuenta de qué se trata ese misterioso «Dylar», una droga que nadie parece conocer.

En medio de sus cavilaciones, un «evento tóxico propagado por el aire» azota a la ciudad idílica en la que viven. Se trata de un accidente automovilístico –un camión que transporta desechos químicos choca contra un tren y su nociva poción se transforma en una nube que acecha la zona– que obliga a evacuar la ciudad y a convertir a los miembros de esa familia en inesperados protagonistas de una saga propia del cine-catástrofe para la que sus articulados pensamientos y elaboradas conversaciones no siempre sirven o solo agregan… ruido blanco. En medio del caos, a Jack le dicen que puede haber estado demasiado expuesto a esa nube tóxica y que tiene posibilidades de morir a consecuencia de eso. ¿Cuándo? No se sabe. En algún momento. Tarde o temprano. Quizás. No es seguro.

WHITE NOISE se va transformando en una película sobre una pareja que, por distintos motivos, no solo teme a la muerte, sino que la ve como algo inminente, les deja de ser posible negarla y seguir de largo con sus vidas, con la crianza de sus hijos y el circo cultural que los contiene y modela. Cada uno a su manera busca formas de apaciguar su ansiedad al respecto, tanto mediante la acumulación y la diseminación de información, como apostando al consumo de todo, de lo que sea, todo el tiempo. Pero la imposibilidad de hacerlo como lo hacían antes los empieza a destruir como pareja, como familia.

Si bien la novela y la película transcurren en 1985, a la trama se la puede relacionar muy bien con la actualidad. Las angustias contemporáneas siguen siendo las mismas o aún peores (la pandemia conecta muy bien los tiempos) y las formas de taparlas y de adormecerlas son muchísimas más, nos rodean por todos lados, 24/7. DeLillo anticipó de algún modo estos tiempos y la película adaptada de su novela parece un viaje a ese momento en el que el planeta empieza a volverse en contra de sus agresivos habitantes, en el que la medicina explota en opciones para el adormecimiento de los sentidos y en el que los medios (en ese entonces, digamos, la TV por cable) logran llevarse puesto nuestro tiempo y nuestra capacidad de análisis.

El director de HISTORIAS DE FAMILIA, FRANCES HA e HISTORIA DE UN MATRIMONIO no solo respeta la novela en su recorrido narrativo –resumiendo cosas, sí, pero sin perder lo esencial– sino que también le es fiel a su tono de elaborada sátira, de sofisticada comedia que se va volviendo más y más negra sin perder su costado sarcástico. Ese exceso de fidelidad por momentos daña la credibilidad estricta de lo que, en esencia, sigue sonando más literario que cinematográfico. Y eso lleva a que el espectador vea a la película, casi siguiendo algunas de las líneas de pensamiento de la obra, como una copia de una copia, una serie de procedimientos estéticos que analizan un tema más que una historia con peso propio. Eso no le quita espesor ni inteligencia a lo que vemos sino que nos aleja un poco de los hechos, nos transforma más en analistas que espectadores. Algo que, convengamos, la novela también hacía.

Trabajando con mayor presupuesto que lo habitual –hay escenas de efectos especiales y movimientos masivos de estirpe spielberguiana–, Baumbach vuelve a demostrar que es un muy inteligente analista y escritor, quizás más que un gran cineasta. En contra le juega también que muchos de los temas planteados por la novela hace casi 40 años hoy son moneda corriente de cualquier análisis sociológico/cultural que intente observar lo que ha sucedido con las sociedades occidentales en el último medio siglo. Dicho de otro modo: las críticas al consumo capitalista hechas en los ’80 del modo «posmoderno» en el que WHITE NOISE las planteaba hoy suenan casi un cliché. Hasta la última escena, de carácter casi musical, es fascinante en su construcción pero más que obvia en sus subrayados sentidos.

Más allá de eso, muchas de las ideas, diálogos y situaciones creadas por DeLillo e imaginadas visualmente por Baumbach conservan su gracia e inteligencia. Las coreográficas conversaciones familiares o entre académicos funcionan (una, especialmente, entre Driver y Cheadle, comparando a Hitler con Elvis Presley y a la vez convirtiéndose en personajes capaces de fascinar a las masas como sus analizados) y la larga serie de escenas de «supervivencia» ofrece momentos visuales tan bellos como perturbadores. Los pasos de comedia son un tanto más frágiles (Barbara Sukowa como una monja atea y un desquiciado Lars Eidinger aportan lo suyo, pero la apuesta humorística en ese momento de la historia es un tanto excesiva) y la extensión de ciertas escenas denotan demasiado el apego al texto escrito. Finalmente, lo que sostiene a la película como tal es que, bajo todas esas capas de significados, apiladas de metáforas y pastiche de referencias, uno puede sentir en la pareja protagónica una desesperante necesidad de encontrarle una salida a la crisis, una rara química armada desde la angustia, la ansiedad y esa «inocencia americana» de tratar de encontrarle un final feliz a todas las cosas. Aunque haya que inventarlo.