
Estrenos: crítica de «The Souffleur», de Gastón Solnicki (MALBA)
Willem Dafoe encarna al gerente de un imponente hotel de Viena cuyo trabajo corre riesgo por la llegada de un nuevo comprador del establecimiento: un argentino.
Para los que tenemos la suerte de conocerlo y de habernos alojado en él, el Hotel InterContinental de Viena tiene algo épico y, si se quiere, grandioso. No se trata de un edificio histórico ni mucho menos. De hecho, en el contexto tradicionalista de esa ciudad, su forma es casi un desafío modernista: una gigantesca mole rectangular creada en 1964 frente al Stadtpark que asemeja, con su pista de hielo detrás, una suerte de enorme embarcación tipo crucero navegando en medio del mar. Ese hotel es el epicentro de The Souffleur, un film que se apoya de un modo lúdico en esa mitología para contar la historia de un personaje y de un mundo que parecen estar a punto de desaparecer.
Imágenes documentales de la construcción del hotel y de la gente circulando en su pista de patinaje aparecen más de una vez a lo largo de este film que es, un tanto curiosamente, argentino. Dirigido por Gastón Solnicki, el realizador de Papirosen y alguien con una larga relación con la capital austríaca, el film tiene un eje narrativo que la conecta con la Argentina pero es, en lo esencial, una coproducción que combina talentos de distintas partes del mundo. Y su protagonista es nada menos que Willem Dafoe, a esta altura un trotamundos del cine internacional, alguien que constantemente combina películas grandes (como Pobres criaturas, Beetlejuice Beetlejuice, Nosferatu y El esquema fenicio) con films «internacionales» como The Birthday Party, Inside, Finally Dawn y Late Fame, entre muchos otros, tan solo en los últimos años.

Dafoe encarna acá a Lucius Glanz, el gerente del hotel, alguien que hace décadas se encarga de todo lo ligado a su funcionamiento interno y, en ciertos casos, a tratar con algunos de sus visitantes. El melancólico Lucius está atravesado por una noticia shockeante: el hotel será vendido a un comprador que piensa rehacerlo por completo. Y todo parece indicar que el comprador en cuestión no requerirá de sus servicios. El tampoco está seguro de querer seguir con esa nueva administración ya que el nuevo dueño, un argentino llamado Facundo (nombre que a Lucius le causa gracia por obvias razones fonéticas) que encarna el propio director del film, no le cae nada bien.
«Esta es la casa en la que vivo y la que me veo forzado a abandonar«, dirá Lucius en una voz en off que va y viene a lo largo de un film que no se construye como un relato clásico –Solnicki no acostumbra a trabajar con ese tipo de modelos narrativos– sino más bien como una serie de observaciones, recorridos y figuras poéticas alrededor del personaje, del hotel, de algunos trabajadores, huéspedes y hasta familiares. Es que una de las que trabaja allí es su hija, Lilly Glanz (Lilly Lindner), con la que tiene una relación un tanto complicada y plagada de silencios.
Solnicki va rodeando a Dafoe de una serie de personajes con los que se cruza y comparte breves momentos. Muchos de estos personajes se presentan a sí mismos hablando a cámara y, en más de una ocasión, hay referencias o situaciones ligadas a la Argentina. No solo en lo que respecta a Facundo –quien aparece acá como un diletante más preocupado en jugar tenis y beber que en otra cosa– sino a otros personajes y comentarios desparramados a lo largo de la historia. Pasajeros, trabajadores del hotel, camareras, intereses románticos y otros personajes de ese mundo se van desplegando mientras la cámara de Solnicki recorre los salones, los cuartos, los techos e interminables pasillos del edificio.

Las cámaras del realizador y su célebre DF portugués Rui Poças (Tabú, Zama) recorren también escenarios de la ciudad: el Stadtpark, sus calles, otros edificios históricos y varios planos aéreos que sirven para contextualizar el universo cerrado en el que parece vivir Lucius. La acostumbrada elegancia en la composición visual de ambos se ajusta a la perfección al tipo de ciudad que, a primera vista, es Viena. A la par, la más racionalista arquitectura del hotel y de los escenarios que atraviesa Dafoe presenta otra arista de esa ciudad. Es en el más tradicional bar del hotel en donde la opulencia de la urbe parece penetrar sus paredes. Y en ese escenario tienen lugar algunas de sus escenas y conversaciones más relevantes.
En medio de este cálido, desparejo, lúdico y descentrado relato hay una historia sobre una ciudad, sus edificios y sus personajes, de esos que parecen quedar atrapados entre el pasado y el presente, entre dos tiempos y dos mundos. Viena, en ese sentido, es una ciudad perfecta para este tipo de relato, una urbe admirada por su historia, sus tradiciones y su palaciega imponencia pero que también ofrece una cultura vital y muy moderna. De un modo críptico pero ligero, The Souffler intenta reconciliar esas tradiciones. En los pasillos del hotel, el pasado, el presente y el futuro caminan juntos como fantasmas unidos y separados por el tiempo.
Estreno (con presencia de Willem Dafoe): 31 de enero. Funciones: todos los sábados de febrero a las 22.



