Berlinale 2026 / Estrenos: crítica de «The Testament of Ann Lee», de Mona Fastvold

Berlinale 2026 / Estrenos: crítica de «The Testament of Ann Lee», de Mona Fastvold

Un biopic religioso de gran ambición formal, The Testament of Ann Lee convierte la fundación del movimiento Shaker en una hipnótica experiencia musical de fe, trauma y utopía comunitaria. Con Amanda Seyfried.

Más cerca de una opera o de un severo musical de Broadway que de una película convencional, The Testament of Ann Lee es una experiencia audiovisual intensa, imponente y con toda la intención de transmitirle al espectador un impacto místico-religioso similar al que atraviesan los protagonistas de esta biografía de la fundadora de los «Shakers», tal el nombre de uso común de lo que luego oficialmente pasó a conocerse como la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo. Esta iglesia –que existe aún, con poquísimos creyentes– tiene como su característica más llamativa la manera en la que sus miembros «bailan» en sus rezos, una mezcla de convulsión y sacudón físico que la realizadora Mona Fastvold transformó en coreografías con música de Daniel Blumberg.

Coescrita con su marido Brady Corbet, The Testament… tiene una similar ambición tonal a El brutalista. Si bien la historia que se cuenta es muy distinta –lo más importante que tienen en común es que tratan de historias de inmigrantes a los Estados Unidos y de sus dificultades de adaptación allí–, hay una grandilocuencia formal que ambas logran en la manera en la que combinan puesta en escena con música que las hacen transmitir una sensación al espectador de estar atravesando algo más «imponente» que una simple película. La otra gran diferencia entre ambas es que el film de Fastvold intenta envolver al espectador en una experiencia devocional, como si lo hiciera ingresar a una ceremonia religiosa de alguna curiosa secta con gente que baila, canta y hace coreografías dedicadas a Dios y a su representante en la Tierra.

Ese representante es Ann Lee. O, mejor dicho, su «segunda aparición». Interpretada por Amanda Seyfried –en una actuación llamativamente ignorada por los Oscars–, Ann Lee es una joven de Manchester que, a mediados del siglo XVIII, se interesa en las peculiares características de un grupo religioso revisionista que parece entrar en trance en medio de sus plegarias a Dios y que asegura que el Mesías será una mujer. Ann Lee, que ha vivido perturbada de niña por el «pecado original» tras ver a sus padres teniendo sexo y tomarlo como un maltrato violento, se suma entusiasta al grupo, junto a su hermano William (Lewis Pullman) y su sobrina Nancy. Allí conoce a Abraham (Christopher Abbott), un hombre con un apetito sexual muy distinto al suyo. Pese a eso, se casa con él y, en una brutal secuencia musical, la vemos tener varios hijos seguidos que mueren, tanto en el parto como siendo bebés.

La película, dividida en solemnes capítulos, se va a dedicar a la evolución de Ann Lee en la iglesia, su crecimiento allí hasta transformarse en su líder espiritual (pronto será Madre Ann Lee), sus experiencias místicas en la prisión, sus decisiones dogmáticas (el celibato absoluto es el más controvertido), sus problemas con las autoridades y, en la segunda mitad del film, la decisión de irse con un pequeño grupo a los Estados Unidos a fundar allí su propia parroquia, experiencia que será demandante, compleja e impensadamente brutal, ya desde el mismísimo viaje en barco. En medio de ese relato de características más o menos clásicas, Fastvold irá dedicando tiempo a las coreografías religiosas que existen en el marco de los rezos pero también de un modo más parecido a lo que serían en un musical: como expresión de los sueños, miedos y deseos de sus protagonistas.

De todas las particulares características del film, acaso la más llamativa sea la manera respetuosa y seria con la que se toma a Ann Lee y a los Shakers. Si bien son un grupo de hábitos peculiares y extravagantes, Fastvold los muestra por lo general como personas devotas, sensibles, creyentes y humanistas, poniéndose en contra de la esclavitud y teniendo una relación con la naturaleza poco usual en cultos de la época. A tal punto es así que –salvo por el «detalle» del celibato– por momentos bien podría parecer una proto-comunidad hippie (como The Farm, por ejemplo) dedicada al cultivo de la tierra, a una organización social horizontal y a un utilitario diseño de muebles que hoy bien podrían comprarse en IKEA o similares tiendas. Esa característica casi devocional en un género de biopics religiosas que, de los años ’50 a esta parte, tiende a ser mucho más crítico, es lo que más sorprende y llama la atención.

Si bien hay conflictos internos, actitudes cuestionables, peculiaridades varias y un evidente grado de delirio místico por parte de la protagonista y los suyos, Fastvold no busca cuestionarlos ni encontrar algún oscuro secreto en sus tradiciones. A su manera, es como una celebración de una manera de encarar la religión que fue dejada de lado por intereses y poderes mucho más fuertes que impidieron todo el tiempo su crecimiento y expansión. Claro que los Shakers no fue la única iglesia de ese tipo que se desarrolló a fines del siglo XIX –algunos, de hecho, continúan hoy como empresas privadas–, pero sí quizás la que ofrecía características más llamativas y la más similar –por la experiencia física, emocional y comunitaria de sus ceremonias– a las iglesias afrocristianas.

Fastvold funciona como una suerte de «Ann Lee» de la propia película, generando un proyecto enorme y de seguramente complicadísima realización que no dejará a nadie indiferente y que –forzando los paralelismos entre el cine y su iglesia– fue completamente ignorado por las «autoridades» (que en este caso serían los miembros de la Academia que dan los premios Oscar) en la materia. La potencia de la película es innegable, conducida también por una Seyfried casi poseída que sigue marchando a su propio ritmo y con sus propias convicciones aún cuando todo se le vaya volviendo en contra.

El film tiene algo de western épico acerca de la creación de una comunidad, solo que una con características diferentes a las tradicionales que emigraron a los Estados Unidos desde Europa en esos años fundacionales del país. Su extraño utopianismo se presenta como una forma alternativa de entender la religión a la que hoy sigue siendo central en el mundo. Y si bien muchas características de su forma de vida han ingresado a la cultura de diversas maneras, es claro que Fastvold entiende a este grupo místico conducida por la mesiánica Ann Lee como una oportunidad perdida de entender la conexión espiritual de una manera más física y, si se quiere, pura.

Visualmente impactante, filmada en 35mm. y con una banda sonora de creciente intensidad por parte del premiado compositor de El brutalista, la película de la directora de The World to Come tiene todo para transformarse en un clásico de culto, algo que su «abandono» por parte de la Academia seguramente acrecentará. O eso, o una opera musical en Broadway, de esas que terminan convirtiéndose en un contradictorio atractivo turístico comercial por años y años. Como ellos mismos dirían: «hay un lugar para todo y todo tiene su lugar«. Quizás, ese termine siendo el suyo…