Series: reseña de «Paradise – Temporada 2», de Dan Fogelman (Disney+)

Series: reseña de «Paradise – Temporada 2», de Dan Fogelman (Disney+)

Mientras el mundo fuera del búnker de lujo se vuelve cada vez más hostil, la serie deja un poco atrás la intriga política para centrarse en los vínculos emocionales y frágiles que sostienen a los sobrevivientes.

Es probable que, al empezar a ver la segunda temporada de Paradise, más de un espectador ponga pausa y chequee si está viendo la serie correcta. Es que lo que se ve no tiene nada en común con lo anterior. O, al menos, eso parece. De a poco, como sucede en estos casos (Vince Gilligan, el creador de Braking Bad, es uno de los responsables de esos inicios enigmáticos que solo mucho después conectan con la historia principal), uno va entendiendo la relación. Y es así, con dos episodios concentrados en una única historia, que arranca la temporada de la exitosa serie de Disney. Para el tercero, todo volverá a la normalidad. Bueno, a la normalidad que hay en ese mundo post-apocalíptico.

Los primeros minutos de la temporada muestran a una adolescente yendo muchas veces a hacer un tour por Graceland, la casa en la que vivía Elvis Presley, a punto tal de sabérselo de memoria y compartirlo con su mamá, postrada. Años después, tras la muerte de su madre y un fallido intento de estudiar Medicina, la ahora adulta niña llamada Annie (encarnada por Shailene Woodley) trabaja dando esos tours en Graceland a curiosos y fans del Rey del Rock & Roll. Y es estando allí, con una amiga y colega, que llega el cataclismo que generó la encapsulada vida que se cuenta en la trama central de la serie. El primer episodio estará dedicado a contar la historia de Annie, de cómo logró sobrevivir mucho tiempo en Graceland, y de cómo en ese tiempo conoció a un tal Link (Thomas Doherty), líder de una banda de sobrevivientes que pasó por ahí y con quienes entabló una primero tensa y luego más amable relación.

Lo que vieron la primera temporada sabrán que Xavier (Sterling K. Brown), salió del «paraíso» a buscar a su esposa, que según «Sinatra» (Julianne Nicholson) sigue viva. Y el segundo episodio se enfocará en los complicados intentos del hombre en moverse en este universo medio apocalíptico que quedó ahí afuera, encontrándose con varios personajes (muchos niños) que parecen vivir de un modo salvaje. Estos dos episodios, que finalmente se conectarán entre sí, le dan a Paradise un tono más cercano a The Last of Us, enfocándose en historias, encuentros, desencuentros, peleas, romances y aventuras que tienen lugar en un lugar áspero y difícil. Acá no hay zombies –o no que yo sepa–, pero sí un mundo de sobrevivientes donde todos corren peligro todo el tiempo.

Ya en el tercer episodio la serie recuperará el ambiente y su línea dramática habitual. Y hay que decir que los dos anteriores terminan resultando más interesantes que volver a los conflictos que tienen en los pasillos de poder de ese bunker de lujo para sobrevivientes. Al igual que los dos primeros episodios, el tercero está también lleno de flashbacks a hechos que tuvieron lugar antes de la erupción volcánica, secuencias que van complejizando a los personajes y trazando inesperadas conexiones entre ellos. En ese episodio lidian con las consecuencias del crimen político que dio inicio a la serie (y que se resolvió en la primera temporada) y el regreso a la acción de «Sinatra», quien estaba en coma y su lugar había sido tomado por otro. En ese «presente», el hijo del fallecido presidente Cal Bradford, Jeremy (Charlie Evans), intenta formar una rebelión contra los poderosos. Y es claro que hay un operativo secreto dando vueltas entre los miembros del Servicio Secreto y demás.

La diferencia principal de lo visto hasta ahora de la temporada con la anterior es que no hay un whodunit directo que la conduzca, no hay que resolver una trama adentro de la otra gran trama apocalíptica. Y esa ausencia es bienvenida, ya que el misterio del asesinato presidencial nunca fue tan importante a la historia como parecía ser, sino apenas una excusa narrativa para darle a la serie de ciencia ficción una estructura de policial. Ahora siguen habiendo misterios, suspenso, trampas y traiciones –tanto fuera como dentro del bunker–, pero ninguno es el central que conduce el relato. Cada grupo de personajes, en tanto conectan entre sí, atraviesa un conflicto distinto. Y a eso hay que sumarle todos los que sucedieron en el pasado y repercuten en el presente.

Lo cierto es que ahora Paradise se parece más a muchas otras sagas apocalípticas que antes. Ya no es solamente ese enrarecido Truman Show post-colapso sino una de esas series que apuestan a retratar distintas historias a la vez en un universo en problemas. Quizás el principal elemento que lleva a Dan Fogelman a moverse a este estilo es que, claramente, se lo siente más cómodo contando historias humanas, emotivas, de encuentros y desencuentros familiares, de romances, nacimientos y muertes que enhebrando tramas de suspenso político entre billonarios, custodios y mercenarios. De hecho, antes de una de las escenas más violentas de la temporada, Fogelman se toma el tiempo de presentar la dramática y dolorosa historia de un personaje que morirá segundos después.

Si bien es cierto que se pasa de rosca en su intento de darle a todo un costado humano y trágico, el contexto lo habilita, ya que estamos ante un cataclismo que mató a dos tercios de la población mundial y vaya a saber uno cómo dejó al resto. Y es a través de esa elección que la serie se define por el lado de la emoción y hasta posee una cierta lentitud dramática que deja en segundo plano a la acción pura y dura. En realidad no es que Fogelman y su equipo la dejen en segundo plano, sino que se nota que les importa menos lo que pasa ahí que en las escenas dramáticas más íntimas y personales. El creador de This Is Us tiene facilidad en esto de hacer llorar a los espectadores y acá se lanza de cabeza a conseguirlo.