Series: reseña de «Salvador», de Aitor Gabilondo y Daniel Calparsoro (Netflix)

Series: reseña de «Salvador», de Aitor Gabilondo y Daniel Calparsoro (Netflix)

Un paramédico encuentra herida a su hija en medio de un enfrentamiento entre barras bravas. Pero ella no es una simple víctima sino una integrante de un grupo radical que promueve ideales racistas.

Si al protagonista de Bringing Out the Dead, de Martin Scorsese, lo pusieran a tener que lidiar con un grupo de neonazis, la cosa se vería más o menos similar a lo que se cuenta en Salvador, la serie española creada por el showrunner de Patria, Aitor Gabilondo, y dirigida en su totalidad por Daniel Calparsoro, experimentado y prolífico realizador español que se especializa en cine de acción y suspenso. La combinación entre las intenciones más políticas del autor y el ritmo más kinético del cineasta generan que la serie sea, en todo momento, un tenso retrato de un hombre que termina metido en medio de una disputa con un grupo de extrema derecha que opera en las calles de Madrid.

El siempre muy expresivo Luis Tosar –que tiene más nervio en una ceja que muchos actores en toda su anatomía–, encarna al tal Salvador, un nervioso y áspero paramédico que trabaja en las calles de Madrid y que tiene un pasado alcohólico y ludópata. Su via crucis personal empieza en un partido de la Champions League en el que el Real Madrid juega contra el Olympique de Marsella. No, no es una serie sobre fútbol pero ese universo es el punto de ingreso de un grupo de barras bravas (o ultras) madridistas de extrema derecha que se hacen llamar White Souls. Salvador ya los había visto operar de modo violento en los buses de la ciudad y luego, recorriendo los alrededores del Bernabéu en la ambulancia que conduce, presencian un brutal atentado en el que le prenden fuego a un policía con una bomba Molotov, al que tratan de salvar.

En las corridas, persecuciones y disturbios que sobrevienen luego –que Calparsoro filma con su habitual talento para este tipo de escenas de alto impacto adrenalínico–, y en los que intervienen las barras de ambos clubes y la policía, Salvador se topa con que su hija Milena (Candela Arestegui) es parte de ese grupo racista y neonazi. Sorprendido pero no shockeado, trata de confrontarla, pero la chica, que lo odia, no le presta atención. Los White Souls muelen a palos a un francés que queda desfigurado y, en un choque posterior entre barras, la propia Milena es brutalmente atacada y llevada al hospital. Como la situación se vuelve más y más densa, a Salvador le tocará en suerte ponerse a investigar quién o quiénes son los responsables de lo que pasó con su hija.

En paralelo, Salvador va contando la historia de Julia (Claudia Salas), miembro también de esa agrupación pero que, sabremos rápidamente, funciona como informante de la policía para poder tener acceso a su hija, de la que ha perdido su custodia y hoy está en un internado. La serie irá desgranando dos investigaciones paralelas –la policía quiere descubrir quien le tiró la bomba Molotov al oficial y Salvador quiere saber quienes atacaron a su hija–, pero en el fondo lo que trata de hacer, en medio de tantas corridas, tiroteos, peleas, persecuciones y agresiones físicas y verbales varias, es describir el universo en el que estas agrupaciones se mueven, quiénes las integran, cómo operan y cómo logran llegar llegar a la gente con sus discursos de odio disfrazados de patriotismo.

El balance de la serie es complicado, ya que el instinto narrativo natural del realizador de Cien años de perdón pasa más que nada por el nervio, la intensidad y la acción. Lo suyo es una acumulación de estímulos visuales y auditivos (todos gritan todo el tiempo) que muchas veces no da espacio a la reflexión o al análisis. De todos modos, en los encuentros de Salvador –cuya investigación personal lo lleva a adentrarse cada vez más en el «corazón de la bestia»– con policías dedicados al tema (Patricia Vico) o con los mismos miembros de estas agrupaciones (Leonor Watling encarna a la líder de los White Souls) , el hombre va intentando descifrar cómo se produce esa conexión que atrapó a su hija y que, si no se cuida un poco, podría atraparlo a él también.

La serie intenta ser crítica con casi todas las áreas y grupos en disputa en una España que vive –como casi todo Occidente– en constante tensión entre los crecientes grupos de ultraderecha y buena parte del resto de la sociedad, que no termina de entender lo que sucede. Es que además de los grupos neonazis queda aquí muy claro que hay intereses cruzados de la policía, de los empresarios, de las autoridades políticas y, a la vez, responsabilidad de los propios grupos «antifa» que, al menos según esta mirada, tampoco hacen mucho para facilitar la convivencia pacífica entre las partes.

Como panorámica mirada de un mundo actual en el cual la manipulación de información convoca gente y crea monstruos, Salvador es por momentos una serie inteligente y certera en su mirada y apreciaciones sociopolíticas. Pero la mayor parte del tiempo está interesada en generar un impacto visceral que en cualquier tipo de análisis. Quizás sea una forma de volver accesible este tipo de discusiones para un público que habitualmente no miraría un drama bienpensante sobre el mismo tema. Puede ser. De todos modos, la fuerza de esa crítica social por momentos se resiente en medio de tanto baño de sangre.