
Ciclos: el cine de Vlasta Lah (Sala Lugones)
Desde el martes 17 de marzo, la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín presenta funciones especiales de «Las furias» y «Las modelos», los dos largometrajes de la primera directora del cine sonoro argentino.
A partir del martes 17 de marzo tendrán lugar en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530) cinco funciones especiales de Las furias y otras tantas de Las modelos, los únicos dos largometrajes dirigidos por la argentina Vlasta Lah, cineasta pionera en la historia del cine nacional y la primera directora del cine sonoro argentino. Las películas se exhibirán en versiones restauradas recientemente por la Fundación GOTIKA a partir de copias depositadas en Cinemateca Argentina. Las funciones son organizadas por el Complejo Teatral de Buenos Aires, dependiente del Ministerio de Cultura de la Ciudad, junto con la Fundación Cinemateca Argentina.
Las furias (1960)
La primera y más conocida de las películas de Lah es, en realidad, la más deudora de un cine tradicional de décadas anteriores de las dos que se verán en el ciclo. Basada en un obra de teatro de Enrique Suárez de Deza, Las furias presenta a cinco mujeres que entran en permanentes conflictos entre ellas, la mayoría ligados a problemas con los hombres. Con un elenco integrado por Mecha Ortiz, Olga Zubarry, Elsa Daniel, Aída Luz y Alba Mujica –a ninguna conocemos por su nombre–, la película transcurre casi en su totalidad en un caserón porteño venido a menos en el que una madre (Ortiz) vive con su nuera (Luz), su hijo (a quien nunca vemos), su nieta (Daniel) y su otra hija (Mujica), «una solterona», como se decía entonces. Por fuera de esa casa está la amante de su hijo (Zubarry), una mujer millonaria e independiente.
El drama transcurre a lo largo de un par de días y tiene como eje las penurias económicas de esa familia, que vive en una casa enorme pero solo parece mantenerse con el sueldo del hijo. Ese apremio y la necesidad de conseguir dinero afecta todas las relaciones y es la madre la principal ejecutora de esa presión. Devota de su hijo y dedicada a su arrogante nieta, desprecia tanto a su nuera como a su otra hija. A su nuera la acusa de no «liberar» su hijo para estar con su amante, cuyo dinero mira con interés. De su nieta lo que quiere es que consiga un pretendiente millonario, que las saque también de esa situación.

Además de rivalizar con su nuera –que espera y espera a su marido que no viene–, tiene una relación muy difícil con su hija mayor, enamoradiza y conflictiva, que no ha conseguido pareja. Y ese desprecio deriva en una serie de comportamientos un tanto abruptos de la hija, que tiene también permanentes conflictos y tensiones con su un tanto cruel sobrina, a la que le «roba» su vestido e intenta hacer lo mismo con su novio.
Ese grupito compite y se maltrata con enorme crueldad a lo largo de todo el film. Si bien Las furias da a entender que ese hijo del que tanto se habla (y que no se ve) no es tan extraordinario como lo ve su madre –los cuadros que pintó son una prueba–, la película pone el foco de la crueldad en las mujeres, que parecen querer aprovecharse de él. No solo su madre sino todas las demás que, al enterarse que el hombre tiene una amante millonaria, empiezan a cranear ideas de cómo salvarse. Hay una suerte de división entre la madre y la nieta –calculadoras y a la vez realistas– y la nuera y la hermana, a las que se las muestra como enamoradizas y víctimas de esa manera de entender las relaciones humanas.
En el mandato cultural que la madre tiene de cuidar y proteger solo a su hijo varón, la película deja en evidencia los parámetros y la lógica de la época. Y si bien el film podría transcurrir mucho antes de 1960 (de hecho, en más de un sentido, lo parece), en los personajes de Elsa Daniel y, más que nada, en el de Olga Zubarry, el guión y la directora parecen mostrar un cambio de actitud generacional respecto a la dependencia de los hombres. El amor, en los ’60, parece ser lo de menos. Tampoco la alcurnia o los contactos políticos. Es la plata en los bolsillos lo que cuenta.

Es difícil ver en Las furias un film realmente feminista, al menos desde la perspectiva posterior. Sin embargo, en contexto, ese punto de vista se hace más evidente. La mirada de Vlah respecto a sus personajes femeninos es bastante brutal –crítico, casi cínico– y áspero. Y si bien uno puede ver en ese retrato franco un grado de honestidad inusual, también es cierto que el guión recurre a muchos clichés ligados a los comportamientos esperados por las mujeres de la época. Ese conflicto entre «conseguir un marido con plata» o «casarse por amor» se repetirá en Las modelos pero desde una perspectiva distinta, más moderna, como lo es todo el film de 1963 ya desde su puesta en escena. El final de Las furias, con el personaje de Zubarry, es el que conecta a ambos.
Más cerca del clasicismo que de la incipiente modernidad que se verá luego, Las furias es un melodrama tradicional, de raigambre teatral y actuaciones acordes, cuyo drama crece más que nada gracias al conflicto personal que atraviesa «la solterona» en función de las decisiones que toma para llamar la atención de una madre que ha sido siempre cruel con ella al favorecer a su hermano. De hecho, su «traición familiar» es el momento más sexualmente intenso y cinematográficamente creativo del film. Acercándose a cámara de un modo desafiante en medio de una noche que va mostrando sus dobleces, Mujica quiebra cualquier tipo de pacto familiar con la intención de romper todo. Lo más amargo será que a su sobrina no le importará tanto como no poder haber estrenado su vestido nuevo.
«Las furias» (1960): Martes 17 a las 15, miércoles 18 a las 21, jueves 19 a las 18, sábado 21 a las 15 y domingo 22 a las 21.
Las modelos (1963)
Menos visto y con menos recorrido que Las furias, el segundo film de Lah luce hoy más logrado y más cercano en espíritu a su época: el retrato de una Buenos Aires entrando a la modernidad de los ’60 pero aún lidiando con ciertas tradiciones y costumbres culturales de otras épocas. A diferencia de su opera prima, Las modelos transcurre mucho más en las calles, los bares, los salones nocturnos y lugares de trabajo de sus dos protagonistas, dos chicas de bajos recursos que se ganan la vida como «modelos de alta costura» para diseñadores y sus clientas de alto poder adquisitivo.
Las vidas de Ana (Greta Ibsen) y Sonia (Mercedes Alberti) son el eje del film. Ambas desfilan modelos de vestidos caros de Pierre, un reconocido diseñador, para «señoras de sociedad» o celebridades, vestidos que ellas no están en condiciones de comprar pero sí de exhibir durante horas. Pero la principal preocupación de ambas es conseguir pareja y, de ser posible, con mucho dinero. Ana fluctúa entre un veterano hombre de negocios y el más joven Luis (el luego célebre ufólogo Fabio Zerpa), al que conoce en una fiesta de la alta sociedad a la que ambas van en un campo. Y Sonia está enamorada de Carlos, un empresario casado. Pero también Pierre demuestra interés en ella, aunque quizás con otro objetivo más personal: esconder que «no es un hombre normal» (sic).

La película va mostrando las vidas cotidianas de ambas: sus salidas con amigos y «festejantes», las presiones laborales, las tensiones románticas y sus esfuerzos por conseguir pareja y así mejorar su calidad de vida. Como en Las furias, aquí también las mujeres tienen muy en claro que estar con un hombre posee un interés más económico quizás que romántico, solo que para las protagonistas es evidente que «los hombres solo las quieren para eso» y no aparentan pensarlas como parejas reales. Eso probará ser cierto en algún casos, pero no en otro.
Si bien ese eje es idéntico al del otro film, Las modelos capta mejor la época en la que fue filmada: las salidas de los jóvenes, las fiestas, el mundillo del espectáculo local (la escena de la actriz y su productor yendo a ver vestidos es, en ese sentido, excepcional), las reconocibles calles de Buenos Aires, las vestimentas y los «arriesgados» looks de ese 1963 que no parece transcurrir solo tres años después del film anterior sino muchos más. La puesta en escena es más arriesgada, con ángulos de cámara inusuales y muchas escenas en exteriores. Y lo mismo pasa con el lenguaje, un poco –no lo suficiente– menos académico que en Las furias.
Su elenco compuesto en su mayoría de actores no profesionales –las dos protagonistas eran modelos en la vida real– y su narración un poco más episódica pueden haber hecho que Las modelos no tuviera la repercusión posterior que tuvo La furia. Pero es sin dudas un film más actual, vivo, moderno y elocuente. Una película, además, un poco menos atada a los preconceptos antes comentados, por más que aquí también el «conseguir pareja» siga siendo el objetivo central de la vida de las protagonistas. En todos los casos, la conveniencia y el cálculo económico termina siendo más real y consistente que eso que llaman amor. En ambos films los hombres creen seguir ocupando el puesto central en la vida de todas estas mujeres. Pero en la mayoría de los casos son, simplemente, sus financistas.
«Las modelos» (1963) Martes 17 a las 21, miércoles 18 a las 15, jueves 19 a las 21, sábado 21 a las 21 y domingo 22 a las 15.



