BAFICI 2026: crítica de «No matar», de Juan Villegas (Competencia Argentina)

BAFICI 2026: crítica de «No matar», de Juan Villegas (Competencia Argentina)

por - cine, Críticas, Festivales
24 Abr, 2026 11:23 | comentarios

Este documental argentino se centra en las experiencias de los familiares de las víctimas de los crímenes de las organizaciones armadas durante los años ’70.

Películas como No matar proponen un desafío complejo por varios motivos. Es difícil no empatizar con las víctimas de situaciones violentas, personas que perdieron familiares en atentados de grupos terroristas. Uno entiende lo que les sucede y puede, hasta cierto punto, compartir la sensación de que su sufrimiento fue poco tenido en cuenta en la manera en la que se narra (o se venía narrando hasta 2023) eso que podemos englobar como «los años ’70» en la Argentina, incluyendo lo que sucedió antes tanto como durante la dictadura militar. La película, en ese sentido, se protege y salvaguarda de todas las críticas posibles. Arranca explicando que «los crímenes de la dictadura fueron peores» y, en varios testimonios, aún las víctimas de atentados de las guerrillas dicen pensar lo mismo, que eso solo empeoró las cosas. Intenta, a su vez, distanciarse del negacionismo extremo en boga en estos años como de la celebración de esa «juventud maravillosa» que No matar intenta desmitificar.

Sin embargo, y pese a eso, es una película difícil de sobrellevar y de comprender en una dimensión profunda. No me voy a detener demasiado en sus recursos narrativos y estéticos ya que Juan Villegas decidió, con cierto rigor, ir por la simpleza más radical: usar una docena o más de entrevistados ante un mismo escritorio, con una misma luz y una cámara inmóvil apenas interrumpida por ciertos clips musicales al final de cada episodio cronológico en el que la divide. Es una decisión aceptable, aunque se vuelve un poco limitada en función de los muy pocos testimonios (dos de ellos solamente) que intentan organizar los vaivenes de las agrupaciones «subversivas» habiendo sido parte de ellas y testigos de sus cambios, su militarización y su creciente violencia.

La película se cubre, también, al impedir tomar el «contexto» como explicación cuando, guste o no, es parte intrínseca de lo que fueron los años ’60 y ’70. Al mantenerse casi en su totalidad en la situación local, No matar parece dejar de lado un clima de época en el que las juventudes de todo el mundo, en función de la realidad sociopolítica de la época, había decidido participar en movimientos revolucionarios y, en algunos casos, tomar las armas. No es esto una justificación de esa decisión, sino una realidad irrefutable. De Cuba a Argelia, de Vietnam a Francia, de Chile a Italia o Alemania, agrupaciones revolucionarias funcionaban con ese paradigma, uno que convivía con otro que hoy parece igualmente impropio pero era entonces habitual: hacer golpes militares y llevarse puestas las democracias.

Hay otros contextos ausentes aquí, algo que el living de la casa en el que están hechas las entrevistas, refuerza: es como si las anécdotas no formaran parte de un mundo real sino de una discusión teórica en la que la violencia puede ser descartada por completo como parte de la experiencia humana. Casi no se mencionan los planes estadounidenses respecto al control de su «patio trasero» (Plan Cóndor), apenas se habla de la proscripción del peronismo y de cómo esa limitación puede haber llevado a una generación a sentir que las armas era el único modo de romper esa prohibición –no justifico, analizo– y, sobre todo, no se habla nunca de que los crímenes cometidos por las organizaciones guerrilleras sí fueron sumariamente juzgados por una brutal dictadura militar que acabó con todos ellos y decenas de miles de personas más.

El dolor, de todos modos, sigue siendo el dolor y no hay modo de abstraerse a las historias y anécdotas que cuentan hijos de personas que murieron en atentados terroristas cometidos por Montoneros, ERP u otras organizaciones armadas. Lo que complica más la situación de películas como No matar es, además, la época en la que se estrena. El del film ya no es un discurso valiente o contracultural, sino una versión medida y relativamente amable de las posturas negacionistas que maneja el gobierno nacional, tanto desde el presidente Javier Milei como desde la vice, Victoria Villaruel, que tiene un texto citado en la bibliografía del film. El film niega ser parte de «la memoria completa» o «la teoría de los dos demonios», pero en lo esencial se acerca mucho a eso, es la versión diplomática y dialoguista de una idea similar, una que además es defendida por gente que probablemente no se sumaría a la filosófica idea de «No matar» que propone el director de Sábado.

La elección del recorte es particularmente problemática. Es cierto que se han hecho muchos documentales sobre los crímenes de la dictadura y sobre los desaparecidos, pero se trató de una política de Estado, de crímenes de lesa humanidad organizados desde el poder político de una nación y ejecutados sistemáticamente por gente que siguió viva y que, salvo mínimas excepciones, jamás se arrepintió de lo que hizo. Según estadísticas, los muertos por acciones terroristas en la Argentina fueron alrededor de mil personas, de las cuales 700 pertenecían a alguna fuerza militar o policial, dejando en poco más de 300 a las víctimas civiles de esos actos criminales. Que merecen ser tenidos en cuenta, no hay duda. Pero la obsesión por enfocarse en ellos y pretender que no hay una decisión o una lectura política por detrás, es más dudoso. Uno podría extrapolar la misma situación a otros conflictos internacionales y resultaría igualmente extraño el recorte. ¿Se haría la misma película si la militancia armada se hubiera opuesto a un gobierno «de izquierda»? ¿O los revolucionarios serían allí liberadores del yugo opresor?

El film es más interesante cuando Aldo Duzdevich, que funciona como el narrador principal de las distintas etapas de Montoneros, va explicando la militarización y la radicalización del grupo, llegando a un punto en el que se tornaron irreconocibles para algunos de sus propios miembros. Esas luchas internas y esas traiciones entre supuestos compañeros de espacio político son reveladoras, lo mismo que cuando los hijos de las víctimas de atentados terroristas cuyos padres eran gerentes de empresas multinacionales (se menciona acá a Ford, a Renault y, por otra parte, a Bunge & Born) ven que los nuevos ejecutivos y gerentes tampoco reconocen que esas personas murieron, en cierto punto, por ser parte de esas empresas.

Al film le falta detalle y especificidad, algo raro para las cuatro horas que dura y el tiempo que Villegas generosamente le dispensa a cada hablante. Hay testimonios inexplicables (Emilio del Guercio está allí para decir generalidades y habilitar el uso de canciones de Almendra, Aquelarre, que se escuchan con otras de Moris o, en una jugada un tanto desafiante, la música de La hora de los hornos, una película en las antípodas ideológicas de esta), repeticiones de conceptos y una ausencia de opiniones encontradas. Si bien el recorte que hace Villegas es una decisión formal respetable, bien podría haber sumado al debate algún diálogo entre partes que no ven las cosas de la misma manera pero que pueden sentarse y discutirlas.

Lo esencial, en ese cúmulo de ausencias y silencios que la película retrata o por los que sobrevuela, es que prácticamente no se habla de que esos actos criminales cometidos por las organizaciones terroristas sí fueron, a su modo brutal, «juzgados» por la dictadura, de una manera mucho más cruel de lo que los hicieron las organizaciones con sus igualmente discutibles «juicios populares» que condenaron a gerentes de multinacionales, a lo que llamaban «traidores» o hasta víctimas casuales, como el hermano de uno de los que dan testimonio. El dolor de todos ellos es valioso y por momentos su sufrimiento conmueve, pero aún sin quererlo –de hecho, el film dice de entrada que no es lo mismo–, la película no puede evitar equipararlos a lo que sucedió después de 1976.

Si aquí no hubo, como en Europa, un mayor reconocimiento o admisión de los errores y/o arrepentimiento por los actos brutales que cometieron esos grupos terroristas (como si lo hubo en el País Vasco, Irlanda, Italia o Alemania, por ejemplo) es porque la enorme mayoría de los responsables de esos hechos están entre los 30.000 desaparecidos que dejó la dictadura militar en la Argentina. De haber llegado a tener la edad o la madurez necesarias para repensar algunas de las cosas que hicieron, quizás podrían haber dado señales de arrepentimiento. Pero no les dieron siquiera esa posibilidad.