
BAFICI 2026 / FICIC 2026: crítica de «Para hacer una película solo hace falta un arma», de Santiago Sein
Esta película recupera material fílmico de alumnos y profesores del Departamento de Cine de la Universidad de Córdoba rodado en los años ’60 y ’70 en medio de un tenso clima político.
La historia se construye a modo de capas. Y el cine también. De hecho, las imágenes son una de las capas más importantes a la hora de construir cualquier historia. Eso que se filmó, que se guardó, que permaneció o no en la memoria se solidifica y, a falta de otros registros concretos, se constituye como tal. ¿Cuántos recuerdos que tenemos lo son solo porque tuvimos o tenemos una foto o una filmación que lo mantiene vivo? ¿Cuántas cosas, hechos, personas habríamos olvidado de no estar «retenidas» en el tiempo por una película casera o tan solo una foto?
A lo largo de dos horas y media apasionantes, lo que hace el realizador cordobés Santiago Sein en Para hacer una película solo hace falta un arma es una exhumación, la puesta en tiempo presente de recuerdos que se creían borrados, de historias que no fueron lo suficientemente contadas, y a la vez un homenaje con mucho de cinéfilo a un grupo de gente que creyó en el cine como forma de cambiar una sociedad. Muchos de ellos perdieron la vida en el intento.

Todo empieza según esta narración —en la que realidad y ficción se mezclan constantemente— con el descubrimiento de unas latas de material fílmico, en bastante mal estado, que se creían desaparecidas de la Escuela de Artes de la Universidad de Córdoba y que están por tirar a la basura. Filmadas entre los años 1956 y 1976 —y la mayoría sin identificación—, pertenecen a cortos y materiales varios filmados por los alumnos de esa escuela en esas épocas. En una película dividida en tres partes, Sein irá mostrando los distintos films, algunos puramente ficcionales y otros documentales que van contando distintas problemáticas políticas de la época, y que se politizan a partir del Cordobazo, en 1969.
La primera parte de la película, titulada Las armas, se centra en la exploración de qué hay en ese material: manifestaciones, marchas, ficciones, eventos políticos de la época. A partir de conversaciones con algunos «sobrevivientes» de la época se empieza a armar una historia, la de un grupo de jóvenes estudiantes de cine y militantes que estudiaban allí —Rodolfo «Rudy» Wratny, Oscar Moreschi, Roberto Videla, Ernesto Ascheri, Cristina Sorini, Alberto Perona y los franceses Pierre Vigier y Gerard Guillemot, entre otros— que hacían películas juntos, discutían sobre ellas y sobre su función en un cambiante mundo.
Sein muestra materiales de la época y enfatiza en los dispositivos que los contienen: abrir latas de películas, revisarlas, limpiarlas, colocarlas cuidadosamente en un proyector, mostrar la parte tangible de un hecho artístico como si fuera la exhumación cuidadosa de un cuerpo para reconocer qué hay en él, que historias tiene para contar. Esa parte es, a la vez, un documental sobre cómo encarar la revisión de ese trabajo, qué película hacer con toda ese material usando las escenas encontradas a modo de reenactment del proceso de producción.

La segunda parte, titulada Primavera en otoño, tiene un carácter un tanto más poético y ficcional. Lo que hace Sein aquí es utilizar una voz en off actual, grabada para la ocasión, que repasa una posible historia de los personajes involucrados y de sus vidas a partir de los materiales encontrados, tanto documentales como ficciones, que no tienen sonido original. La voz se entiende como la lectura de un diario de la época, seguramente apoyadándose en anécdotas e historias de ese grupo que les fueron contadas al director. Y gracias a ese combo de materiales y grabaciones se arma una posible historia de esos estudiantes de cine, de esa época, de esas películas y de sus circunstancias.
«Fue una decisión narrativa y un ejercicio de imaginación», explicó el director en una entrevista. Lo que se verá de allí en adelante funciona entre lo poético y lo político, lo ficcional y lo documental: es una reconstrucción teñida de invención en la que, a partir de las escenas encontradas, se va contando la historia de ese grupo de estudiantes de cine en los años ’70, con las idas y vueltas imaginables de esos personajes en ese mundo: la ilusión, la militancia, la lucha, las persecuciones, la desintegración final. Y en el medio, el cine: filmar, filmar y filmar para testimoniar una época caótica.
La tercera parte, Tierra arrasada, es más clásica pero brutalmente conmovedora. Allí se cuenta lo que pasó con la mayoría de los personajes de esta historia a partir de testimonios capturados actualmente, historias tremendas de traiciones internas, detenciones, desapariciones y búsquedas que continúan hasta hoy, a tal punto que con la misma cámara Bolex que se usó para aquellos trabajos Sein filma una marcha del 24 de marzo reciente en la que se sigue pidiendo por los estudiantes de cine de la Universidad de Córdoba desaparecidos antes y durante la dictadura, los mismos que filmaron estas películas y que aparecen acá, jóvenes, sonrientes, ilusionados. De vuelta, el pasado y el presente, conectados a través de ese dispositivo de memoria colectiva que es el cine.

Perdida (¿escondida?) en una sección secundaria del BAFICI titulada Cine sobre cine por razones inexplicables —no suelo juzgar decisiones de curaduría pero me parece incomprensible y solo puedo encontrarle motivos políticos, especialmente en relación a la programación de No matar en la Competencia Argentina–, Para hacer una película solo hace falta un arma es un film que, estoy seguro, se volverá clave para entender la relación entre el cine argentino y la historia política de «los ’70» en nuestro país. No solo por lo que cuenta sino por cómo lo hace: usando materiales capturados en su época (y no solo testimonios en un estudio), jugando con ellos de modo creativo y poniendo al dispositivo cinematográfico como parte integral de su creación artística.
Es un film importante, revelador, que en 2026 desafía el clima de época. Un trabajo de exhumación cinéfila, política y antropológica que indaga, imagina, problematiza, homenajea y recuerda con dolor y nostalgia a aquellos estudiantes de cine que intentaron retratar el conflictivo mundo que habitaron pero que no vivieron para contarlo. Estas son, o pueden haber sido, sus historias.
El sábado 2 de mayo se verá en el FICIC. Más info, acá: cosquinfilmfest.com/programacion/para-hacer-una-pelicula-solo-hace-falta-un-arma/



