Series: crítica de «Bronca – Temporada 2» («Beef»), de Lee Sung Jin (Netflix)

Series: crítica de «Bronca – Temporada 2» («Beef»), de Lee Sung Jin (Netflix)

En un exclusivo country club, la serie explora cómo la ansiedad financiera conecta a los personajes mediante chantajes en un cínico ecosistema social. Con Oscar Isaac, Carey Mulligan, Cailee Spaeny y Charles Melton. En Netflix.

La primera temporada de Bronca se centraba en un tipo de escalada de violencia muy concreta, ese tipo de pelea que empieza por una desavenencia en principio menor pero que, como nadie da marcha atrás, frena un poco o se hace cargo, escala a límites insospechados. En la segunda temporada la serie modifica de modo sustancial esa lógica. Si bien la «bronca» sigue siendo su eje, la manera de expresarla se vuelve diferente. No es guerra abierta y declarada todo el tiempo. Es, más bien, una manera tramposa e insidiosa de complicar la vida de la gente.

No es esa la única diferencia entre las temporadas. Otra pasa por el hecho de que las acciones que se cometen no tienen como objetivo una satisfacción o una revancha personal, sino una conveniencia casi siempre económica. Y la más importante de todas, que conecta con las anteriores, es que ya no es entre dos personas, sino una cadena de «broncas» que van tejiendo un entramado socioeconómico turbio en el que todos quieren sacar alguna ventaja del otro, no importa si está arriba o abajo en la escala social. De ser justos, con esta estructura la serie debería llamarse más «Chantaje» que Bronca.

Josh Martín (Oscar Isaac) y Lindsay Crane-Martín (Carey Mulligan) son una pareja que vive y trabaja en un country club californiano. El es el manager del enorme y lujoso establecimiento, una suerte de capataz e intermediario entre los deseos de los dueños, los clientes y el trabajo de sus empleados, posición incómoda si las hay. No tienen hijos y sueñan con tener su propio establecimiento, pero el dinero no les alcanza para ese objetivo. Tienen, además, una relación tensa entre ellos que se manifiesta a veces en peleas un tanto virulentas.

Ashley Miller (Cailee Spaeny) y su novio Austin Davis (Charles Melton) trabajan en ese club, en puestos menores, casi insignificantes. Una noche, andando cerca de la casa de Josh y Lindsay, son testigos de una pelea violenta entre ambos. Ashley, impactada, la filma. Ellos los notan, se detienen y les explican que no pasa nada raro, solo una discusión. Todo parece tranquilizarse hasta que Ashley y Austin –con deudas de dinero y trabajos que no les alcanzan para pagarlas– toman una riesgosa decisión que se parece a un chantaje. Irán a la casa de Josh y Lindsay y prácticamente los amenazarán con dar a conocer ese video si no la ascienden a ella a un mejor trabajo. Y eso será lo que, a regañadientes, Josh hará.

Todo esto se vuelve especialmente complicado ya que el lugar acaba de ser comprado por una billonaria de origen coreano, la Sra. Park (la ganadora del Oscar Youn Yuh-jung, de Minari), quien tiene a todo el mundo con temor a ser despedido. Y la mujer, bajo su fachada severa, tiene también algunos secretos que ocultar, ligados a problemas en los que la ha metido su marido, el Dr. Kim (el gran Song Kang-ho, de Parásitos y The Host). Y a eso hay que sumarle turbios manejos con dinero que unos hacen, otros se enteran y amenazan denunciar.

Es así como la trama se despliega, como un encadenamiento de chantajes –sabidos o supuestos– que llevan a los personajes a mantener las apariencias pese a tener un profundo odio y desprecio por los otros. A la par, cada pareja tiene sus complicaciones internas, ya que Ashley y Austin están cada vez más desconectados entre sí, y ni hablar de lo que pasa con Josh y Lindsay, quienes apenas se toleran. Otros personajes pueblan el country en cuestión (algunos famosos haciendo de sí mismos como socios), intensificando muchas veces –desde sus lugares de privilegio– las tensiones entre los demás.

No solo son económicas las diferencias que separan a Ashley y Austin con la pareja de Josh y Linda –y más aún con Sra. Park– sino también generacionales, ya que los primeros son veinteañeros, los segundos rondan los 40 y la nueva dueña anda por los 70. De todos modos, la edad no parece ser una gran diferencia entre ellos: todos son capaces de hacer cosas horribles por conveniencia sin importar la generación ni la situación socioeconómica de cada uno.

La temporada dos de Beef es intensa, sinuosa y enervante, especialmente en sus primeros episodios en los que la trama va desarrollándose y expandiéndose. A partir del cuarto entra en un curioso pozo y se mete en situaciones un tanto absurdas (una tiene lugar en un hospital y abarca un episodio casi entero) de las cuales logra salir, no sin esfuerzo, en los últimos dos, que tienen lugar en otro escenario y toman características de policial más clásico.

Lo que suele resultar difícil –y en eso se parece a la anterior– es conectar con los personajes. Son, salvo detalles y excepciones, seres crueles, egoístas y ventajeros, capaces de hacer cualquier cosa para conseguir un beneficio, más allá de que sientan que lo merecen. Y eso le sucede a cada uno de ellos: Ashley y Austin tendrán sus justificativos (no pueden pagar la cobertura de salud) para actuar como actúan, Josh y Lindsay querrán acceder al mayor poder económico que tienen los clientes del club, y Park no querrá perder todo lo que tiene. Y es así que se robarán los unos a los otros en una trama que va enredando la situación de maneras impensadas.

Lo mejor de la temporada pasa por la conexión más amplia que tiene con lo social, de un modo similar a las películas coreanas en las que claramente Lee se inspira, las que suelen darle importancia a la situación económica de sus protagonistas (films como Parásitos, La única opción o el clásico The Housemaid ponen allí el acento) a la hora de contextualizar sus decisiones. Lo más difícil pasa por la mirada misantrópica que la serie, en gran medida, despliega. No solo por lo que eso complica la identificación del espectador con los personajes sino por la mirada cruel sobre el mundo que presenta, una que se acerca bastante a la que profesan la dupla de realizadores argentino Mariano Cohn y Gastón Duprat.

Cuando logra ir más allá del catálogo de crueldades y consigue establecer extrañas alianzas entre los personajes (además de los social y lo económico aparecen las conexiones ligadas al género), o bien pone a los personajes a reflexionar sobre sus actos, Beef amplia la mirada y permite observar que, muchas veces, son las propias condiciones de los personajes las que los llevan a actuar de maneras despiadadas. Todos, siempre, quieren algo más de lo que tienen. Y si el esfuerzo no rinde y nadie ayuda, habrá que ganarse la vida mediante engaños, trampas y chantajes. Y así, el mundo sigue girando…