Cannes 2026: crítica de ‘9 Temples to Heaven’, de Sompot Chidgasornpongse (Quincena de Cineastas)

Cannes 2026: crítica de ‘9 Temples to Heaven’, de Sompot Chidgasornpongse (Quincena de Cineastas)

por - cine, Críticas, Festivales
19 May, 2026 09:31 | Sin comentarios

Un hombre lleva a su madre enferma y a nueve miembros de su familia a una peregrinación de un solo día a nueve templos de Bangkok después de que su jefe prediga que podría morir pronto.

La muerte de la matriarca de una familia es un evento que reúne a sus hijos y nietos en 9 Temples to Heaven, la opera prima de ficción de Sompot Chidgasornpongse, quien fuera varias veces asistente de Apichatpong Weerasethakul, que a la vez produce este film. La muerte de la señora no ha llegado aún, pero ha sido predicha por una persona en la que Sakol —el hijo mayor de la anciana dama— cree y el hombre se dispone ha hace lo posible por evitarla o, al menos, demorarla lo más posible.

En esta rara mezcla de comedia familiar y drama espiritual, lo que Sakol propone como «solución» suena un poco enredado, pero tiene su lógica cultural. Su jefe —que tiende a acertar en estas cosas, asegura— le ha dicho que tiene que recorrer, con nueve miembros de su familia, nueve templos durante una sola jornada, llevando a la anciana a todos ellos. Ese esfuerzo le generará los «méritos» necesarios, según la cultura budista, para demorar su deceso. Y 9 Temples to Heaven se organiza como una road movie en la cual la anciana, Sakol, esposas, hermanos, hijos, nietos y hasta sus parejas se meten en dos coches y se proponen recorrer nueve templos de Bangkok llevando a la rastra a la anciana que solo quiere descansar y que la dejen tranquila.

El sistema es más o menos similar en los primeros templos y el realizador organiza de ese modo el relato. Los coches llegan a uno de esos fantásticos templos de la ciudad, tienen un encuentro con el monje a cargo, le entregan sus ofrendas (enormes tupperwares llenos de comida y productos varios), hacen preguntas, rezan y se marchan al siguiente. De a poco, sin embargo, van apareciendo tensiones. No todos están convencidos del plan —especialmente los más jóvenes— y uno directamente descree de la religión, y dice que no tiene sentido. A la vez, la abuela, cansada y medicada, insiste en volverse a su casa. Pero Sakol está convencido que si ella no va a cada templo, el «mérito» no se le dará y el plan no funcionará. ¿Qué hacer entonces?

Chidgasornpongse encara el recorrido de una forma que me hizo recordar a la película argentina Familia rodante, de Pablo Trapero, un film con similar grupo humano en movimiento y con una abuela en el centro de la acción. Pero el film tailandés le agrega un costado espiritual que va apareciendo de a poco. No de maneras místicas sino en esa forma tan tailandesa de colarse como si nada en medio de lo cotidiano. Durante un buen rato los problemas del clan son convencionales y hasta graciosos: mover a la abuela de acá para allá, escuchar a algunos monjes que parecen más preocupados por los regalos que por la tarea, y las peleas y discusiones clásicas de una familia extendida.

En un momento la abuela parece no dar más y la fractura familiar se intensifica: ¿llevarla a la casa anulará toda la tarea o tiene sentido hacerla igual? Lo cierto es que los caminos se bifurcarán y la película, a partir de allí, también, empezando por una escena —promediando el film— que bien podría ser un eclipse y que prácticamente deja en negro la pantalla por unos diez minutos. De allí en adelante 9 Temples to Heaven se rompe, narrativamente hablando, y lo que sucede de ahí en adelante entra en un terreno más místico y misterioso, aún cuando el realizador vuelve, de tanto en tanto, a las conversaciones y tensiones familiares.

Según ha contado Chidgasornpongse —quien se inspiró en similares viajes de su familia para hacer este film— el 9 es un «número mágico» en la cultura tailandesa, por lo que en todo momento es importante mantener formaciones que lo contengan. Así, Sokol se obsesiona con ofrendar 9.999 bahts en lugar de 10 mil y está siempre preocupado en mantener ese número ante cada situación. Y cuando esa estructura se rompe, se quiebra también la lógica familiar: para Sokol todos los rituales religiosos son importantes y deben ser llevados a la perfección, tal como auguró su jefe. Para la nueva generación, el viaje en sí, el esfuerzo de ir por toda la ciudad cuidando a la abuela, cuenta como un «mérito» en sí mismo, coincidan o no los números y otros detalles.

Al menos en su primera mitad, la película es sorprendentemente graciosa: desde las peleas familiares a los comentarios de los monjes ante preguntas sobre qué pasa después de la muerte pasando por las discusiones sobre las ofrendas o los paseos turísticos locales. El realizador presenta además unos escenarios en los que conviven esculturas impactantes del buda con la cotidiana realidad callejera: el calor, las decenas de ventiladores que rodean a los templos y hasta los problemas de tener GPS para andar por la ciudad sin perderse. En todo eso lo que va afirmándose es una historia sobre encuentros y desencuentros de familiares quienes —más allá de los resultados de sus esfuerzos— tratan de superar sus diferencias con un objetivo en común.

Películas de Apichatpong como Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives ponían, como es tradicional en la cultura tailandesa, al mundo místico y si se quiere fantasmagórico en pie de igualdad con el cotidiano y «realista». Chidgasornpongse no llega a esos extremos pero en la última parte del relato oscurece (literalmente) la historia y se abre ante la posibilidad de la aparición de algo de ese orden. Tomando en cuenta la manera en la que lo hace, da la impresión que la «religión» que permite que esos misterios insondables se vuelvan creíbles es la del cine. Si se les deja una generosa ofrenda, un muy buen cineasta y un gran director de fotografía pueden hacer más milagros que la mayoría de las religiones.