
Cannes 2026: crítica de ‘El ser querido’, de Rodrigo Sorogoyen (Competición)
Una actriz sin trabajo se reencuentra con su padre cineasta para filmar en el desierto, donde tensiones ocultas y conflictos del pasado estallan. Con Javier Bardem y Victoria Luengo.
Desde que se supo de la existencia de El ser querido, la nueva película de Rodrigo Sorogoyen, todos comentaron sus aparentes similitudes con Valor sentimental, la reciente película de Joachim Trier, ganadora del Oscar a mejor film extranjero. Ambas cuentan, después de todo, historias muy parecidas entre sí, ambas centradas en la relación entre un padre cineasta que convoca a su hija actriz, con la que no tiene una muy buena relación, a actuar en su nueva película. En lo estrictamente narrativo y formal, las dos son películas muy distintas: en qué cuentan y cómo lo hacen. Pero es innegable que hablan de los mismos temas.
El ser querido es, más directamente, una película que transcurre en su totalidad en el mundo del cine. La filmación —que en el film de Trier era apenas una coda— acá es el escenario casi único en el que se dirime el conflicto. Todo inicia, sin embargo, en un restaurante. Allí se encuentran Esteban Martínez (Javier Bardem), un reconocido y premiado director español radicado en Estados Unidos, con su hija Emilia (Victoria Luengo, también una de las protagonistas de Amarga Navidad), a quien no ve desde hace 13 años. La chica, que es actriz pero trabaja como camarera en bares, se ha quedado viviendo con su madre mientras que Esteban ha formado una nueva familia y cortó toda comunicación con ella por motivos un tanto difusos.

En la charla, el carismático padre cineasta la convence de protagonizar la película que filmará en el desierto del Sahara, una producción española que marca su regreso al país tras muchos años de ausencia. Es claro que siguen habiendo diferencias entre los dos y tensiones respecto a cosas del pasado —Esteban supo ser adicto y alcohólico, pero ahora está mejor—, pero la oportunidad es inmejorable. Y allí va Emilia hacia el desierto, a vivir una experiencia que será más complicada de lo que imagina.
El ser querido confrontará no solo a padre e hija sino a diferentes generaciones y a distintos modos de relacionarse en el mundo del cine — Esteban es de otra generación y está acostumbrado a un modo de trabajo más old school, al borde de lo dictatorial—, lo que produce en Emilia sensaciones complicadas ya que allí se mezcla lo personal y lo profesional, sus miedos respecto al trabajo —teme que todos piensen que su lugar ahí es puro nepotismo— y su frustrante y compleja relación con un padre que puede ser amable y carismático en un momento, y agresivo y virulento en otros. Ella, a su vez, parece tener sus problemitas también con el alcohol.
El creador de la serie Los años nuevos logra captar muy bien el día a día de un rodaje, con su camaradería, sus momentos de tensión, sus pequeños contratiempos prácticos y los otros, ligados a los choques de egos, de personalidades y conflictos varios. Al ser un rodaje en locación, esas tensiones se exacerban constantemente y una broma, un malentendido o un error pueden dar paso a una situación caótica o violenta, como queda claro en una de las escenas clave del film que incluye todos esos pasos, uno tras otro.

En lo esencial, sin embargo, la película es sobre la relación entre el padre y su hija en un contexto laboral, donde reaparecen cosas que se creían olvidadas. Cuando la cualidad agresiva y hasta violenta de Esteban reaparece, la seguridad de su hija se resquebraja —y no solo como actriz— y sus dudas crecen. Ambos actores están excepcionales en sus roles y Bardem se anota una nueva tanda de premios con su personificación de este cineasta orgulloso, terco e intenso que quiere cambiar de hábitos pero no siempre puede con su genio ni parece nunca leer del todo bien lo que pasa a su alrededor.
La película se topa con algunos problemas. Sorogoyen experimenta con cambios de color al blanco y negro y con distintos formatos fílmicos, exagerando por momentos con algunos innecesarios juegos y recursos formales; y a la vez tampoco parece tener muy claro cómo cerrar su historia luego de su mejor y más tensa escena. Lo más extraño de El ser querido es que el film que ruedan en ese desierto no tiene mayor interés en sí mismo y no parece conectarse en nada con la problemática central. Parece armado más que nada para filmar en locación y que eso permita tener a todo el equipo junto todo el rato.
Más allá de esas debilidades, la película del director de As bestas es muy perceptiva en cuanto a las relaciones humanas y no solo la que existe entre ese padre ausente y esa hija confundida. También se presenta, casi como al pasar, como una áspera crítica a ciertos manejos machistas y autoritarios dentro de la industria del cine. Una escena en un coche, musicalizada con la canción La noche eterna, de El mató a un policía motorizado, está entre las más bellas y cálidas del film, justo antes de que la situación en el rodaje empiece a complicarse. Es un momento, como varios, de camaradería y unidad, y ninguno de esos incluye a Esteban. El está jugando a otro juego. Uno que empieza y termina en su propio ombligo.



