
Cannes 2026: crítica de ‘Fjord’, de Cristian Mungiu (Competición)
La colisión de una familia rumana con los servicios de protección infantil noruegos se convierte en el improbable campo de batalla del film más ideológicamente simplista del realizador rumano hasta la fecha. Con Sebastian Stan y Renate Reinsve.
El enemigo es el Estado en la nueva película del realizador rumano Cristian Mungiu que transcurre en Noruega. Esa es la premisa básica —que amará cualquier libertario que la vea en la Argentina o un votante de extrema derecha en cualquier parte de Occidente— de Fjord, un film centrado en las experiencias de una familia de origen rumano que se va a vivir a Noruega y pronto se dan cuenta que les sacan a sus hijos por considerar que son violentos con ellos. La película del director de 4 meses, 3 semanas y dos días intenta ser también una crítica a todo fanatismo ideológico y religioso, pero en su centro pone la intromisión de un estado en las costumbres de una «familia tradicional» a la que no se le permite respetar sus hábitos.
Un irreconocible Sebastian Stan encarna a Mihai, un severo hombre religioso rumano que se ha ido a vivir a un pequeño y bello pueblo costero en Noruega del que es oriunda Lisbet (Renate Reinsve), su esposa. Entre ambos tienen cinco hijos y pertenecen a un culto cristiano muy conservador: los chicos no ven TV, no bailan, no tienen internet, rezan todos los días y hablan de religión a cada rato. El problema es que los anotan en la escuela local donde, por lo general, los hábitos son otros, supuestamente más democráticos abiertos.
Un día una profesora de gimnasia veo moretones en Elia, la hija adolescente de la familia, y hace una denuncia a los servicios de protección a la infancia sin investigar demasiado nada antes. Las autoridades llegan y, tras una charla con los hijos grandes —en la que admiten que su padre los castiga con una palmadita en la cola cuando lo cree necesario—, deciden sacarles a la pareja, hasta que se resuelva el caso, la tenencia de todos sus niños: los dos más grandes, dos más chicos y un bebé de unos pocos meses.

Y no hay nada que la pareja pueda hacer para solucionar el supuesto malentendido. Es que lo que para ellos puede ser una costumbre, una tradición o algo cultural, para los noruegos califica como delito por el que, además, el padre podría ir a prisión. Y esta confusión o malentendido dispara, en el juicio que se llevará a cabo, una batalla cultural propia de las que se viven en estos años, con los padres siendo apoyados por fanáticos religiosos y defensores de la familia tradicional acusando al estado noruego de persecución cultural y hasta racismo.
Tal como está planteado el caso, por más que Mungiu muestre los excesos que se cometen a ambos lados de la línea divisoria ideológico-cultural, es claro que su mayor simpatía está con esos padres abnegados y amorosos que, sí, tienen hábitos que no se llevan del todo bien con la corrección política imperante en ese país, pero que no son vistos como graves ni problemáticos. En cambio, los abogados y empleados del Child Services Program son presentados como villanos de cartulina, personas que creen estar protegiendo a los niños cuando en realidad están destruyendo a una familia.
Mungiu filma todo esto con sus acostumbrados planos largos y a prudencial distancia de los sujetos, en escenas que no suelen ser muy creíbles y que van y vienen del noruego al inglés. En ese paisaje bello pero helado el hombre arma —como en muchas de sus películas— su debate de una manera ridículamente simplista, eligiendo un caso extremo de abuso de corrección política, con un discurso que parece calcado al de los libertarios que gobiernan la Argentina, dando a entender que cualquier intervención del Estado en la vida de la gente es dañina, malintencionada y recorta la libertad de sus ciudadanos de hacer con sus hijos lo que desee.
Hay un par de subtramas paralelas —una con el anciano padre de sus vecinos que sufrió un ACV, otra con la hija rebelde de esos vecinos que se hace amiga de Elia— que no están lo suficientemente desarrollados y parecen utilizarse solo para aparecer de manera conveniente afectando al relato principal, pero no cambian mucho lo que en el fondo es una película de tesis de nula profundidad y una limitadísima comprensión del momento que atraviesa Europa y el mundo por culpa de discursos como los que profesa este film.



