
Cannes 2026: crítica de ‘La bola negra’, de Javier Calvo y Javier Ambrossi (Competición)
A lo largo de un siglo de silencio, los amores secretos de hombres gay en España confluyen en una historia que el mundo intentó borrar. Con Penélope Cruz, Guitarricadelafuente y Lola Dueñas.
Creadores de series que han logrado ser populares y originales a la vez, la dupla que integran Javier Calvo y Javier Ambrossi —conocidos como Los Javis— se han ganado un justo y celebrado espacio en ese universo, creando inclasificables sagas de enorme ambición y original desarrollo como Paquita Salas, Veneno o La mesías. En ellas han sido provocadores, ampulosos, bizarros, melodramáticos y kitsch en un combo que siempre está al límite del derrumbe pero que se sostiene, usualmente, por el gran corazón, la ternura y la humanidad que le otorgan a sus complicados personajes.
La bola negra parte de un problema. Se toman demasiado en serio —de un modo grave y solemne, como si fuera la primera vez que alguien va a decir una verdad no revelada— lo que tienen para contar. Y esa falta de humor, de picardía y de juego pesa mucho sobre una serie de historias interconectadas entre sí cuyos lazos se van tejiendo con el paso de los minutos. En su ambición casi épica, la película española pareciera querer contar la historia de las secretas vidas homosexuales en ese país a lo largo de un siglo. Y esa pretensión termina por cargarse una serie de ideas, personajes y situaciones que podrían funcionar mejor sin tanto redoble de tambores acompañándolos a lo largo de toda su (larguísima) travesía.

La película se cuenta en tres tiempos narrativos que avanzan en paralelo. La primera en términos cronológicos es la que da origen al título y la que, sabrán los que conocen la vida de Federico García Lorca, está relacionada a una novela suya no acabada (Nota: no agrego más data para no spoilear nada). Transcurre en 1932 y está centrada en un joven gay que busca trabajo en un casino de su pueblo y es rechazado, todos suponen, por su elección sexual. La segunda y central al relato ocurre cinco años después, en 1937, y se ocupa de la relación amorosa que se establece entre dos soldados españoles que pelean en distintos bandos de la Guerra Civil. Y la tercera transcurre en 2017 cuando un joven autor descubre, por herencia, que está conectado con ambas historias.
La más desarrollada es la segunda. Basada en la obra La piedra obscura, de Alberto Conejero, se centra en la relación entre Sebastián (Guitarricadelafuente), un joven trompetista que huye de su pueblo tras un bombardeo de los italianos y termina como soldado nacionalista, y Rafael Rodríguez Rapún (Nota: de vuelta, googleen si quieren quien fue pero toda info podrá ser spoiler), un soldado republicano herido en la Batalla de Santander que es tomado prisionero y, mientras se cura, es cuidado y vigilado por Sebastián, iniciando entre ellos una relación que va de la desconfianza a algo más íntimo y cercano.
Carlos González encarna a Alberto en la historia que transcurre en 2017, un joven gay que dejó su carrera teatral y tiene una pésima relación con su caótica madre (Lola Dueñas). Un llamado para ir a recibir la herencia de su abuelo muerto en Santander lo transformará, si se quiere, en nexo y heredero de esas historias y esa saga de personajes gay que no pudieron ver cumplidos sus sueños, sus deseos o sus historias de amor. En la escena más emotiva del film, Alberto se encontrará con un hombre que participó en esos eventos. Es un simple diálogo en un bar que funciona mucho mejor que las opulentas y cansadoras metáforas visuales que los cineastas tiran todo el tiempo a los espectadores por la cabeza. Lo mismo pasa con la aparición de Penélope Cruz, como una artista de music hall, que también aligera un poco la melodramática solemnidad que cubre la película hasta su último plano.

Con una estructura en etapas y unos tiempos narrativos que, modificándose un poco, bien podrían haber funcionado como otra serie, La bola negra es una película que no deja lugar a que el espectador se conecte por su cuenta con lo que pasa. Lo que cuentan luego lo muestran y en paralelo lo transforman en símbolo y/o metáfora. Y todo lo repiten tres, cuatro, diez veces. Ver a soldados paseando desnudos en la playa funciona como efecto homoerótico una o dos veces, pero aquí se repiten esas escenas hasta el hartazgo. Y lo mismo sucede con la relación entre Sebastián y Rafael: no hay tema que no se remarque y subraye dos o tres veces, poniendo muchas veces a los actores a decir en voz alta las ideas del film, como si el espectador fuese tonto y no entendiera lo que ve.
Que sea formal y narrativamente excesiva no sorprende ya que todas sus obras audiovisuales lo son, de distintas manetas. Lo que achata la propuesta es su excesiva seriedad, su falta de ligereza —salvo por la aparición de Penélope o hasta por el breve rol de Glenn Close, que funciona bastante bien—, algunos apuntes poético-surrealistas sobre el final, una pomposidad que corre en contra de las emociones más genuinas de los personajes y un gusto por las metáforas grandilocuentes que trae a la memoria el cine de Eliseo Subiela en sus momentos más… problemáticos.
Cuando Los Javis bajan un cambio y se detienen en algún detalle, una canción, una fiesta, una conversación o hasta un silencio, la película crece. Pero no hay mucho de eso por acá. Más allá de lo valioso que sea su homenaje a todos aquellas personas LGTB+ que tuvieron que vivir sus vidas amorosas en silencio a lo largo del siglo XX, La bola negra deja en evidencia que sus ideas cinematográficas aún son muy limitadas, regurgitaciones tamaño XXL de cualquier apunte poético que el cine gay pudo y supo hacer a lo largo de su historia. Acá hay muy poco Fassbinder, menos aún Pasolini. En el mejor de los casos hay buenas intenciones y una gran dosis de literatura del corazón.



