Cannes 2026: crítica de ‘La libertad doble’, de Lisandro Alonso (Quincena de Cineastas)

Cannes 2026: crítica de ‘La libertad doble’, de Lisandro Alonso (Quincena de Cineastas)

por - cine, Críticas, Festivales
16 May, 2026 11:56 | 1 comentario

Cuando un hombre debe cuidar a su hermana con problemas de salud mental en un contexto sin contención estatal, su vínculo incierto se convierte en una reflexión sobre la supervivencia, la familia y la libertad.

Cuando Lisandro Alonso estrenó, allá por 2001, La libertad, no podía imaginarse muchas de las cosas que irían a suceder en el siguiente cuarto de siglo. Primero, que esa pequeña película casi casera iba a ir al Festival de Cannes y transformarse en un film icónico del entonces naciente Nuevo Cine Argentino. Segundo, que su propia carrera iba a crecer y a transformarse a tal punto de ser uno de los pocos cineastas en el mundo en haber estrenado todas sus películas (siete, con esta) en diferentes secciones de Cannes. Y tercero, que su muchas veces interpretado título iba a transformarse en una frase usada, especialmente en la Argentina, de una forma radicalmente diferente a la que él imaginó.

La libertad doble es una secuela de aquel film, una que intenta rescatar ese término y devolverle su sentido espiritual, alejado de cualquier connotación económica o, si se quiere, invirtiéndola. A tal punto es así que bien podría haberse llamado La libertad avanza pero habría sido malentendida en su ironía, especialmente si se toma en cuenta que el protagonista, Misael (Misael Saavedra, con un cuarto de siglo más encima), ahora no solo usa un hacha sino más bien una motosierra. Más allá de alguna lectura pícara, lejos está el film del director de Jauja —cuyos films raramente se caracterizan por la levedad o el humor— de intentar bromear al respecto. Si algo busca esta película es hacer una crítica mucho más puntual y al grano de lo que significa vivir en un país en el que el Estado ha desaparecido de la vida de la gente.

Durante un buen rato, La libertad doble bien podría parecer una remake del film anterior, con un protagonista más entrado en años y en peso, con el cambio tecnológico en cuestión y con una imagen digital más chispeante y un montaje un tanto menos calmo que aquella película que se volvió mundialmente influyente a la hora de hablar del slow cinema o cine de observación. Pero en un punto de su rutina como hachero, Misael recibe la noticia de que su hermana, que está internada hace muchos años en un hospital psiquiátrico, se ha vuelto a escapar. Y lo convocan para hablar con él sobre el tema.

Allí los médicos —que han logrado encontrarla y traerla de vuelta— le explican que por los recortes presupuestarios tendrán que externar a sus pacientes y reducir drásticamente sus servicios. Esto implica que, con una bolsita mensual de medicamentos que por ahora todavía le cubren, Misael debe llevarse a su hermana (que encarna la actriz chilena Catalina Saavedra, con quien casualmente comparte apellido) a vivir con él a la «tapera» que tiene en medio del campo en el que trabaja, en el más absoluto desamparo.

La mujer no es violenta ni peligrosa, al menos mientras esté medicada, o eso le dice el doctor que encarna Adrián Fondari. Pero es poco comunicativa, está en su mundo —le encanta regar plantas y se abraza a una regadera como si fuera su objeto más preciado— y tiende a huir siempre en busca de las vías de un tren que ya no funciona. Y gran parte de la película se centrará en esa rara convivencia entre estas dos personas de pocas palabras, una de ellas acostumbrada a las rutinas más o menos fijas y, la otra, un tanto perdida en ese nuevo espacio sin límites aparentes.

La libertad doble no declama nada ni se transforma, al menos no de manera directa, en un film de denuncia sobre los recortes presupuestarios a la salud de parte del gobierno de extrema derecha de la Argentina. Pero se hace inevitable leerla de esa forma. Su propuesta, en realidad, es más amplia y generosa, ofreciendo una mirada humanista a su pequeño universo que, a partir del manejo de los tiempos y de los silencios, se vuelve casi filosófica. ¿De qué hablamos, realmente, cuando hablamos de libertad? ¿Es la familia un límite a esa idea? ¿O quizás lo que llaman «locura» sea un grado de libertad mucho mayor y más verdadero que el que ofrece el mercado?

Lo que Alonso presenta aquí es también otro retrato de pequeños lazos perdidos y reencontrados —algo presente en toda su filmografía, lo mismo que el tema de la salud mental que aparece fuertemente en Liverpool— entre familiares que no se ven por mucho tiempo, que tienden a no saber o poder expresar nada acerca de lo que les pasa, pero sienten —como en Jauja— una conexión indefinible pero real con aquello que perdieron y quizás jamás encuentren. Una solidaridad que no es obvia ni simplista —la presencia de su hermana altera la rutina e incomoda a Misael más de una vez—, pero que aparece de manera silenciosa, más física que verbal.

De una manera bella y con una poesía simple propia de un haiku, La libertad doble marca además un regreso de Alonso a sus orígenes luego de hacer varias películas complejas de gran producción y mucha demanda como las últimas dos, que tardaron años en ir avanzando. Volviendo al campo familiar del film original, con buena parte del mismo equipo técnico y retomando el espíritu más que la forma de aquella película inicial —la secuela tiene otro ritmo de montaje y no utiliza tantos largos planos secuencia como La libertad—, la nueva película de Lisandro Alonso pone a sus protagonistas y a su doloroso derrotero en el contexto de un país real que abandona a los más frágiles y necesitados. La libertad es otra cosa que la que hoy se pregona por aquí.